En la otra puerta

Capítulo XIX

Ricardo Cardone

Francisco cerró el libro, la noche lo había vencido pero sus ojos no dejaban de moverse de un lado a otro. Buscaban en la oscuridad alguna respuesta oculta bajo las sombras, un hilo de luz que le devolviera la razón, que le explicara qué era lo que había ocurrido con aquel niño, quién era ese niño y qué hacían sus padres que no buscaban ayuda. Pensó en esto último y reconoció que ellos sí habían buscado ayuda, la única ayuda que les quedaba por buscar, la ayuda de Dios. Pero Francisco no era Dios, era un pobre cura al que habían enviado al destierro por no se sabe qué cosa que debió haber hecho en esta o en otra vida. Nada de su pasado tenía claro Francisco y si miraba hacia adelante, todo era aún más negro que el negro de la pared de su cuarto en esa noche sin luna y sin estrellas.

Se durmió sosteniendo el libro entre sus manos, apoyado sobre su pecho cansado. Se durmió y en sueños oyó la voz de Nazareno que le decía que no despertara aún, que faltaba un poco más. Francisco despertó por la fuerza de ese sueño absurdo, necesitaba convencerse de que se encontraba consciente y de que el niño Nazareno únicamente era parte de esa pesadilla interminable. Despertó espantado y todo volvió a ser negro como la noche, negro como la pared del cuarto, negro como el pensamiento de Francisco. Nazareno no estaba allí, se había ido. Francisco suspiró al saber que todo había sido un mal sueño y que había logrado escapar de él refugiándose en la celda oscura de su conciencia. Volvió a cerrar los ojos imaginando cuál de las dos pesadillas era peor, si la de un niño que le habla al oído o la de un niño al que no puede levantar de la cama.

Amaneció vestido, había olvidado quitarse el hábito y ahora su cuerpo era un baño de sudor. Francisco se despabiló salpicando sus ojos con unas pocas gotas de agua y recién los alcanzó a abrir por completo cuando el sueño lo abandonó. Ramiro lo esperaba con unos panes sobre la mesa y el mate a punto de cebarse. 

—¿Ha dormido bien, padre? —preguntó Ramiro.

—Sí, hijo, he dormido bien, pero he tenido una pesadilla que por suerte me ha abandonado antes de despertarme.

—¿Con qué ha soñado, padre?

—Ha venido tu hijo Nazareno a mis sueños y me ha hablado —contestó Francisco.

—Me alegro de que haya sido eso solamente, padre. Nazareno siempre juega a despertarnos, le gusta estar con nosotros —dijo Ramiro.

—¿Cómo es eso de que juega a despertarlos?

—Así es —dijo Ramiro—, mi hijo regresa a esta casa todas las noches para dormir en su cama. Su madre no lo ha de querer entender y por eso ha de estar tan angustiada, pero el niño todas las noches me ha de visitar. Yo le he de dejar la puerta abierta para que entre cuando quiera y así lo he de extrañar menos. No ha de querer abandonarnos todavía.

—Pero, Ramiro, tu hijo se encuentra en grave estado en el hospital, es imposible que venga hasta aquí.

—Mi hijo ya no está allí, padre, lo supe cuando usted lo ha ido a visitar y le ha rezado una plegaria. Usted ha despedido a la criatura de esta tierra para que pudiera estar junto al tata Dios pero él no ha de querer irse tan pronto, por eso ha de visitarnos seguido.

—Ramiro, lo mío fue sólo un sueño, un mal sueño que no tiene razón de ser.

—Haga como usted quiera, padre, usted es libre de pensar lo que prefiera pensar. Yo no he de ser muy iluminado con estas cosas del espíritu tanto como usted lo ha de ser pero hablo por lo que veo, por lo que he visto y por lo que he de ver. No se asuste si en estos días Nazareno se despierta junto con nosotros y sale a arrear las llamas.

A Francisco la imagen le pareció escabrosa, pensar en Ramiro tratando con tanta liviandad la probable muerte de su pequeño hijo ahondaba aún más en sus nobles sentimientos de piedad. Después pensó mejor y entendió que tal vez de esa manera el padre transitaba el duelo sin maltratarse inútilmente, como un buen cristiano que entiende a la muerte como el comienzo de una nueva vida, más placentera y despojada de todos los sufrimientos con los que este mundo sordo y ciego lo hostiga. Pero ni siquiera Francisco estaba convencido de que Nazareno, el hijo de Yana y de Ramiro, estuviera muerto. No quiso decir nada a Ramiro, dejó que las cosas siguieran con su curso inverosímil para que de una vez por todas terminaran estrellándose contra el muro de la realidad. Así fue que después de desayunar llegó a la capilla y comenzó la reconstrucción con la ayuda de algunos voluntarios que todavía seguían creyendo en Dios a pesar de todo.

Cada noche, extenuado por el trabajo de levantar sobre sus hombros pesadas vigas de madera, de cargar con su espalda incontables bolsas de cemento y de arena para asegurar el techo y evitar que cualquier ventisca lo levantara por los aires, de empuñar la pala y los baldes de agua para hacer la mezcla del material y con ella revocar las paredes maltrechas de la parroquia, cada noche se desplomaba en el catre de Nazareno con las manos lastimadas por los callos abiertos y con la piel de la espalda rasgada en incontables e interminables llagas que se superponían unas sobre otras como si hubiera sido molido a golpes y a latigazos bajo el rayo del sol. Cada noche Nazareno lo visitaba en medio de pesadillas angustiantes con esa vocecita de niño que lo arrullaba y que al mismo tiempo lo espantaba al imaginar que todo aquello pudiera ser verdad. Cada noche Francisco volvía al sueño recurrente de Nazareno y a su pequeña mano que le acariciaba la frente y que luego lo abandonaba dejándolo solo ante sus pesadillas y en medio de todos sus temores. Cada noche Francisco pensaba que ésa sería su última noche.

La última noche de todas esas noches Francisco regresó a la casa con Ramiro, agotado pero feliz por haber terminado la reconstrucción de la parroquia. Ramiro se sentó en la mesa y sirvió vino en dos vasos. Alguien golpeó las manos y Ramiro, sin levantarse de la silla, alzó la voz diciendo que entrara, demasiado esfuerzo había hecho ese último día para tener que ir hasta la puerta. Ignacio entró a la casa. Francisco se había quedado dormido en el catre de Nazareno y no faltaba mucho para que otra vez volviera el niño, le hablara al oído, lo acariciara con su pequeña mano torpe y lo abandonara hasta la noche siguiente.

—¿Cómo anda el niño? —preguntó Ignacio levantando su vaso de vino y saboreando el primer trago.

—Nada ha cambiado, Ignacio. Nada ha cambiado.

—Ese niño ha sido engualichado.

—Así ha de haber sido, Ignacio, por eso he ido a buscar al padre Francisco. Él es el único que ha de quitarle ese gualicho aunque nada ha podido hacer todavía.

Ignacio tomó la botella y llenó nuevamente su vaso. Probó un sorbo y esta vez se detuvo a saborearlo haciendo un chasquido de satisfacción con la lengua en el paladar.

—¿Has de creer, Ramiro, que nosotros podríamos haber hecho algo malo por lo que aún debemos estar pagando? 

—Yo no he hecho nada malo, Ignacio, lo has de decir por vos.

Ramiro se levantó de la mesa y salió de la casa para abanicar su mente con el aire fresco de la noche. Ignacio lo siguió y ambos se sentaron sobre un tronco caído frente a los corrales. Las llamas dormían, de otro modo se habrían alborotado de alegría al ver que Nazareno caminaba a espaldas de los dos hombres y entraba a la casa para hacer su última visita a Francisco. 

—No despierte, padre —dijo Nazareno—, ya falta poco.

Otra vez Francisco despertó y otra vez sintió terror por esa pesadilla que no lo dejaba dormir en paz ni una sola noche. Francisco se levantó de la cama en medio de la oscuridad y salió de la casa para ver si encontraba alguna sombra de aquel niño que venía a divertirse a costa de él todas las noches. Nada halló en el campo oscuro, nada más que los corrales que guardaban los secretos de las llamas y frente a ellos un tronco caído cerca del alambrado sin nadie más que la noche como testigo. Volvió a la casa y sobre la mesa encontró dos vasos usados y una botella de vino. Tomó uno de ellos, lo llenó por la mitad y bebió de un sorbo para intentar olvidar. 

Francisco despertó con medio cuerpo volcado sobre la mesa. Buscó a Ramiro pero no lo encontró. La parroquia lo esperaba. Salió de la casa pensando en todo lo que había sucedido la noche anterior. Llegó a la parroquia lleno de dudas y se dispuso a intentar aclararlas una por una. Cuando algo de luz había creído encontrar durante el camino hacia el templo, alguien golpeó la puerta. Detrás de ella, la Virgen lo esperaba en el atrio, embalada en maderas y cartones y recubierta con bolsas de aserrín para que no se golpeara durante el viaje. A la tarde buscó a Ramiro para que le construyera un altar y en el camino de regreso juró por lo bajo no volver a dormir nunca más en aquella casa embrujada.

¿Qué podría saber Francisco de lo que le depararían los días siguientes? Había decidido borrar el pasado de su memoria para no tener que volver al sueño del niño. Pero la Virgen no pensaba lo mismo, se quedó apenas dos días en la parroquia y al tercer día lo abandonó. Y para mal de males, a la mañana siguiente, muy temprano en la mañana, casi de noche se podría decir, llega Ignacio y le dice que la Virgen se ha ido, que no sabe en dónde está y que como ella ha decidido alejarse por sus propios medios, ahora la parroquia se ha de tener que conformar con una sandalia que el energúmeno había encontrado en la tierra. De ninguna manera, Ignacio, a la Virgen me la traen de vuelta o no entran más en esta parroquia, pensaba gritarle Francisco mientras Ignacio continuaba su relato con profundo dolor y remordimiento. Pero Ignacio hablaba y Francisco no escuchaba, caminaba de un lado a otro, llegaba hasta una pared blanca, blanquísima, que él mismo había pintado y volvía hasta donde estaba Ignacio, con las ganas reprimidas de pegarle un cachetazo de revés para que de una vez por todas entendiera que se la pasaba diciendo estupideces. Por no golpearlo y por temor a que Ignacio le destrozara el cuerpo a machetazos, Francisco caminaba con el paso urgente hacia la otra pared, la que estaba enfrente de la blanca recién pintada y que también era blanca y también había sido recién pintada, y volvía enfurecido, decidido a volarle la cabeza de un garrotazo sin importar que luego de eso Ignacio lo cortara en rebanadas mientras jugaba con su machete. Al volver a pasar frente a él se detuvo para tomar aire antes de cometer una locura, cerró los ojos y se dispuso a propinarle cuatro fuertes gritos bien dados en la cara así nadie del pueblo podría decir que no habían escuchado al cura párroco ponerle los puntos al pobre Ignacio. Pero antes de que Francisco alcanzara a dar el primero de los cuatro o más gritos que tenía pensado estrellar sobre la mirada mustia de Ignacio, éste le dijo que el niño, Nazareno, de él hablamos, había encontrado unos huesos en una colina cerca del lugar donde el pequeño siempre lleva a pastar a las llamas. 

—¿De qué niño me hablas, Ignacio? —preguntó asombrado Francisco.

—De Nazareno, padre, el hijo de Ramiro.

—¿Me estás diciendo que el hijo de Ramiro, el niño que está internado en el viejo hospital y al que no pueden mover de la cama, ha encontrado unos huesos en una colina? —preguntó irónicamente Francisco.

—Así es, padre, como usted lo ha dicho.

—¿Pero por quién me estás tomando, Ignacio? ¿Cómo voy a creer que Nazareno podría levantarse de la cama y llevar a pastar a las llamas si ese niño no se puede mover?

—El niño ha sido engualichado, padre. Y para curar ese gualicho es que hemos decidido con Ramiro llevar a la Virgen a su santuario del cerro, el que ella se merece. Pero la Virgen se ha ido y entonces…

—¡Terminala, Ignacio, con eso de que la Virgen se ha ido! Cada vez entiendo menos lo que les pasa a ustedes en este pueblo de lunáticos.

—Bueno, padre, yo solamente he venido a avisarle lo de la Virgen y este asunto de los huesos. 

—¿Y qué tienen que ver esos huesos con la Virgen, me querés decir? —dijo Francisco.

—No sé, padre, usted ha de saber.

—Yo no tengo la menor idea ni me interesa saber de quiénes son esos huesos.

—El comisario anda preguntando y yo he venido a advertirle, nada más, padre —dijo Ignacio—. Dice que quiere investigar. Él me dijo que es probable que alguien de la iglesia le haya quitado la vida a dos hombres que están desaparecidos.

—Yo no he matado a nadie, Ignacio. Además, recién he llegado a este pueblo. ¿De qué me has de estar acusando?

—Yo no lo he de acusar de nada, padre, pero el comisario ha andado diciendo eso y por eso he venido a avisarle. Hoy han de subir hasta al cerro para investigar el asunto. Estoy seguro de que la Virgen se ha ido por esa causa.

—No digas pavadas, Ignacio, mirá si yo voy a querer matar a alguien.

—Parecía bastante enojado cuando hablábamos de la Virgen —dijo Ignacio.

—Pero no pensaba en matar a nadie, Ignacio.

—Yo no digo que haya querido matar a alguien, padre, digo que usted se enoja y capaz que no sé, capaz que lo han hecho enojar mucho y usted ha de saber mejor que yo qué es lo que pasa con la gente cuando se enoja, al final de los finales la cosa ha de terminar más peor que mejor.

—Está bien, Ignacio, andá para las casas, no te hagas malasangre, la Virgen aparecerá.

—La Virgen no va a aparecer, padre, la Virgen se ha ido.

—Bueno, está bien, no va a aparecer, ya está. Andá tranquilo que yo me encargo del asunto de la Virgen.

—He de ir a lo de Ramiro y de ahí hemos de ver qué pasa con esos huesos. Usted debería venir.

—¿Y por qué debería ir yo, Ignacio?

—Así el comisario lo ha de ver y no ha de pensar que usted se ha de andar escondiendo.

—Tu mente es muy retorcida, Ignacio, muy retorcida. No te hagas problema, andá a la casa de Ramiro que yo los paso a buscar en un rato y juntos vamos a ir a ver qué es eso de los huesos que tanto te preocupa.

Francisco despidió a Ignacio de la parroquia y trabó la reluciente puerta de madera para que nadie le arrebatara el poco tiempo que tenía para pensar luego de todo lo que había escuchado. Se sentó en uno de los bancos de los reclinatorios y rezó una oración pidiendo al Cielo que le diera el valor necesario para sobrevivir en ese pueblo absurdo. Luego se acordó del niño que dormía con los ojos abiertos, se arrodilló con sus manos juntas y rezó por él para que su enfermedad, sea cual fuera, saliera de su cuerpo y para que Dios y la Virgen lo protegieran de la maldad de aquel que lo había condenado a vivir postrado en una cama. Cuando terminó de hacer con su mano la señal de la cruz sobre su pecho, alguien golpeó la puerta. Francisco miró por la ventana y descubrió que el atrio de la parroquia estaba repleto de llamas que se amontonaban cada vez más para no quedar afuera de ese extenso pedestal. Francisco abrió la puerta, asombrado y perplejo, y detrás de ella se encontró con un niño pastor al frente de su rebaño. Nazareno no quiso entrar en ese lugar sagrado, solamente le tomó la mano a Francisco y le dijo que ya era hora de abrir los ojos. Luego silbó a sus llamas y tocando su quena se alejó a ritmo lento cuidando que ninguno de sus animales se escapara hacia la ruta. Cuando Francisco abrió los ojos, Nazareno despertó y cuando Nazareno despertó, Francisco abrió los ojos. 

Los olvidados (2025)

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