En la otra puerta

Capítulo XXII

Ricardo Cardone

Sobre el altar de la Virgen reposan unas sandalias. Ya no está la Virgen para atraer a los fieles con su imagen divina, con la serenidad que transmitía a quienes llegaban a ella agobiados por las injusticias y las miserias que padecían. Cada uno de ellos, sus fieles, entraba a la parroquia en absoluto silencio, fuera del horario de misa de Francisco, y caminaba compungido hasta el altar, temeroso de que la Virgen no lo tuviera en cuenta, tal vez por no haberse comportado de la mejor manera con su prójimo, tal vez por haber dudado de Dios en algún momento de sus miserias. Con esa pesada carga, los fieles daban un paso tras otro con la cabeza baja y el torso vencido por el peso de la culpa. Eran humanos y la Virgen lo sabía, por eso ella siempre los esperaba para quitarles la angustia, ese peso que no los dejaba llegar al día siguiente. Una vez que esos hombres se acercaban al altar, de a uno alzaban una mano y tocaban los pies de la Virgen para que ella se diera cuenta de que sus fieles estaban ahí abajo, vencidos por las ausencias que los atormentaban. Luego rezaban una avemaría y la miraban a los ojos, esos tiernos ojos que sólo tienen las madres cuando miran a sus hijos y que no son como ningunos otros ojos, esos ojos que tienen el poder de la compresión y de la caridad, ojos que curan, ojos que serenan el llanto del niño que necesita de una madre para calmar su dolor, ojos que abren la puerta de la fe en el hombre desahuciado. 

Pero la Virgen no se encontraba en su altar. Unos peregrinos la habían llevado a los cerros, al otro lado del antigal y en su camino había decidido irse, según lo que había contado Ignacio al padre Francisco. Ahora, en ese sitio sagrado de la parroquia, Francisco había dejado dos sandalias usadas, una más grande que la otra y de dudosa procedencia. Dos sandalias que Ignacio había traído al templo. Dos sandalias que habían llegado en diferentes momentos, una en medio de la desgracia de la huida de la Virgen y la otra en sueños o, mejor dicho, en la pesadilla de Francisco. Ahora las dos sandalias reposaban ahí, sobre el altar de la Virgen, sin que Francisco pudiera entender cómo habían podido llegar hasta ese lugar sagrado. Bueno, la primera, vaya y pase, pero la segunda sólo Dios sabe. Vaya uno a saber qué mano misteriosa la ha sacado del sueño de Francisco para dejarla sobre el altar, al lado de la otra, una tan grande y la otra tan chica. En un primer momento Francisco estuvo a punto de arrojarlas lejos de la parroquia pero por temor a Ignacio prefirió no hacerlo. No fuera que Ignacio decidiera hacer justicia con el padre Francisco por haber mancillado algo tan sagrado y a fuerza de machetazos terminara con el derrotero que aún le quedaba por transitar al pobre cura párroco sobre esa tierra. Por eso Francisco había decidido dejarlas en la parroquia y, para que no estorbaran en los reclinatorios, las había abandonado sobre el altar, ya tendría tiempo de elegir un lugar que ellas merecieran.
Ignacio golpeó la puerta de madera y entró en la parroquia sin darle tiempo a Francisco para que llegara a abrir. Caminó por uno de los pasillos laterales y llegó hasta el altar de la Virgen. Suspiró cuando vio que las dos sandalias lo aguardaban allí. Se arrodilló frente al altar y con los ojos cerrados hizo la señal de la cruz sobre su pecho. Luego besó el dorso del dedo pulgar con el que presionaba su puño y quedó en silencio, viajando con su mente a sitios sagrados que lo acechaban en sueños y a pasados atroces que lo atormentaban durante la vigilia. Francisco también hizo silencio, dejó que el pobre hombre se reconciliara con él mismo, demasiada culpa había visto en su cuerpo. Ignacio lloró frente al altar en el que la Virgen no estaba. Lloró sin consuelo y continuó llorando hasta que Francisco le tocó el hombro para que Ignacio recuperara la razón, la paz que tanto necesitaba. Pero Ignacio había perdido la cordura hacía tiempo y lo único que le quedaba ahora era la fe, esa fe que a pesar de las reprimendas de Francisco aún latía con el pulso del moribundo que de ninguna manera quiere apartarse de esta vida. Francisco ayudó a Ignacio a levantarse, los dos se persignaron, Ignacio mirando hacia las sandalias y Francisco mirando hacia la cruz que custodiaba el altar y el sagrario.

—¿Qué ocurre, hijo? —preguntó Francisco sentándose al lado de Ignacio en uno de los reclinatorios.

—He pecado, padre, y no he de tener perdón.

—Todos los hijos de Dios merecen la gracia del perdón —dijo Francisco—, nuestro Padre es infinitamente misericordioso y quiere a todo su rebaño por igual.

—Pero yo, padre, yo he sido un mal hijo —dijo Ignacio y estalló en llanto dejando caer su cabeza sobre el respaldo del banco de adelante y poniendo a tiempo sus manos antes de que la frente golpeara la madera.

—Nada ha de ser tan grave como para que sea irreparable ante los ojos del Señor —dijo Francisco.

—Lo mío es grave, padre, muy grave.

—Ignacio, hombre, no te flageles como si estuvieras condenado al destierro de la fe. Siempre hay un lugar para los pecadores que reconocen su error —dijo Francisco—. Puedes confesarte conmigo para liberarte de esa culpa que tienes si así lo deseas.

—No sé si debo, padre, no sé si Dios me perdonará.

—Estamos solos, hijo, nadie más que nuestro Señor sabrá de tus pecados y de tu arrepentimiento.

Ignacio respiró profundo y dijo que había intentado matar a Nazareno. Que no había sido él solo, sino que junto con Ramiro lo habían planeado hacía tiempo. También dijo que la Virgen, cuando se enteró de lo que estaban por hacer, huyó de ellos.

—¿Cómo es eso, Ignacio, de que han querido matar a Nazareno? ¿Me estás hablando del mismo Nazareno que conozco, el hijo de Yana y de Ramiro?

—Así es, padre. Nazareno, el hijo de Ramiro y de Yana. 

—¿Y por qué han decidido matarlo, Ignacio?

—Porque no aguantamos más, padre, esta vida nos quita el aire, nos agobia con pestes que se llevan a nuestras familias, nos deja abandonados en esta tierra que es el infierno mismo, nos trae hombres que nos tratan como si fuéramos animales. Yo no tengo pasado, padre, mi familia ha muerto una y mil veces, no sé cómo he llegado con vida hasta el día de hoy. He creído en todo lo que se me ha ordenado creer y he actuado de la forma en que se me ha enseñado a actuar pero me he dado cuenta de que esa educación que me han dado no ha servido para que yo creciera y me hiciera más humano, sino que he sido educado para que cada vez me pareciera más a los animales, para servir nada más que de abono para el hombre que llega a estas tierras comportándose como si hubiera de ser el dueño, despojándonos de nuestros dioses y reemplazándolos por los suyos, aquellos por los que en sus nombres ha matado a toda nuestra familia desde tiempos remotos, aquellos por los que nos ha quitado la tierra así como nos ha quitado los sueños. ¿Y sabe qué, padre?, ha de saber que yo también he creído que todo iba a ser para mejor, que esos hombres iban a darnos un poder mágico para resolver los misterios de las enfermedades, para comprender mejor las lluvias, para prevenir los desastres naturales. Esos hombres, padre, han traído un nuevo dios del que mi pueblo nunca había oído hablar. Ese dios, padre, ahora es el dios en quien yo creo, ese Dios con mayúscula que usted tanto venera así como yo venero pero que nada ha hecho para devolvernos a nuestros niños, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a todos los que la peste se ha llevado. Nada nos ha quedado, padre, salvo el poder caminar al costado de la ruta como si fuéramos ganado y atraer la mirada del paso rápido de los automovilistas. Ya no somos el pueblo que supimos ser, adorando a nuestra Pachamama, a nuestro Inti, a nuestro Illapu y su misteriosa trinidad. Después hemos entendido que esos dioses en quienes habíamos creído no habían de ser más que expresiones de Dios, nuestro Señor, y de apóstoles y santos que se atribuían algún poder sobre los animales, sobre las lluvias, sobre las enfermedades. Y por eso fue que creímos, padre, creímos porque para creer no hace falta nada más que la fe. Nuestro pueblo ha tenido fe pero parece ser que no ha tenido razón, porque hemos sido castigados durante muchísimos años y hemos sido rebajados a la última miseria del hombre, a la servidumbre del visitante, de aquel a quien le abrimos la puerta y ahora gobierna sobre nuestras penas. A pesar de todo yo creo en Dios pero también creo en otros dioses porque ¿cómo ha de ser posible que exista un solo dios, padre? ¿de qué manera puede encargarse él de todo? Es mucho más sano dejar que cada dios se ocupe de la tarea que más le concierne a su sabiduría. ¿O no es acaso que esta religión que compartimos, padre, también delega algunas tareas de Dios? Hay una Virgen, padre, gracias a Dios hay una Virgen que nos contiene y que nos hace volver a creer en él, porque desde hace tiempo Dios nos ha abandonado y si no hubiera sido por ella, que siempre está presente, nadie creería en su fe ni en su parroquia. ¿O no es cierto, acaso, que esta religión que ahora profesamos también ha de tener santos que se han de dedicar a determinadas súplicas, a distintas necesidades del hombre, santos para los enfermos, santos para los trabajadores, santos para las cosas imposibles, santos para los animales? Pero yo he matado a un niño sin saberlo, padre, porque he querido que los dioses dejasen de enemistarse con nosotros.

—Pero ¿cómo lo has matado, Ignacio? ¿Cómo tuviste el valor para cometer semejante crimen?

—Fue hace mucho, padre, muchísimo tiempo atrás. Nuestra gente estaba siendo sometida por quienes habían llegado a estas tierras montados en caballos y portando una cruz y espadas. Se nos había hecho saber que debíamos pagar un tributo por nuestras tierras y que debíamos obedecer a Dios, nuestro Dios de ahora, padre. Mucha de mi gente se negó a ese mandato, nos bastábamos con lo que nos ofrecía la Madre Tierra y esa gente pretendía que se lo diéramos a cambio de nada. Hablaban de un dios que hasta ese momento no conocíamos. Y parece ser que ese dios era diferente a nuestro Dios, padre, porque ese dios mandaba a matar a quien no le ofreciera respeto y devoción. Pensamos que nuestros dioses habían de estar bastante enojados con nosotros para llegar a permitir tales tormentos, por culpa nuestra nuestros abuelos morían con la espada atravesada en el pecho, nuestros padres se cocían al sol atados de pies y manos a cuatro estacas y nosotros, los hijos de los hijos, éramos arreados como ganado para morir de hambre o a latigazos a lo largo de un camino que no habría de llevarnos a ninguna parte más que a la tierra donde habrían de hacer de nuestros cuerpos comida para cualquier alimaña. Nuestro sacerdote decidió con bastante razón que debíamos reconciliarnos con nuestros dioses de siempre, que ya no habríamos de poder seguir en pie ante tanta bestialidad humana y que para eso se necesitaba ofrecer de parte nuestra un sacrificio justo, de esos que los dioses siempre han reclamado cada vez que nuestro pueblo ha sido castigado sin clemencia por algo malo que pudiéramos haber cometido. Nuestras familias ofrecieron a sus niños y el sacerdote se decidió por uno que era el más bello y el más puro de todos ellos. Hicimos una gran celebración donde todos tomamos chicha y comimos carne y frutas. Los dioses volverían a darnos su protección. Es misma noche comenzamos a caminar hacia el cerro. El niño venía con nosotros. He de decirle, padre, que era el niño más hermoso y más puro que jamás usted haya visto. Caminamos durante toda la noche haciendo que el niño bebiera chicha y dándole hojas de coca para que mascara. Él no debería saber en qué habría de consistir esa ceremonia religiosa. Bastaba con que el niño supiera que él era el principal agasajado. Queríamos que llegara dormido al antigal, luego caminaríamos un poco más hasta una oculta ladera de montaña. A mitad de camino el niño cayó a la tierra bajo un profundo sueño. La chicha y la coca le habían consumido la razón. El sacerdote ordenó al padre que lo cargara, bordeamos el antigal y llegamos a la ladera de una montaña. El niño dormía en los brazos del padre. El sacerdote tomó una pala y cavó una fosa para que el niño quedara a resguardo de las inclemencias del tiempo. El padre acostó al niño dentro de esa fosa al borde de la ladera y uno de nosotros dejó junto al niño dormido una vasija de barro con agua por si en algún momento se despertaba con sed. El padre lo cubrió con una manta que su madre había tejido para él y también dejó a su lado algunas llamas tejidas en lana para que no se sintiera solo. Luego acomodó sus pies dormidos y advirtió que al niño le faltaba una sandalia. Todos nos pusimos a buscar la sandalia que faltaba, el niño la necesitaría cuando despertara para no tener que pisar la tierra fría y nevada, pero no la pudimos encontrar. El sacerdote encomendó el niño a los dioses y luego bajamos del cerro buscando la sandalia que nunca apareció.

—Pero, Ignacio, ¿cómo han podido ser tan inhumanos que han dejado morir a un niño en medio de la montaña? ¿Es que no tienen conciencia, acaso?

—El niño no ha de morir, padre. Al despertar, el niño ha de reunirse con sus ancestros y habrá de velar por el bienestar de nuestro pueblo, él nos habrá de traer lluvias que nos habrán de traer plantas que nos habrán de traer animales que nos habrán de traer trabajo y alimento. ¿A qué se ha de referir cuando dice que no he de tener conciencia? Nuestra conciencia nos dice que hemos hecho lo que debíamos hacer, padre, hemos obrado de acuerdo a ella y no solamente por un acto de fe. La fe sola no alcanza para gobernar a toda la gente, se necesita que esa gente tenga conciencia de su fe.

—Vaya forma de entender la conciencia que tienen ustedes, acaban de dejar morir de hambre y de frío a un niño, son conscientes de eso y no sienten remordimientos —dijo Francisco.

—Yo no he dicho que no sienta remordimientos, padre, por eso estoy en esta parroquia así como me ha de ver, consumido por la angustia de haber pecado. ¿Ustedes acaso no han permitido que matasen a un hombre para rehacer el vínculo con Dios? Son tanto o más crueles que nosotros. Nuestro niño no murió, nos protege, en cambio su hombre debió padecer todos los tormentos habidos y por haber antes de morir en una cruz, necesitaron que todos supieran que estaba bien muerto y no dejaron de torturarlo con sadismo hasta que dejó de respirar.

—Nuestro Hombre al que te refieres es un Hombre con mayúscula y resucitó al tercer día, Ignacio. Ahora está junto al Padre cuidando de cada uno de nosotros.

—Al igual que nuestro niño —dijo Ignacio.

—Pero el niño de ustedes no es ningún dios, Ignacio, es una pobre criatura a quien han matado tan salvajemente como nosotros hemos querido matar al Hijo de Dios. ¿Cuándo ha sido esto que me cuentas, Ignacio?

—Ha sido hace muchísimos años, varios centenares de años atrás, padre, pero a mí se me hace que ha sido ayer.

—Ignacio ¿cómo se te ha de hacer que ha sido ayer si en realidad ha sucedido siglos atrás, una época en que ni siquiera estabas vivo como para poder cometer semejante crimen?

—Los crímenes de mis ancestros son mis crímenes, así me han enseñado. Y así han sido enseñados ustedes también. En un tiempo remoto un hombre y una mujer desobedecieron a Dios y esa rebeldía en la que ni siquiera alguien murió la llevamos como una culpa todos los descendientes de aquella pareja que quiso desobedecer al poder eterno. Hemos sido expulsados del paraíso, según lo que usted nos enseñó, sin nosotros haber cometido ninguna falta, simplemente hemos sido condenados por faltas que cometieron nuestros ancestros. Pero no es esa pena la que me atormenta, padre, estoy dudando de que ese niño haya muerto. Comencé a desconfiar cuando en esta última peregrinación la Virgen huyó de nosotros. Yo había intentado hablar con ella durante la noche, estaba muy angustiado, pero ella ya se había ido. Y he querido reparar en el lugar hacia donde estábamos llevando a la Virgen. Era el antigal y la tierra sagrada, aquel sitio donde nuestros ancestros ofrecían sus niños a los dioses. He de preguntarme, padre, si usted habría de saber que nosotros íbamos a llevar a la Virgen hasta aquel lugar.

—Sí, Ignacio, vos y Ramiro me habían hablado del sitio detrás del antigal, que muy bien no sé en dónde queda, y que afirmaban sería el lugar elegido para construir el santuario que la Virgen se merecía.

—Sí, eso lo sé, padre, pero ¿Ramiro le dijo quiénes íbamos a ir en esa peregrinación?

—No sólo que me lo dijo sino que los conocí a todos en persona porque se hicieron presentes en esta parroquia junto a Ramiro y junto a vos. Yo mismo les he dado la bendición a los peregrinos.

—Bueno, faltaba Nazareno que también estaba en la peregrinación.

—A Nazareno no lo ví. ¿Han llevado a ese pobre niño hasta el cerro? —preguntó Francisco.

—La peregrinación era para construir un santuario para la Virgen y para rezar por la salud de Nazareno, el hijo de Ramiro.

—Eso mismo me había dicho Ramiro —afirmó Francisco.

—Llevábamos a Nazareno, padre, porque los dioses necesitaban de un sacrificio más importante. El niño ha sido engualichado y era el único niño que podíamos ofrecer. Creímos que los dioses entenderían que no podíamos ofrendar otra cosa más que lo que teníamos y tanto Ramiro como yo pensábamos que había de ser lo mejor para su hijo, no podía seguir durmiendo todo el tiempo hasta el final de los siglos, los dioses eran los únicos que lo podían curar y la Virgen también. Creímos que con la ayuda de nuestro Dios, padre, y de los dioses de nuestros ancestros, Nazareno despertaría. Y eso hicimos, caminamos hasta bien entrada la noche. Pero ha de ser que la Virgen se ha enterado, alguien le habrá contado, y no hubo caso, padre, ella se negó a seguir viaje con nosotros. Esa actitud de la Virgen ha llenado mi alma de culpas. He de pensar que hemos hecho mal en dejar a Nazareno en esa tierra inhóspita sin la Virgen a su lado. El pobre niño ha de tener frío y sin la Virgen nadie lo ha de proteger. Por eso volví al cerro, padre, para ver si hallaba a la Virgen y que ella me dijera cómo se encontraba Nazareno. Pero a la Virgen no la he encontrado, solamente he hallado otra sandalia un poco más pequeña que la que habíamos traído. Ahora pienso que ha de ser la sandalia de Nazareno. Llegué solo al antigal, no le he dicho a Ramiro de mi viaje, y a nadie encontré. Nazareno tampoco estaba allí. Solamente había unas huellas que terminaban en el desfiladero pero tampoco pude saber si eran las huellas de sus pies, uno con sandalia y el otro descalzo, porque comenzó a soplar un viento helado y la nieve me empujó adentro de la fosa donde habíamos dejado al niño. No había nada allí, ni su cuerpecito, ni su mantita, ni la vasija de barro, ni las llamas tejidas. Volví apesadumbrado con mis pensamientos puestos en la muerte de Nazareno y bebí por todo lo que no había bebido en mi vida. No recuerdo cómo llegué hasta aquí, si usted, padre, me abrió la puerta o si yo la abrí de un golpe. Lo que sí recuerdo es que le he dejado la pequeña sandalia que ahora está en el altar junto a la otra, aquella primera sandalia de la Virgen. Estoy seguro de que Nazareno ha muerto por mi culpa, padre, y no he de encontrar nunca la manera de pagar por esa falta.

Ignacio volvió al llanto apoyando la cabeza y los puños sobre el respaldo del banco de adelante. Francisco intentaba recordar toda la secuencia de aquella noche y la historia de Ignacio tenía muchísimos cabos sueltos, demasiadas incongruencias y faltas a la verdad. Si ellos mismos se habían reunido al día siguiente para ir a ver unos huesos que el propio Nazareno había encontrado el día de la peregrinación frustrada por la huida de la Virgen. Y Nazareno estaba allí, con sus llamas y con Ignacio y con Ramiro. Y también con el oficial de policía y sus ayudantes, recordó súbitamente.

—Pero, Ignacio —preguntó Francisco lleno de dudas y de peros—, ¿no recuerdas que Nazareno estaba con nosotros cuando fuimos a ver esos huesos que tanto te quitaban el sueño?

—Sí, padre, ahí estaba Nazareno junto a nosotros pero el niño ya había sido engualichado, seguramente era un ánima de él, una maldición que ha venido a esta tierra para quedarse. Me han dicho que usted mismo intentó levantarlo de la cama y no ha podido hacerlo. ¿Qué me dice de eso, eh, qué me dice? ¿No será, padre, que usted también ha sido engualichado?

—No, Ignacio, nadie me puede hacer daño. Soy un hombre de la Fe y Dios, mi Señor, siempre me protege.

—¿Usted sueña padre? —preguntó Ignacio.

—Claro que sueño, Ignacio, como todas las personas.

—¿Y ha de poder reconocer durante el sueño que usted está soñando? —preguntó Ignacio.

—Bueno, eso es más difícil pero ¿adónde has de querer llegar con esto, Ignacio? 

—A esa pequeña sandalia que está al lado de la de la Virgen, padre, allí quiero llegar. ¿Ha de poder decirme en qué momento le he dado esa sandalia?

Francisco volvió de improviso a aquella noche en la que Ignacio había entrado borracho a la parroquia, bastante malhumorado y enojado con el cura. Recordó que Ignacio se había abalanzado sobre él con su machete y que luego el padre se encontraba estaqueado en un siglo remoto fuera de cualquier parroquia y lejos del machete de Ignacio. No quiso aceptar en voz alta que él lo había tomado como un sueño pero esa sandalia ahora formaba parte de la realidad.

—¿Cómo podría ser posible, padre, que nos sucedieran estas cosas si no estuviéramos engualichados? Nazareno aparece entre nosotros y Ramiro no dice nada, como si el niño estuviera viviendo con él todo el tiempo y no estuviera con la madre en una sala del hospital. ¿Cómo puede ser posible que nosotros hayamos llevado a Nazareno hasta el cerro y usted no haya podido siquiera levantar al niño de su cama? ¿Cómo puede ser posible que Nazareno haya encontrado unos huesos que el oficial de policía sospecha por lo bajo que pueden ser los huesos de alguna víctima suya y que usted ni enterado esté? Yo no creo en nada de lo que me ha de afirmar, padre, ni lo del niño que no puede levantar de la cama, ni lo de las personas que niega haber matado, ni lo de que usted es cura. Perdón, padre, no quise decir esto, perdóneme, me siento muy mal, padre, muy mal.

—Ignacio, puedo asegurarte que fui ordenado sacerdote y que soy el cura de esta parroquia por orden del obispado. No tengas dudas de eso. No he matado a nadie y es verdad que al niño no lo he podido levantar de su cama. No me preguntes por qué, Ignacio, pero tampoco me fuerces a admitir que el niño está maldecido.

—¿No estaremos muertos, padre, no habremos muerto hace tiempo por culpa de esta peste que nos ha confinado al olvido?

—No, Ignacio, no estamos muertos, te lo aseguro —contestó Francisco.

—Padre, ¿usted cree que Dios me perdonará alguna vez? —preguntó Ignacio.

—Dios siempre perdona, hijo mío, Dios siempre perdona.

Ignacio rezó tres avemarías y un padrenuestro pero siguió dudando de que Dios algún día lo pudiera perdonar.

 

Los olvidados (2025)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias