Dos vidas: la de Flora Tristán, que pone todos sus esfuerzos en la lucha por los derechos de la mujer y de los obreros, y la de Paul Gauguin, el hombre que descubre su pasión por la pintura y abandona su existencia burguesa para viajar a Tahití en busca de un mundo no contaminado por las convenciones.
Dos concepciones del sexo: la de Flora, que sólo ve en él un instrumento de dominio masculino, y la de Gauguin, que lo considera una fuerza imprescindible puesta al servicio de su creatividad.
¿Qué tienen en común esas dos vidas desligadas y opuestas, aparte del vínculo familiar por ser Flora la abuela materna de Gauguin? Esto es lo que Vargas Llosa pone de relieve en esta novela: el mundo de utopías que fue el siglo XIX. Un nexo de unión entre dos personajes que optan por dos modelos vitales opuestos que develan un deseo común: el de alcanzar un paraíso donde sea posible la felicidad para los seres humanos.
Hay veces en que muero a veces
Muero a veces dos veces o más veces
La muerte no es error sino condena
El hombre condenado nunca mata por error
Un enjambre de langostas llegó a este descampado
Aquí ni siquiera hay bocas vacías
Ni hambre ni hombre ni hembras ni hombros
En este desierto la arena es humo y es vidrio
Un cielo de hombres necios cubre mis ojos
Como nube siniestra avanzan sobre este osario
Ningún muerto detendrá esta masacre
Una plaga más sobre esta tierra desahuciada
Apenas una brisa de aire ácido
Fosa voraz donde el hombre cae dos veces