En la otra puerta

Osadía literaria

Osadía literaria, de María Elena  Disandro

María Elena Disandro

2004 - Cuentos

De los Cuatro Vientos

A Osadía Literaria la integran diversos tipos de cuentos:

El realista, en su formato epistolar, con un lenguaje ávido en adjetivos y comparaciones.

El tormento de Medusa, a modo Borgeano, es un monólogo interior en la adaptación mitológica de Dédalo y nos lleva a conocer la característica de la Medusa con un sorprendente final.

Lo fantástico surge como una constante. Así, dentro de una realidad cotidiana, algo extraño que no puede resolverse por la razón, la irrumpe. Por ejemplo, Roberto que está de viaje rumbo a Valle Seco, se detiene en una estación y allí le ocurren cosas extrañas que parecerían producto de un sueño…

Con Infierno Acuático llegamos a la metamorfosis, a modo Kafkiano. El cuerpo de Martín se transforma inexplicablemente en un pez.

Con Landa hay una aproximación a un cuento de ciencia ficción que plantea otro mundo, con un planeta diferente y posible.

Lo fantástico vuelve con Sortilegio, historia de amor que podríamos decir que posee un cierto adelanto a la época actual ante el escenario virtual en el que está enmarcada.

Párrafo aparte merecen las tres figuras que desde el lejano oriente donde se arremolina y ruge el viento, se acercan a la ciudad para brindarle Mágicos latidos a Luis y así se lo dice a su padre: “(…) de pronto algo me interrumpió el sueño, como suaves latidos que querían acariciarme (…)”

Puede adquirir este libro entrando en tienda.escribirte.com.ar/productos/67.htm

Textos para leer de Osadía literaria

  • El tormento de Medusa (Cuento)
  • Obras de María Elena Disandro

  • 2009 - La Indulgencia del talismán - (Novela)
  • 2004 - Osadía literaria - (Cuentos)
  • Un día como hoy en 1981 muere Eugenio Montale

    12 de septiembre de 1981 - Muere Eugenio Montale

    ¿Cuál es el título de la novela de Faulkner en la que se narra la peripecia de los Bundren para sepultar a su madre?

    Entrevista al escritor argentino Hugo Mujica

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    Las dos criaturas

    Las dos criaturas

    Por Daniel Ruiz Rubini

    El poema de hoy

    La casa

    Temible y aguardada como la muerte misma
    se levanta la casa.
    No será necesario que llamemos con todas nuestras lágrimas.
    Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.

    Porque día tras día
    aquellos que vivieron en nosotros un llanto contenido hasta palidecer
    han partido,
    y su leve ademán ha despertado una edad sepultada,
    todo el amor de las antiguas cosas a las que acaso dimos, sin saberlo,
    la duración exacta de la vida.

    Ellos nos llaman hoy desde su amante sombra,
    reclinados en las altas ventanas
    como en un despertar que sólo aguarda la señal convenida
    para restituir cada mirada a su propio destino;
    y a través de las ramas soñolientas el primer huésped de la memoria nos saluda:
    el pájaro del amanecer que entreabre con su canto las lentísimas puertas
    como a un arco del aire por el que penetramos a un clima diferente.

    Ven. Vamos a recobrar ese paciente imperio de la dicha
    lo mismo que a un disperso jardín que el viento recupera.

    Contemplemos aún los claros aposentos,
    las pálidas guirnaldas que mecieron una noche estival,
    las aéreas cortinas girando todavía en el halo de la luz como mariposas en la lejanía,
    nuestra imagen fugaz
    detenida por siempre en los espejos de implacable destierro,
    las flores que murieron por sí solas para rememorar el fulgor inmortal de la melancolía,
    y también las estatuas que despertó, sin duda a nuestro paso,
    ese rumor tan dulce de la hierba;
    y perfumes, colores y sonidos en que reconocemos un instante
    del mundo;
    y allá, tan sólo el viento sedoso y envolvente
    de un día sin vivir que abandonamos, dormidos sobre el aire.

    Nadie pudo ver nunca la incesante morada
    donde todo repite nuestros nombres más allá de la tierra.
    Mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,
    por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del polvo y
    la tristeza,
    aquello que quisimos.

    Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno
    el porvenir se alzó como una nube del último recinto,
    el último, el vedado,
    con nuestra sombra eterna entre la sombra.

    Acaso lo sabían ya nuestros corazones.

    Olga Orozco

    Desde lejos (1946)
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