Propiedades trascendentales dice la ontología, entonces presentar "Los Olvidados" exige una reflexión sobre la naturaleza del ser y la persistencia de la huella humana, sus dimensiones, su ausencia. La ausencia, o el sueño de la ausencia.
Esta obra nos pasea por la existencia de unos y de otros y es, en consecuencia y acertadamente, una batalla contra el borramiento. El ser o los seres arrojados al mundo y sin embargo el viaje contínuo con destino al “ya no ser” de aquel que, permaneciendo físicamente en el espacio, ha sido despojado de su lugar en el tiempo y en la memoria del otro.
Esta novela, titulada con suma justicia "Los Olvidados" podría ser una crónica de la marginalidad, o una interrogación metafísica, ¿existir es ser percibido? ¿Qué ocurre entonces con aquel que camina por las grietas de la historia sin que nadie detenga su pupila en él? El olvidado no es quien ha muerto, sino quien ha sido exiliado del presente vivo.
Aquí se explora la tragedia de la invisibilidad ontológica. Algunos de los personajes que habitan estas páginas no padecen únicamente la carencia de bienes o de afectos, sino que padecen también la erosión de su propio relato.
Pero la identidad se construye a través de la narración, el olvidado es aquel cuya historia ha sido interrumpida por el silencio cómplice de una humanidad que elige la ceguera y no el espejo.
Yo creo que el lector no encontrará en este texto suculento y poético una simple elegía. Hallará una resistencia. Porque nombrar lo olvidado es un acto de justicia poética y un intento de devolverle la dignidad al vacío.
Al leer Los olvidados usted no sólo leerá una historia de sueño y vigilia, de muertes, de vidas, de creencias, de avaricia, de pecadores, de tiempo y destiempo; usted se convertirá en el testigo necesario que rescata al ser del abismo del desdén.
Porque, al final de la noche, todos somos, de alguna manera o de todas las maneras, habitantes de ese olvido que sólo el reconocimiento del otro puede iluminar.