Otros pies, la misma tierra. Yana observa a su niño que duerme. Ella le quita de la frente un mechón de pelo rebelde que cae sobre su cara y que parece no dejarlo respirar. Luego vuelve a acariciarle la cabeza, le habla en voz muy baja para que solamente él la alcance a escuchar. Cubre sus pequeñas manos con sus manos de mujer y de madre para que no se enfríen más de lo que están. Apenas las frota con sus dedos curtidos y blandos y entonces suspira. Se detiene en sus pies desnudos, tan sucios y tan bellos. Si pareciera acaso que esos pies tan pequeños como su vida fueran sus propios pies, los de ella cuando no era más que una niña que tejía junto a su abuela. Luego Yana calentaba el agua y esperaba pacientemente entre tejido y tejido que la pava estuviera por hervir. Así pasaba las horas, hablando con su abuela sin hablar. A las dos les bastaba con una fugaz mirada mientras desovillaban un poco más la lana antes de que Yana continuara jugando con el telar, eso que tanto le gustaba y que a su abuela le calmaba el alma. La niña, de vez en cuando, hacía una pausa en su tejido, se alejaba del telar con la manta de lana a medio terminar y miraba a su abuela con una sonrisa. Ella aprobaba el trabajo de su nieta y las dos volvían a sus tejidos de barracán hasta que la noche les quitaba los telares de las manos y los custodiaba hasta el día siguiente.
Si pareciera que esas manos con las uñas negras por las que ahora Yana pasa la yema de sus dedos en busca de alguna imperfección, de cualquier cosa que le pueda hacer ver que es mentira que se parecen tanto a sus manos, son aquellas mismas manos de ella que jugaban en el suelo con las manos de Ramiro a hacer montañitas de tierra, unas por aquí, otras más allá, en esas épocas en que a ninguno de los dos se les hubiera cruzado por la cabeza dejar de ser niños. Ramiro llamaba a Yana con un silbido y ella salía corriendo de su casa para ir a los corrales, donde las llamas se alborotaban y juntaban sus hocicos para que Yana y Ramiro las acariciaran una por una. Luego los niños se sentaban en un tronco caído al pie del alambrado y los animales se recostaban en la tierra, mirándose unos a otros, atentos a lo que los niños se disponían a hacer para comenzar el día.
Esas manos sucias de la niñez que en menos tiempo de lo que dura un suspiro se hacen viento eran las manos de Yana y de Ramiro. Se conocían tanto y tanto se necesitaban para seguir creciendo que nunca podrían haber imaginado que esa aventura se llevaría lo más valioso que ellos tenían, la inocencia. Yana y Ramiro les hablaban a las llamas y les contaban historias de seres que vivían en los cerros, verdaderas almas protectoras llenas de bondad que nunca permitirían que algún hombre se atreviera a hacerles daño. Las llamas escuchaban en silencio la voz de Yana que surcaba el aire como un susurro, acariciándoles las orejas y alisándoles los más suaves pelos del lomo como si ellas fueran las muñecas que Yana nunca llegaría a tener. Mientras Yana les hablaba con dulzura y convicción, Ramiro asentía con la cabeza y si alguna de ellas quería agregar algo más a la conversación o preguntar por una palabra que no había entendido, Ramiro se llevaba el dedo índice a los labios y las hacía callar, ya iban a tener tiempo de aprender lo que todavía no sabían. Yana les advertía que nunca debían salir solas a pastar, que siempre tenían que esperar que ellos, Yana y Ramiro, llegaran a los corrales y las sacaran a dar un paseo. También les decían que no debían prestarle atención a ninguna persona que pasara por allí, sobre todo durante las noches, porque no toda la gente era buena como lo eran ellos.
Pero como las llamas, al igual que las personas, se nutren de ejemplos para comprender lo que no saben, aquello que es nuevo y que por ser nuevo es desconocido, Yana les contaba historias de seres que vagan por los cerros y que cuidan de los descarriados rebaños de inocentes animales que quieren saber qué hay más allá de lo prohibido. Yana se acercó a las llamas y les habló de la Virgen. Les dijo que por suerte los hombres tenían a la Virgen para protegerlos de la maldad del mundo pero que, a pesar de eso, no todos creían en ella. También les dijo que la Virgen puede tener muchos nombres y que siempre es la misma persona. Después intentó explicarles que la Virgen en realidad no era una persona como las demás personas, ésas que las llamas conocían, pero que en definitiva lo más importante no era si la Virgen era o no era una persona normal, sino que ella era un alma bondadosa que brindaba protección a los más necesitados. Les dijo también que quien le había permitido a la Virgen caminar entre los cerros había sido la Pachamama. Si no hubiera sido por la Madre Tierra, nadie habría tenido la posibilidad de conocerla pero, debido a que el hombre siempre ha sido agradecido con la naturaleza, la Pachamama y la Virgen terminaron haciéndose amigas y a partir de entonces ellas dos velan por la salud y el bienestar de todos los hombres. Además les dijo que algunos hombres confundían a la Virgen con la Pachamama pero que eso no importaba, ninguna de las dos se ofendería por ese descuido con tal de que aquellos a los que se les hacía imposible distinguirlas no tuvieran más que buenas intenciones. Las llamas escuchaban con atención las palabras de Yana pero se daban cuenta de que ellas no formaban parte de ese mundo, miraban con desconfianza recordando que en esas celebraciones en honor a la Madre Tierra algunos hombres llegaban hasta los corrales y se llevaban a una cría, a un hermano, a un primo para descuartizarlos al sol y luego hervirlos o arrojarlos a las brasas. Yana comprendió el disgusto de sus animales y por eso les advirtió que tuvieran cuidado con los hombres, que no permitieran que se les acercara cualquier persona y las sedujera con algún lugar lejano para pastar o con una caricia en el lomo. Les dijo también que así como los niños tenían una Virgen que los custodiaba, ellas tenían un alma protectora que cuidaba de los rebaños y que si se encontraba con algún cazador dispuesto a hacerles daño, lo castigaba ferozmente. A ese ser que además premiaba a los buenos pastores como Yana y como Ramiro, cuentan sus padres que lo han escuchado silbar por los cerros y le han dicho a Yana que se llama Coquena. La niña les dijo a las llamas que, a pesar de que ella nunca se había encontrado con él, estaba segura de que existía porque había escuchado su silbido mágico, distinto a cualquier otro silbido. Les contó que el Coquena era algo bajito, que usaba un gorro con orejeras, un poncho como abrigo y sandalias. Las llamas miraron a Ramiro y se dieron cuenta de que el niño llevaba puesto un gorro en la cabeza para cubrirse del sol, de que vestía un poncho desgastado y de que no andaba descalzo. Una de ellas se acercó y le acarició la mejilla con el hocico. Yana les dijo que él era nada más que Ramiro, el Ramiro de siempre, pero nunca se convenció de que las llamas habían comprendido que estaban equivocadas.
Nazareno duerme, parece no respirar pero Yana dice que sí, que esa brisa de aire húmedo que proviene de sus pequeños pulmones y que sale por su boca apenas abierta le llega con aroma de cobre y de flores de albahaca. Yana cierra los ojos y recuerda cuando Nazareno lloraba por las noches y nadita había para aliviar al niño de su llanto, entonces Yana lo tomaba en sus brazos y Nazareno parecía ahogarse entre suspiros, luego respiraba profundo hasta que su diminuto estómago se llenaba de aire y volvía al llanto inconsolable. Yana le decía palabras al oído, cantaba antiguas coplas que su madre le había enseñado y que el niño escuchaba con los ojos abiertos y grandes haciendo un considerable esfuerzo por no interrumpir a su madre con sus gritos para que esas coplitas que tanto le gustaban no terminaran en el llanto de la madre también, preocupada y desesperada. Pero cuando su débil cuerpecito perdía las fuerzas, el niño otra vez volvía a cerrar los ojos, a apretar los puños y a llorar sin consuelo estirando una pierna y encogiendo la otra como si con esas cortas patadas pudiera expulsar el mal que lo azotaba. Yana ponía la pava a calentar mientras le hablaba a Nazareno apoyándole los labios en la frente. Ella iba de aquí para allá, vigilando al niño y vigilando el agua a medio hervir, buscando uno, dos, tres ramitos de albahaca para preparar un té suave que pudiera calmar al niño, mi niño, de los dolores de estómago, para que al menos pudiera dormir una noche bien, para que ese mal lo abandonase para siempre y así las noches no fueran más que sueños de Nazareno, sueños en los que Nazareno sueña con los colores de la belleza, con las manos de su madre, con la piel cobriza de su padre, sueños que esperan que sus llamas lo despierten para decirle que el día ya ha llegado, para preguntarle cómo había dormido, que había dormido bien, que cómo habían dormido ustedes, que nosotras también dormimos bien y que el Coquena nos había protegido con su silbido y que mi mamá me había hecho un té de albahaca y que cómo la extraño ahora que ya no está, que ya se ha ido.
Pero Yana no se ha ido, sus manos siguen abrigando las manos de Nazareno para que su niño no tenga frío. Nazareno duerme mientras su padre ha tenido que ir a trabajar a El Aguilar porque la lana de las llamas ya no alcanza para alimentar al hijo que ha nacido ni tampoco a su madre. Entonces Ramiro todos los días ha de cubrir su piel cobriza con un pesado manto hecho de polvo de plomo, de polvo de plata, de polvo de zinc que no le ha de alcanzar con llevarlo de por vida entre los poros sino que ha de tener que aspirarlo profundamente hasta que llegue a sus pulmones y esperar que allí decante bien decantado para que el aire que tanto necesita pueda volver a ingresar a su cuerpo sin la necesidad de tener que levantar de un soplo, como si fuera un torbellino, ese polvo que gobierna en su interior y de esa manera evitar que se le expanda por todo el cuerpo. Recién cuando no quede lugar para el aire que necesita entrar y cuando el polvo de plata, el polvo de zinc, el polvo de plomo que llenó sus pulmones no quiera abandonar su cuerpo, Ramiro podrá volver a su hogar de Tres Cruces para encontrar a Nazareno jugando con sus llamas, ya sin los llantos de su hijo que apuñalaban el alma de su madre, ya sin la infancia de su hijo que él nunca tuvo oportunidad de disfrutar.
Nazareno duerme y Yana nuevamente le corre el mechón de pelo de la frente, un mechón terco que a Yana la aleja de sus pensamientos para atender esas pequeñas urgencias que nada malo hacen pero que distraen cuando uno menos lo desea. Porque Nazareno duerme y el cabello que le cae sobre la frente no provoca otra cosa que hacer olvidar a Yana por dónde iba con su mente, qué estaba pensando en ese momento en que otra vez el pelo cubrió la frente del niño y llegó hasta sus ojos y que de seguir así terminaría cayendo sobre su nariz y no lo dejaría respirar. Entonces Yana suelta una de las manos que dan calor a las manos de su hijo y aleja una vez más el flequillo de su frente mientras que esa misma mano, sin saberlo, claro está, también aleja a Yana de los recuerdos en los que se encontraba y nuevos recuerdos vienen a su memoria sin anunciarse.