“Todo es pasado que vuelve para morder las heridas. La memoria calla lo que alma ampara. Ningún cuerpo resiste aquel asalto, la pérdida que hostiga, el sueño sofocado. Cada acto del hombre alimenta un pasado amenazante”. Ricardo Cardone
Leer la novela Cielo de invierno es como recibir una invitación a un viaje. El viaje que emprende Román hacia Neuquén, hacia donde lleva una mudanza. Un viaje que atraviesa la pampa, el desierto y las montañas patagónicas. Un viaje con peligros y resabios, con promesas y pequeñas recompensas.
Todo aparenta ser casi rutinario para Román quien, por su oficio de camionero, está acostumbrado a las rutas y a sus desconciertos. Pero lo que parece un viaje más se va convirtiendo en un camino que parece no ir hacia adelante, un camino que puede medirse más allá de las distancias y los recorridos, un camino como un misterio con personajes dispares y leyendas que se corporizan, un camino como el ladrido feroz de un perro asesino o como el juego cariñoso de un perro blanco, un camino como la voz de Atahualpa Yupanqui (“Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto”)
Frágiles muros sofocan a este estanque
Muros con la fuerza del engaño
Muros tras muros como piel de una cebolla
Muros de tierra devastada
Brotaron como arrullo de niño
Quisieron sed y quisieron hambre
Hallaron agua verde bajo el barro
Barro como cáscara de agua
Golpea el agua contra las débiles paredes
Golpea como el martillo al cincel
Ya han madurado las últimas esmeraldas
Caerán con los años los muros uno a uno
Muros de papel muros de miedo
Muros de lágrimas
Muros de cebolla