Se vuelven efímeros y sin embargo se recuerdan tan sólidos, inmensos, imponentes y crueles si uno los retuerce en la memoria. Están en algún comienzo, en la primera baldosa que uno se atreve a pisar cuando la necesidad de atravesar alguna puerta nos hace tropezar y a tiempo con los brazos logramos protegernos la cara de los cristales que rompimos para entrar en una habitación vacía. Están en la austeridad de ese delgado silencio que sostiene la vigilia. Están en aquella tiza de rayuela que dibuja un cielo desde lejos y un infierno en vez de tierra. En algún lugar se forman, se invierten y se juntan. Se renuevan en cada salto de la cama cuando los sueños golpean. Se buscan y se encuentran desafiantes. Si parece que en algún otro tiempo se hubieran preparado para éste y casi sin querer los encontramos en cada amanecer, en cada casillero de una rayuela que espera a que lleguen al número nueve, en cada pan con manteca y mermelada, en el colegio, en la prueba de hoy, en el partido de ayer, en las notas de mañana