En la otra puerta

Capítulo XXIII

Ricardo Cardone

El comisario llevó a Francisco hasta una de las salas de la antigua guardia del hospital que hacía las veces de un improvisado despacho policial. El hombre le señaló al cura una silla en la que podía sentarse, acomodó unos papeles que desordenaban su escritorio, espantó algunas moscas que lo venían persiguiendo y se dispuso a tomar nota. Francisco se quedó de pie al lado de la silla, temeroso de alguna represalia.

—Siéntese ahí, por favor —dijo el oficial.

—¿En qué puedo ayudarlo, oficial? —preguntó Francisco sentado casi en el borde de la silla.

—Acá las preguntas las hago yo —dijo el oficial.

El hombre terminó de ordenar algunos papeles más y luego miró fijamente a Francisco como queriendo buscar algo en el interior de sus ojos.

—¿A qué se dedicaban sus padres?

—Trabajaban la tierra. Ellos vivían en el campo.

—¿Cuándo dejó de verlos? —preguntó el oficial.

—Cuando ingresé al convento, señor —contestó Francisco mientras espantaba algunas moscas que huían del oficial.

—¿Ha mantenido correspondencia con ellos durante su estadía en lo que usted llama convento?

—No, señor, la única carta que les escribí fue antes de partir. 

—¿Y anteriormente nunca intentó ponerse en contacto con ellos, visitarlos tal vez?

—Yo no podía salir del convento, señor, siempre fui un religioso de clausura hasta que llegué a estas tierras.

—¿Pero le hicieron saber que sus padres murieron de hambre debido a la extrema pobreza en la que vivían?

—No me informaron cuáles fueron las causas pero mi alma está en paz porque sé que ellos también están en paz.

—¿Por qué ha decidido cruzar el océano? —preguntó el oficial.

—Es una larga historia, comencé a padecer alucinaciones, se aprovecharon de mi condición y me expulsaron del convento haciéndome creer que me haría bien cruzar al otro lado del mar para comenzar mi misión evangelizadora.

—¿Cómo fue su viaje a través del Atlántico?

—Normal, como todo viaje.

—Me han hecho saber que ha tenido algún altercado con la tripulación.

—¿Y quién ha dicho semejante mentira? —preguntó Francisco.

—Ya le dije que acá las preguntas las hago yo —dijo el oficial y decidido a buscar en Francisco una verdad en la que ni siquiera el propio comisario creía, continuó con el interrogatorio acusando a Francisco de haber cometido algún crimen sólo para intentar convencerse de que el cura sabía más de lo que decía saber.

—De todas maneras —continuó el comisario—, le aclaro que no estoy aquí para investigar hechos que no corresponden a mi jurisdicción. Lo que me interesa saber es de quiénes eran los dos cuerpos a los que dio sepultura en lo alto del cerro. 

—Eran dos nativos que habían sido dejados en mi custodia por orden de Su Majestad, señor. No logré mantenerlos con vida, estaban desahuciados, mancillados, con la piel infectada por las sogas que le habían abierto llagas hasta limarles los huesos y se me fueron muriendo sin que yo pudiera hacer ninguna otra cosa más que darles una sagrada sepultura, algo que ni siquiera había podido hacer con mis propios padres.

—¿Usted dónde vive, Francisco? —preguntó el comisario, desconcertado por la respuesta tan inverosímil a una pregunta injustificable, difícil de respaldar sin pruebas fehacientes.

Francisco sintió en su imaginación un golpe muy parecido al de un látigo pero un rayo de luz cruzó por su mente y la imagen de una casa en medio del campo le devolvió la calma.

—En una humilde casa, no muy lejos del cerro, cerca del arroyo.

—¿Y qué hace allí solo en medio del campo? —preguntó el oficial.

Nuevamente el látigo azotó los recuerdos de Francisco. Esta vez lo golpeó con fuerza y le ladeó la cabeza. Francisco sintió que se encontraba atado de pies y manos ante un soldado de la corte y que éste amenazaba con hundirle una lanza en medio del pecho si no contestaba lo que el hombre necesitaba oír. Pero Francisco no podía saber lo que el oficial quería escuchar, por lo que, con un rápido movimiento, como si quisiera espantar a las moscas que cada vez daban más vueltas alrededor su cabeza, alejó todos los temores y dejó que hablara su conciencia:

—Ayudo a los fieles de mi parroquia —contestó Francisco.

—¿Esos indios maniatados que le habían dejado en custodia eran parte de los fieles que acuden a su parroquia? —preguntó el oficial.

Otra vez volvieron las moscas a posarse sobre la cabeza de Francisco. Otra vez volvieron a superponerse las imágenes y otra vez Francisco volvió a pasar del despacho en el que se encontraba a la tierra donde estaba siendo torturado, atado a cuatro estacas y a punto de perder la vida.

—En mi parroquia no hay indios —dijo Francisco—, nadie los llama así, son hombres originarios de esta tierra, gente que ha sido diezmada por más de una peste que ha caído sobre ellos, la peste de las enfermedades sumada a la peste de los gobernadores.

—¿Quién lo ha destinado a esta parroquia, Francisco?

—El obispo, señor.

—¿El mismo obispo que lo había obligado a cruzar el océano? —preguntó el oficial con ironía.

Francisco volvió a las estacas y esta vez esperó que de una buena vez el oficial clavara la lanza en medio de su pecho porque ya no sabía en qué sitio se encontraba, en qué parte de esta maldita tierra se había derrumbado su alma. Tampoco podía saber cuándo ni cómo había sido, solamente alcanzaba a entender que todo había ocurrido en un tiempo que ni siquiera él comprendía. Pensó que tal vez todo debió haber sucedido en el mismo momento y que lo que para él eran pesadillas del final de una época medieval en realidad estaba sucediendo en la misma época en la que él se ocupaba de los fieles de su parroquia. La mente de Francisco no lograba abarcar todo lo que ocurría en ese instante y se preguntó si el obispo que lo había confinado a estas tierras en otro siglo podría ser el mismo obispo que lo había destinado a la parroquia.

—No sabría decirle, señor —contestó al fin.

Ignacio entró al despacho sin pedir permiso. Detrás de él venía Ramiro intentando convencerlo de que nada tenía que hacer allí.

—Yo he matado a esas personas —dijo Ignacio al oficial.

—¿Y a usted quién le ha permitido ingresar a mi despacho? —preguntó el oficial.

—Vamos, Ignacio, vamos, hombre, ¿no ves que el señor está trabajando? —dijo Ramiro.

—¿Y usted quién es? —preguntó el oficial a Ramiro.

—Ramiro, señor, para servirle, ya nos hemos visto —contestó.

—Yo los he matado —dijo Ignacio—. Y están bien muertos, oficial. Uno es un cura desconfiado y el otro es un niño engualichado.

—¿Qué es lo que dice este energúmeno? —preguntó el oficial a nadie más que a él mismo porque no había allí ninguna otra persona capaz de contestarle, más allá de unos lunáticos que podrían estar implicados en un hecho aberrante y cada vez más turbio.

—Oficial —dijo Ignacio—, ese niño estaba poseído por una maldición y el cura no quería aceptar que la Virgen se había alejado para siempre de nosotros. Por eso los maté a los dos. Al cura por incrédulo y al niño por enfermo.

—Ya deja de decir pavadas —dijo Ramiro—. Vamos, Ignacio, que nadie te ha llamado para que vinieras aquí.

—¡Un momento! —gritó el oficial—, ¡acá el único que da órdenes soy yo! ¿A quién dice haber matado usted? ¿Al cura que tiene a su lado?

Ignacio movió su cabeza y se encontró con el padre Francisco sentado en una silla frente al escritorio del oficial. Ramiro lo tomó del hombro y lo calmó.

—¿Has visto que no has matado a nadie, Ignacio, has visto? —dijo Ramiro intentando llevarlo hasta la puerta de entrada para huir de ese nudo de incoherencias que parecía no desatarse nunca.

—¿Adónde piensan que van ustedes dos? —dijo el oficial—. ¿Y de qué niño me hablan?

—De Nazareno —dijo el padre Francisco.

—De Nazareno —dijo Ignacio.

—De Nazareno —terminó por contestar Ramiro.

—Ese niño, Nazareno, ¿está vivo o está muerto? —preguntó el oficial intentando llevar un poco de cordura a su razonamiento.

El padre Francisco contestó que no sabía muy bien si estaba vivo o muerto pero le dijo al comisario que el niño se encontraba con su madre en una de las salas del fondo. El oficial ordenó que ninguno saliera del despacho y cruzando un enorme patio de baldosas con canteros de cemento llegó a la habitación que le había indicado Francisco. Entró en silencio y encontró a Yana de espaldas frente a una cama de hospital. Algunas veces lloraba y otras veces sonreía con resignación. Ante ella dormía Nazareno con los ojos abiertos, con sus pies negros de tierra, con sus manos chiquitas, apretaditos los dedos unos contra otros. Junto a ellos, las manos de Yana le daban calor. El oficial preguntó a Yana por el niño y ella contestó que estaba segura de que en cualquier momento despertaría. El oficial le dijo que el niño estaba despierto, que dejara de mortificarse, pero Yana dijo que no, que su hijo dormía con los ojos abiertos como era lógico de ver. 

—¿Cuánto tiempo hace que está aquí junto a su hijo? —preguntó el oficial.

—Ya he perdido la cuenta —contestó Yana—. Han pasado tantos meses o tantos años que no podría asegurarle cuánto hace que estamos aquí. Pero sepa bien que desde que tuvimos a Nazareno nunca lo he dejado solo. El padre ya ha perdido la fe, él dice que nuestro hijo ha muerto y que su espíritu anda por los cerros y por los corrales de las casas llamando a las llamas para llevarlas a pastar. Dice que Nazareno cuida de toda la gente del pueblo y que ahora también ha de cuidar del padre Francisco porque según Ramiro, que es el que me cuenta estas cosas de Nazareno que yo no he visto por estar acá junto a él, el padre Francisco ha de andar algo perdido, algunas veces ha de creer estar aquí con nosotros y otras veces ha de creer andar en medio del mar. Me ha dicho que Nazareno lo ha encontrado varias veces acostado en la tierra, atado de pies y manos y no ha sabido cómo ha hecho el padre Francisco para haber llegado a estar en esa situación. Lo cierto es que Nazareno cuida de él como si el padre Francisco fuera uno más de su rebaño. Ramiro dice que todas las mañanas Nazareno se levanta de su camita y silba a las llamas para contarles lo que tiene pensado hacer ese día, tal como hacíamos Ramiro y yo con ellas. Nuestro niño ha aprendido de nosotros el amor por sus animales y quiera Dios que nunca nadie les haga daño, porque a Nazareno, así como lo ve, le molesta mucho la maldad del hombre y castigará a quien pretenda maltratar a alguna llamita de las tantas que él cuida. Si viera usted cómo con este cuerpecito él anda por los cerros silbando y tocando su quenita, contento de la vida y de sus llamas que van de aquí para allá sin perderlo de vista. Porque él ya les ha hecho saber a sus llamas lo mismo que yo les había hecho saber a las nuestras, que nunca anden solas por los cerros porque puede venir el hombre malvado, apoderarse de alguna de ellas y matarla sin otro propósito que vender su vellón o volcar sobre su lomo pesadas cargas que puedan llegar a quebrarles sus piernitas. Y ni que hablar de aquellos otros que quieren comérselas en celebraciones interminables mientras mastican coca y beben chicha. Por eso Ramiro dice que ha visto a Nazareno caminar lento pero seguro junto a sus llamas de aquí para allá. Nuestro hijo es igual a nosotros y Ramiro lo extraña más de lo que parece. Él ha tenido que ir a la mina en El Aguilar porque la lana de nuestras llamas no alcanzaba para darle de comer a nuestro hijo y el niño se retorcía de dolor, dentro de sus tripas no había nada más que aire, un aire espeso que entraba en su cuerpecito pero que no quería salir porque allí se sentía a gusto, allí adentro de nuestro niño. Entonces yo le cantaba unas coplitas y ponía la pava a hervir para prepararle un tecito de albahaca que al niño lo calmaba como si fuera la leche misma mientras su padre trabajaba día y noche debajo de la tierra. Así fue que una noche mi niño, Nazareno, mi niñito, se cansó de respirar, habrá de ser que no ha tenido más fuerza para abrir sus pulmones y se le ha negado a entrar el aire. Yo le abrigué los piecitos con mi mano y él apenas movía las piernitas para mostrarme que aún tenía aire en su cuerpecito y yo le decía palabritas lindas con mis labios apoyados sobre su cabecita y entonces él, mi niñito, se reía para mostrarme el dientecito que recién asomaba de su encía. Pero Nazareno se cansaba, no tenía fuerzas y una vez más se olvidaba de respirar. Entonces yo le hacía masajitos en el pecho, tan lindo mi niño, que parecían hacerles cosquillas porque otra vez se reía abriendo la boquita y me mostraba su dientecito blanco a punto de brotar. Esa noche ha sido la noche en que Ramiro regresó a la casa. Mi pobre hombre ha tenido que caminar durante horas y días esperando en vano que alguien lo alcanzara hasta la ruta. Y una vez allí, al borde del asfalto, nadie lo ha querido acercar a nuestra casa. Lo habrán visto tan sucio, tan lleno de polvo de zinc, tan lleno de polvo de plata, tan lleno de polvo de plomo que no se le habría dejado ver su piel cobriza, esa piel hermosa que tiene el hombre a quien amo. Si parece un rayo de sol que ilumina la noche. Si hubieran visto esa piel por la que tantas veces me embriagué de amor, si hubieran visto a mi hombre libre de polvo de zinc, libre de polvo de plata, libre de polvo de plomo, nadie se habría atrevido a continuar viaje y el primerito nomás que lo hubiera cruzado en la ruta lo habría traído hasta aquí, hasta su casa donde su niño y su mujer lo esperaban. Pero nadie ha visto a mi Ramiro caminar al costado de la ruta y mi pobre hombre ha tenido que llegar a pie hasta su casa donde lo esperábamos Nazareno y yo. Era de noche y con Nazareno escuchamos la puerta. Dejé a mi guagua en su camita y abracé a Ramiro como cuando éramos niños y yo salía de mi casa corriendo hasta los corrales. Ramiro, mi Ramiro, había vuelto a casa y lo abracé tanto y con tanta fuerza que le dije al oído que nunca más nadie nos iba a separar. Luego fuimos a buscar a Nazareno que dormidito estaba en su camita y otra vez el niño se había olvidado de respirar. Ramiro lo levantó y lo apretó contra su pecho. Nazareno abrió los ojitos y se rio como nunca antes lo había visto reírse. Luego los cerró y nunca más volvió a ver a su padre. Que el niño no ha de estar bien, que ha de estar muy cansado, que el niño te ha extrañado, Ramiro, que cómo es eso de que se olvida de respirar, que así hace algunas veces pero entonces yo le hago cosquillitas y has de ver, Ramiro, cómo sonríe, has de ver el dientecito que asoma en su boca, has de ver, Ramiro, cómo te ha de querer ahora que te conoce. Y llegó la peste al pueblo. Cayó como una maldición sobre todos nosotros. Las llamas fueron las primeras en darse cuenta. Andaban de aquí para allá llamando a Nazareno pero el niño no se movía, parecía no querer hablar con ellas. ¿Cómo no iba a querer hablar con sus llamas? Yo les decía que Nazareno estaba cansado y feliz de ver a su papá y que no tardaría mucho en volver a llevarlas a pastar, que tenemos hambre, que ya falta menos para que el niño despierte, que Yana dice que ya falta menos, que es mejor esperar que Nazareno despierte en lugar de irnos con cualquier extraño, que Ramiro tiene razón, que Nazareno ya va a volver. Y Ramiro me ha contado que Nazareno ha vuelto con sus llamas, que las cuida escondido entre los cerros y que ellas ahora pueden volver a pastar tranquilas porque si alguien ha de hacerles algún mal, se las ha de tener que ver con Nazareno, mi niño, que ahora duerme con los ojos abiertos.

El oficial vio a esa mujer tan llena de esperanzas que no se atrevió a preguntar nada más sobre su hijo que yacía acostado en una cama, con las piernas flexionadas y con las manos juntas y abrigadas por las manos de su madre. Caminó lento hasta el despacho donde se encontraban Ramiro, Ignacio y Francisco. Juntó sus papeles y los guardó en su portafolios. Francisco continuaba sentado en el borde de la silla esperando alguna orden del oficial. Ignacio y Ramiro permanecían de pie. Le quedó un pedido por hacer.

—Quisiera conocer su parroquia, si no tiene inconveniente —dijo el comisario a Francisco.

El oficial volvió a cruzar el extenso patio, esta vez acompañado por Francisco, y llegó hasta la puerta de entrada de una habitación contigua a la sala donde estaban Yana y Nazareno.

—Esta es mi humilde parroquia que tanto esfuerzo nos ha llevado reconstruir. 

Francisco y el oficial entraron a una pequeña sala que tenía las paredes descascaradas y un techo de chapas que el viento no dejaba de golpear. Francisco flexionó una pierna y con su mano hizo la señal de la cruz. El oficial no quiso arrodillarse pero también se persignó apenas entró. Dentro de la habitación se escuchaba de vez en cuando la voz de Yana que le decía a su hijo que ya era tarde, que tenía que despertarse. Apoyado sobre la pared contigua a la habitación de Nazareno descansaba un largo y viejo banco de madera. Sobre él, unas mantas improvisaban un humilde catre. En la pared de enfrente colgaba un viejo crucifijo y en el medio de la sala reposaba una solitaria silla. Sobre la silla se encontraba un vaso de agua a medio terminar y un libro abierto en una página con un señalador de tela sobre ella. El oficial lo tomó en sus manos. 

—Es un libro apócrifo, oficial —advirtió Francisco—, solamente podemos acceder a él las personas consagradas a Dios.

El oficial miró la tapa del libro, había en ella una enorme letra griega en forma de T impresa en bajorrelieve sobre un cuero rojo. Volvió a la página que tenía el señalador. Apoyó el vaso de agua en el suelo y se sentó a leer. Francisco quiso prevenirlo de algo pero el oficial no lo dejó, continuó leyendo hasta el final de la página. Luego cerró el libro dejando el señalador de tela en la página marcada y se lo guardó para él. 

—Lo necesito para la misa de hoy —dijo Francisco con resignación.

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