El oficial volvió a mirar las viejas paredes resquebrajadas por la humedad, el piso de baldosas rotas con restos de hojas secas y trozos de ramas caídas que el viento arrastraba hasta allí como si las barriera del antiguo patio con una gran escoba y las depositara en ese rincón de basura que no era nada más que el cuarto donde un hombre sobrevivía, un pobre hombre que no hacía otra cosa que no fuera creer, con más porfía que lógica, en él y en todo lo que él podía llegar a dar. Luego levantó la vista y se encontró con Francisco sentado en su catre mirando al suelo, como si ese suelo sucio no por la tierra sino por las manchas imborrables del olvido fuera para él un hueco profundo que lo protegía de todos los seres salvajes que habitaban en aquella tierra, como si quisiera preguntarle a ese suelo abandonado por qué Dios lo había olvidado, por qué Dios lo había condenado a ese infierno rodeado de gente tan diferente a él, por qué Dios, que siempre es tan bueno y tan misericordioso, no estaba ahí, a su lado, en ese momento difícil en el que un oficial de policía venía a hacerle preguntas sobre un hecho que él juraba jamás haber cometido.
El oficial se levantó de la silla, volvió a poner el vaso de agua en su lugar y caminó hacia la puerta sin hacer ruido para no atormentar más a Francisco, demasiadas dudas tenía sobre todo lo que estaba ocurriendo y lo que menos deseaba era continuar con su interrogatorio inquisidor sin antes comprender qué era lo que sucedía en ese pueblo olvidado en medio de la Puna con gente que parecía no estar bien de la cabeza. Salió al enorme patio y la luz del sol le nubló la vista. También le alejó algunos fantasmas que comenzaban a asediarlo. Mientras caminaba por un sendero de piedras sueltas, atravesando un angosto jardín seco y polvoriento que rompía con la monotonía del piso de baldosas, seguía escuchando la voz de Yana que continuaba hablándole a su hijo.
—Despierta, Nazareno, despierta ya, mi niño, que es tarde y las llamas te esperan —decía su madre con tanta ternura que el oficial sintió la necesidad de ir hacia ella, quitarle con su mano la mano de la frente del niño, tomarla de los hombros, abrazarla como si fuera su propia madre y decirle que todo había terminado, que su hijo no contestaba porque estaba muerto, que nadie más podría ayudarla, que la vida es eso, un final imprevisto, una enorme garra que entra en el pecho, se aferra al corazón y lo presiona tanto, tanto, que termina por arrancarlo y llevárselo bien lejos, quién sabe adónde, para que sepamos que venimos de la nada y que más temprano que tarde regresamos a la nada.
Pero ninguna de esas cosas hizo el oficial, cerró por un momento los ojos para evitar que la voz de Yana se le hundiera en el corazón como una estaca y cuando los volvió a abrir se encontró con Ramiro e Ignacio en la puerta del despacho, siguiéndoles sus pasos luego de su visita al cuarto de Francisco.
—¿Y ustedes que están haciendo acá? —gritó el oficial.
—Estamos esperando que nos diga qué tenemos que hacer —dijo Ignacio.
—¿Ya nos podemos ir? —preguntó Ramiro.
El oficial pasó la mano por su frente, como si quisiera apartar de pronto todas las imágenes que se le cruzaron por su mente durante ese día. Hizo un ademán con la cabeza diciéndoles a Ramiro y a Ignacio que salieran del despacho y sin detener sus pasos llegó a la entrada del hospital. Cruzó la puerta deshecha de madera, se detuvo y dio media vuelta para ver esa mole de ladrillos abandonada que en otra época había sido un asilo para aquellos enfermos que nunca contaron con los medios suficientes para tratar sus problemas de salud en la capital. Ya no quedaba nada de aquel hospital, ahora sin médicos ni pacientes, sin medicinas ni sábanas, sin esperanzas de vida ni esperanzas de muerte. Hoy el hospital no era más que un refugio para tres o cuatro desquiciados que hablaban sobre cosas inverosímiles y que creían ser personas que no eran, personas que nunca fueron y personas que nunca serían. Pensó en Francisco y en su parroquia, un cuarto inmundo con un catre improvisado y una silla como altar. Pensó en Yana y en su hijo, muerto tal vez. Pensó en Ramiro y en Ignacio, inseparables el uno del otro, y los observó caminar hacia uno de los fondos del hospital, con las cabezas inclinadas mirando al suelo, a paso lento y bajo los rayos del sol. Ignacio levantó la vista y le señaló a Ramiro una colina. Luego miró hacia atrás para saber si el oficial los estaba mirando. Cuando lo vio, volvió a inclinar la cabeza y apresuró el paso junto a Ramiro.
El oficial cruzó la calle de tierra y se sentó sobre un tronco caído. A lo lejos se veía la ruta, algo transitada a esa hora de la tarde. El sol daba de lleno en la vista del oficial y lo obligaba a mirar al suelo y a cerrar los ojos de vez en cuando. Observando la tierra, el oficial se quedó pensando en ese pueblo alejado de todos los pueblos, separado de todos los hombres, extirpado de todos los tiempos, y se dio cuenta de que él también se encontraba fuera de la realidad. Pensó que tal vez sería un sueño lo que estaba viviendo en ese lugar absurdo y remoto. Pero un potente ruido proveniente de la ruta lo apartó de sus pensamientos. Un enorme camión con semirremolque se adelantaba a otro y haciendo sonar su bocina de aire le pedía paso. El oficial volvió a la realidad y la tarde comenzó a caer. Todo lo que sucedía en ese momento era real porque él estaba allí, en sus cabales, con la certeza de su ubicación en el mundo, consciente de que era él, y no otro, testigo de lo que en ese sitio ocurría. Unos pobres delirantes, perdidos en el tiempo, olvidados por la sociedad, marginados por sus miserias, habían encontrado en el viejo hospital un refugio que los protegiera de la gente, esa gente que no estaba dispuesta a comprenderlos por distintos, por enfermos, por olvidados.
Solamente los invisibles han sobrevivido, pensó el oficial y ese pensamiento lo sobresaltó. No encontraba pruebas fehacientes para esclarecer el hecho por el que había sido destinado, el de encontrar a los culpables de unos huesos enterrados. Lo que había llegado a indagar entre las pocas y no tan cuerdas personas que vivían en ese pueblo abandonado no era suficiente. Al final se convenció de que esos absurdos lunáticos que se encontraban en el hospital no podían matar ni siquiera a una mosca. Miró hacia un lado, luego hacia el otro y reconoció que desde su llegada no había visto a nadie caminar por esa calle desolada. Volvió a mirar hacia atrás. El hospital seguía en pie, a sus espaldas, esperando que él se decidiera a hacer algo, advirtiéndole que no podía pasar la noche sentado sobre un tronco de árbol caído porque el frío comenzaría a precipitarse como una lluvia de granizo sobre su cuerpo, que eligiera entrar o volver a la ciudad pero que no esperara más porque la tarde ya estaba muriendo detrás de los cerros.
Se acordó de Nazareno y comprendió que allí todo estaba muerto. Se dio cuenta de que ni siquiera un vagabundo se detendría a conocer ese pueblo abandonado, de que al fin de cuentas a nadie le iba a interesar el resultado al que llegaría con su investigación, de que a ninguno de los automovilistas que pasaban por la ruta se le ocurriría pensar que en ese descampado vivía gente, gente como él, gente normal, y menos aún de que repararían en un comisario que estaba sentado sobre un tronco de árbol caído en la entrada de un pueblo invisible. Sin embargo, en el interior de ese sitio olvidado todo tenía vida, todo tenía sueños, todo volvía a recrearse, a nacer otra vez, a respirar el mismo aire que ahora él respiraba. Pensó en Francisco y pensó en su parroquia, un cuarto sucio y apestoso que, pensándolo bien, no era tan sucio ni apestaba tanto. Todo dependía de la manera en que uno lo miraba. Pensó en Yana y en su hijo y se dijo que él no era quién para decirle que Nazareno estaba muerto porque si su madre lo creía con vida, para ella estaba vivo y con eso bastaba para que ella tuviera esperanza y paz, mucha paz, más de la que él tenía en ese momento. Pensó en Ramiro, en Ignacio y en que nunca se cuestionaron sus vidas, miserables para muchos pero tan irreprochables para ellos. Reconoció que en definitiva uno cree en lo que quiere creer y por lo tanto eso en lo que uno cree termina siendo lo único que existe. Entonces comprendió que lo único que existía para Francisco, para Yana, para Ramiro y para Ignacio era aquello en lo que ellos creían.
El sol terminó de caer atrás de un cerro. Las nubes apenas alcanzaron a reflejar los últimos rayos con un color anaranjado e intenso. El oficial de policía debía regresar a la ciudad para presentar su informe en la mañana siguiente pero llegó a la conclusión de que su investigación no iba a ser de gran ayuda, no había logrado avanzar en algo que fuera realmente esclarecedor. ¿Y qué es algo realmente esclarecedor?, se preguntó, ¿a qué se refiere la gente cuando usa la palabra realmente? ¿Acaso para todas las personas la palabra realmente significa la misma cosa? ¿Acaso la realidad es la misma sin importar quién la observa? Volvió a mirar el hospital y comprendió que ninguna realidad es la misma para todas las personas. Ni siquiera él ahora podía definir cuál era la realidad de ese lugar, si aquella que le habían hecho saber antes de llegar al pueblo o ésta en la que se hallaban Francisco, Yana, Ramiro, Ignacio y Nazareno. Se le ocurrió imaginar que si él tuviera que elegir entre la realidad en la que siempre creyeron los que nunca vivieron en Tres Cruces y la realidad en la que se encontraban Francisco y sus compañeros, no dudaría en quedarse con esta última, una realidad mucho más sana para quienes se animaran a transitarla en vez de observarla y juzgarla.
Ya no tenía tiempo de llegar con la luz del día a la ciudad. El oficial respiró profundamente y decidió quedarse en aquella realidad en la que convivían un cura, unos padres de un niño engualichado y un devoto que de vez en cuando andaba con un machete en la mano pero que jamás lo usaría. A pesar de que esa realidad terminaría volviéndolo invisible, olvidado y marginado, el oficial de policía quiso entrar en ella. Un silbido se oyó a lo lejos. Luego el canto de una quena llegó como una débil brisa que le rozó el alma. La primera llama le acarició la espalda con su lomo y las demás se fueron acercando a paso lento, unas pasándole sus hocicos por la cara y otras echándose en la tierra para esperar a Nazareno que venía jugando con una vara y hablándoles de todo lo que había ocurrido ese día.
—¿Usted está buscando al padre Francisco? —le preguntó Nazareno apenas vio al oficial sentado sobre el tronco de árbol caído y con el libro de Francisco en la mano.
—Sí —contestó el oficial.
—Está en la parroquia, venga conmigo que lo acompaño, es acá nomás —dijo Nazareno y con un silbido les ordenó a sus llamas que lo siguieran.
La parroquia estaba con sus puertas abiertas y desde adentro se escuchaban los cantos de los fieles acompañados por cajas, quenas y sikus. Nazareno llegó hasta la puerta y le señaló el lugar donde Francisco estaba por celebrar la misa. Cerca del altar, una imagen de la Virgen de la Candelaria reposaba en lo alto de un pedestal, con sus pies cubiertos de flores y de muchas manos arrugadas por el sol y por la tierra, manos que los fieles apoyaban unas sobre otras con fe y devoción.
Ramiro e Ignacio lo invitaron a entrar a la parroquia. El oficial les dijo que quería devolver el libro que le había quitado a Francisco.
—Por allá ha de estar —dijo Ramiro— detrás del altar.
El oficial encontró a Francisco sentado sobre una silla, con sus manos juntas mirando al suelo, rezando tal vez, preparando su misa en absoluto silencio y recogimiento. La voz del oficial lo sobresaltó.
—Yo no he hecho nada, oficial, le juro que no he hecho nada —dijo Francisco con temor.
—No he venido a eso —dijo el oficial —. Vengo a devolverle su libro que me lo había quedado sin tener en cuenta que lo necesitaba para la misa.
—Es un libro apócrifo que sólo a las personas consagradas a Dios se les permite su lectura.
—Ya me lo ha dicho, Francisco, tenga su libro y cuide que no quede en otras manos —dijo el oficial.
Ramiro e Ignacio intentaban escuchar a lo lejos la conversación entre el oficial y Francisco pero estaban más preocupados en resolver otro misterio.
—¿Has visto, Ignacio, que la Virgen había de volver? —dijo Ramiro.
—Nos ha perdonado, Ramiro, la Virgen nos ha perdonado a vos y a mí.
—Ignacio, no hemos hecho nada malo para que la Virgen tuviera que perdonarnos.
—No quieres aceptar tus faltas, Ramiro, nunca quieres aceptar tus faltas.
Ramiro estaba por contestar cuando en toda la parroquia se escuchó la voz de Francisco que, luego de besar el altar y de hacer la señal de la cruz, saludaba a los fieles.
—Hoy es un día de celebración —comenzó diciendo Francisco—, estamos aquí reunidos para agradecer a Dios por su infinita bondad y, como si no le bastara nuestra presencia, la Virgen ha decidido regresar a su casa. Hoy ella está nuevamente aquí, en su lugar sagrado, sobre su altar para que todos podamos venerarla. Ahora que nos hemos reconciliados con la Virgen, podemos comenzar.
Francisco terminó de leer un pasaje del Evangelio y luego se dirigió a un lado del altar con el libro que le había devuelto el oficial. Lo apoyó sobre un atril de madera, lo abrió en la página que había quedado marcada con el separador de tela y leyó en voz alta:
Los hombres olvidados
no mueren ni viven
no callan ni hablan
Son ateos que en todo creen
hombres sabios que nada saben
Los hombres olvidados
no son de carne ni son de hueso
pero en algunas noches
olvidadas
ellos abren su carne
para que se les vean los huesos
Y esa carne tan magra
y tan brillantes los huesos
hacen creer a esos hombres
que ellos son de carne y hueso.
Los hombres olvidados
tienen padres olvidados
que no viven y no mueren
que no sangran
ya no sangran.
Los hombres olvidados
creen en dioses olvidados
y ruegan por todo hombre
olvidado y no olvidado
Y ese hombre
olvidado
vaga en tierras olvidadas
canta coplas olvidadas
silba arrullos olvidados
sin que nadie se dé cuenta
de que a su lado ese hombre
alguna vez ha pasado
Los hombres olvidados
tienen hijos olvidados
que no olvidan
pobres hijos
que ya fueron olvidados
Y esos hombres
olvidados
cruzan mares olvidados
porque sienten que en su tierra
ni a su sombra han recordado
Los hombres olvidados
tienen nombres olvidados
para que nadie recuerde
que alguna vez han fallado
Y si un hombre
olvidado
una tarde
olvidada
se hace ver entre la gente
con un libro
olvidado
sólo viene a recordar
que todos fuimos
somos
y seremos
olvidados
Nazareno juntó a sus llamas y se alejó con ellas hacia los corrales contándoles historias que él mismo inventaba y que las llamas escuchaban con atención y asombro. Nazareno también les decía que al otro lado de los cerros había un gran mar, mucho más grande que los salares que ellas estaban acostumbradas a ver. Les decía que cruzando ese mar había tierra, otra tierra muy parecida a la tierra de ellas y que también allá había personas, algunas de buen corazón y otras no tanto. Las llamas caminaban despacio con sus orejas levantadas, escuchando lo que el niño les contaba. Les dijo también que una vez alguien había cruzado ese mar inmenso y peligroso y que había llegado a estas tierras. No supo muy bien qué habrá sido de ese hombre pero les contó que se había enterado por alguien que alguien le había dicho a otro alguien que ese hombre había dejado unos huesos enterrados que pertenecían a los antepasados de Nazareno. Las llamas quisieron preguntar por el nombre de esa persona pero Nazareno no las dejó. Les avisó que ya era tarde y que tenían que dormir. Abrió las puertas de los corrales y las llamas entraron para descansar, habían tenido un día muy agitado entre tantas historias y tanto camino.
Ahora Nazareno descansa. No faltará mucho para que vuelva a escuchar la voz de su madre diciéndole que es tarde, que se tiene que levantar, que sus llamas lo esperan para llevarlas a pastar. Pero Nazareno duerme profundamente. Una mano le acaricia la frente y le corre un mechón de pelo de sus ojos. Nazareno sueña con un mundo que nunca conoció, sueña con niños que no son como él, niños que no juegan con él, niños que no quieren estar con él. Sueña con padres y con madres que no son como su padre ni son como su madre. Sueña con gente que no lo ve, gente que no lo oye, gente que no le habla. Nuevamente la mano le separa el mechón de pelo y ahora la Virgen le dice al oído que ha regresado, que ya puede despertar. Yana le corrió una vez más el mechón de pelo de su frente y Nazareno despertó.