Dos vidas: la de Flora Tristán, que pone todos sus esfuerzos en la lucha por los derechos de la mujer y de los obreros, y la de Paul Gauguin, el hombre que descubre su pasión por la pintura y abandona su existencia burguesa para viajar a Tahití en busca de un mundo no contaminado por las convenciones.
Dos concepciones del sexo: la de Flora, que sólo ve en él un instrumento de dominio masculino, y la de Gauguin, que lo considera una fuerza imprescindible puesta al servicio de su creatividad.
¿Qué tienen en común esas dos vidas desligadas y opuestas, aparte del vínculo familiar por ser Flora la abuela materna de Gauguin? Esto es lo que Vargas Llosa pone de relieve en esta novela: el mundo de utopías que fue el siglo XIX. Un nexo de unión entre dos personajes que optan por dos modelos vitales opuestos que develan un deseo común: el de alcanzar un paraíso donde sea posible la felicidad para los seres humanos.
Hacia el centro arrastra Borges su peón
Al acecho, un alfil bate a Borges en defensa
Ya no hay trama que otra trama empiece
Queda solo Borges frente a Borges
Un reloj rige el fatal destino del combate
En blanco y en negro se libra la cruzada
Blanco como la endeble pieza que gobierna
Negro como el tiempo insurrecto
y el devenir sombrío
Mueve Borges a su reina enfurecida
Jaque a Borges, piensa Borges
El infinito reloj otra vez cambia de mano
Tumba Borges la pieza sometida
He vencido a Borges, dice Borges
Tablero como polvo, reloj como agonía