En la otra puerta

Capítulo XX

Ricardo Cardone

Resultó ser que, después de mucho investigar y ahondar en las declaraciones de los testigos e imputados, la ciencia determinó que los huesos eran míos. Yo mismo los había olvidado pero alguien ha querido hurgar en evidencias forenses y allí aparecí yo, bueno, mis huesos. Hace tanto tiempo que sucedió lo que no tenía que haber sucedido que hoy se me hace difícil recordar cada detalle. Han pasado años y esos años han limpiado mis huesos de cualquier otra cosa que no les perteneciera. La tierra no se les ha adherido lo suficiente, no sé si por respeto o por pulcritud. Así también era yo, respetuoso y pulcro hasta que de un momento a otro perdí la vida. Aprendí que tener demasiados valores no alcanza para salvar a una persona de la muerte. Al principio lamenté el haber dejado de vivir. Luego me fui acostumbrando a ser nada, a pasar de a poco al olvido, a que nadie preguntara por mí. Uno muere cuando nadie pregunta por uno, eso es pasar al olvido. Poco a poco todos los que alguna vez me conocieron, con el tiempo me fueron olvidando. Al principio de mi muerte vivían embargados por la angustia, con un llanto reprimido y agobiante que no los dejaba dormir en paz. Luego lograron encubrir ese llanto a fuerza de urgencias que la vida cotidiana les demandaba y que les ceñía por completo sus pensamientos. Sólo de vez en cuando el llanto brotaba como un nudo que asfixiaba la garganta aunque con una fuerza mansa, con un impulso que se dejaba vencer al poco tiempo de asomarse cuando algún recuerdo, alguna situación dispar, alguna palabra que siempre yo decía por decir, alguien rescataba sin querer. Ese golpe en el pecho era intenso pero efímero. Luego de eso, no sé si porque los recuerdos con el tiempo comienzan a perder fuerza o porque el hombre debe olvidar para seguir viviendo, los pocos que aún me recordaban también comenzaron a olvidarme. No fue de un día para el otro mi segunda muerte, esa que me volvió a matar a causa del olvido. En un primer momento dejaron de nombrarme. Ya habían fastidiado al resto con mi nombre y mi memoria y se les ocurrió que sería bueno que, en vez de tenerme presente en cada momento, se eligiera un día para conmemorarme y liberar así a los demás días de la pena del recuerdo. Uno de ellos preguntó cuál debería ser ese día y a otro se le ocurrió que debería ser el día de mi desaparición. Yo me hubiera inclinado por el día de mi cumpleaños, lo celebrábamos con tanta alegría mientras estábamos juntos que a la distancia se me hace imprescindible. Pero yo no estaba ahí y por más que lo hubiera estado no habría tenido ni voz ni voto. El primer año todos nos reunimos para conmemorar el hecho de que yo ya no estaba con ellos y puedo decir que he quedado sorprendido. Trajeron recuerdos de mi vida que yo mismo había olvidado. Parece ser que uno algunas veces no le da importancia a ciertos detalles que cree que carecen de valor pero que en los demás, esas pequeñas cosas intrascendentes para uno, calan profundos surcos. En cambio, de las hazañas más importantes de mi vida, aquellas por las que me preocupé que trascendieran más allá de mi muerte, nadie se acordó. O nadie las vio en mí. O yo no supe cómo mostrárselas. Lo cierto es que ese recuerdo no fue la imagen que yo pensaba que iba a dejar tras mi paso por el mundo, pero así y todo fue igual o mayor mi gratitud al saber que me recordaban por hechos mucho más nobles que por los que yo quería que no me olvidaran. También trajeron a la memoria algunas imbecilidades que no pude dejar de hacer. Siempre fui un necio, ante todo.

Luego de ese primer año las cosas siguieron su rumbo y nosotros también. Al año siguiente, el primero en llegar fui yo pero esperé en vano que alguien más se hiciera presente. Aguardaba la visita de al menos algunos de los que me habían recordado el año anterior pero nadie apareció. Me conformaba con que tan solo uno de ellos se atreviera a nombrarme para hacerme sentir que estaba muerto. Culpé a mis huesos. Ellos habían quedado extraviados en alguna fosa que nadie se había animado a descubrir. Y era lógico, nadie sabía en dónde podían hallarse, no es fácil remover toda la tierra del planeta para encontrar un puñado de restos óseos. Supe en ese momento que irremediablemente había pasado al olvido. Deambulé sin historia y sin futuro en mi abandono. Los muertos olvidados no son más que hombres imaginarios, muertos que han dejado de ser muertos y hombres que han dejado de ser hombres. Lamenté terriblemente haber creído durante toda mi vida en nada más que en mí, mi sabiduría me había permitido creer hasta donde ella quiso que creyera. Y crecí creyendo al amparo de la razón. Tuve fe, claro que tuve fe, pero sobre todas las cosas tuve conciencia. Gracias a ella aprendí a distinguir entre lo bueno y lo malo de todo en lo que me atreví a creer. No me sirvió de mucho, morí igual que todos los hombres y fui condenado al olvido. Se me preguntó en qué creía, contesté que en nada, y terminé aquí.

No me dieron tiempo para convencerlos de que yo sí había creído. Y mucho más de lo que ellos pudieran imaginar. Caminábamos todos juntos por el cerro llevando la Virgen al hombro junto a una música celestial. Caminábamos en fila india por los estrechos senderos que se abren paso entre las laderas de la montaña. Debíamos cruzar el antigal y disponer de la tierra contigua para construir un santuario para la Virgen. Se hacía arduo el caminar con la Virgen en andas sobre las piedras flojas del sendero. A medida que subíamos las cuestas, más angosto se presentaba el camino y se volvía más difícil maniobrar con la precaria base de cañas que habían fabricado los fieles. Llegamos hasta un punto del recorrido en donde se hizo imposible continuar con la imagen de la Virgen a cuestas. El sacerdote que nos acompañaba decidió dejar la imagen de la Virgen a un costado del camino, en una entrada rocosa de la ladera de la montaña que hacía las veces de gruta. Con mucho cuidado, los peregrinos más fuertes bajaron la imagen de la Virgen y la pusieron a resguardo entre la roca. Por pedido expreso del sacerdote construyeron con las cañas de la base un improvisado enrejado para evitar que la dañaran. El día se había comportado bastante cruel con nosotros pero gracias a la coca nos manteníamos en pie y con fuerza. Debo admitir que yo no estaba muy consciente de lo que sucedía, antes de salir había tomado chicha por demás y de vez en cuando el sacerdote insistía con que tomara otro poco y mascara unas cuantas hojas de coca para evitar el mal de altura. Todos mascábamos coca y tomábamos chicha, de otra forma no hubiéramos podido hacer semejante expedición. De tanto en tanto el sacerdote se detenía para rezar alguna plegaria, los hombres volvían a darme de beber chicha y a meterme unas hojas de coca en la boca para que no dejara de masticar. Luego de ese descanso, todos volvíamos al camino. Al poco tiempo me dio sueño, no supe nunca si había sido por la altura o por la chicha y la coca, pero me sentí muy cansado, mi cuerpo pareció no aguantar semejante esfuerzo. Sin poder mantenerme en pie, caí dormido a la tierra. El sacerdote ordenó a mi papá que me alzara en brazos y continuamos el ascenso hasta llegar al antigal. Yo dormía profundamente. Los músicos dejaron de tocar sus instrumentos por el respeto que se merecían nuestros ancestros. Rodeamos esa tierra sagrada y cruzamos al otro lado hasta llegar a un terreno agreste y poco visitado. El sol se estaba ocultando detrás de los cerros y la Virgen ya no estaba con nosotros, la habíamos abandonado a mitad de camino. Nos terminamos dando cuenta tarde de que no podríamos llegar con ella hasta allí. El sacerdote tomó una pala y cavó una fosa sin dejar que nadie lo ayudara. Yo dormía abrazado al cuello de mi papá. Mi mamá no estaba allí, nunca supe por qué se había quedado abajo si la Virgen se merecía que ella también estuviera con nosotros. Aunque pensándolo bien, tampoco estaba la Virgen. Una vez que la fosa estuvo terminada, el sacerdote llamó a mi papá y él se acercó cargándome en sus brazos. El sacerdote hizo una seña y papá me acostó en la fosa para que yo pudiera descansar un poco más cómodo. Luego se sumaron algunos peregrinos y dejaron a mi lado unas vasijas con agua y alcohol de maíz por si tenía sed al despertarme, pequeños sacos repletos de hojas de coca, algunas de ellas metieron en mi boca, y unas diminutas llamas tejidas a mano con las que siempre dormía. Comenzó a hacer frío apenas el sol se cansó de alumbrar. Mi papá me tapó con una manta de aguayo y dejó algunas prendas mías a mi lado. Con su mano acarició mi cabeza, me acomodó los mechones de pelo que me tapaban los ojos cerrados, apretó mis manos contra las suyas y cuando quiso hacer lo mismo con mis pies, se dio cuenta de que faltaba una de mis sandalias. Todos buscaron el calzado extraviado entre la tierra y entre sus pertenencias pero se ve que se me debe haber caído mientras papá cargaba mi cuerpo dormido. El sacerdote no se preocupó mucho por la sandalia faltante, dijo que de igual manera yo sería bien recibido y luego agradeció a los dioses, que eran muchos pero como yo dormía, no pude saber quiénes ni cuántos eran. Cuando en el cielo apareció la primera estrella, los peregrinos dieron media vuelta y bajaron del cerro. Al pasar por la gruta de la Virgen descubrieron que la Virgen no estaba. El sacerdote preguntó quién se la había llevado, no era frecuente que alguien deambulara por ese lugar tan inhóspito, pero ninguno supo qué contestar, a nadie se le hubiera ocurrido hacer tal cosa.

Esa noche y las demás noches nevó como nunca había nevado. Tal vez hubo nevado con más intensidad en algún momento de la historia pero yo nunca había visto nevar de esa manera. El frío me despertó y la nieve había cubierto mi cuerpo. Me puse de pie con mucho esfuerzo entablando una dura batalla contra el mareo y las náuseas que no dejaban de acosarme y me di cuenta de que la nieve que había en la fosa no era tanta en comparación con la que había caído en todo el antigal y sobre el terreno en el que me encontraba. Las ráfagas de viento eran tan violentas que la nieve no había tenido la posibilidad de caer en la fosa, seguía de largo hasta desbarrancarse por del desfiladero. Quise salir de allí pero una última ráfaga de viento y nieve me devolvió al fondo del pozo. Me cubrí con la manta mojada que papá me había dejado, encogí las piernas y abracé a mis llamas como lo hacía todas las noches para que no tuvieran frío. Me volví a dormir y esta vez fue para siempre.

 

Los olvidados (2025)

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