La hora sin sombra

Osvaldo Soriano

1995 - Novela

Un escritor recorre el país en su Torino con el encargo de escribir una improbable "Guía de pasiones argentinas". Pero en realidad escribe una novela que va construyendo según el azar de sus encuentros, de sus relaciones casuales, de sus reacciones impredecibles. Y por entre los fragmentos de este trayecto aparentemente absurdo y cargado de humor negro, puja por surgir la historia de un viaje íntimo que comienza siendo de huida y acaba siendo de reencuentro.

Obras de Osvaldo Soriano

  • 1973 - Triste, solitario y final
  • 1980 - No habrá más penas ni olvido
  • 1980 - Cuarteles de invierno
  • 1984 - Artistas, locos y criminales
  • 1986 - A sus plantas rendido un león
  • 1988 - Rebeldes,soñadores y fugitivos
  • 1990 - Una sombra ya pronto serás
  • 1992 - El ojo de la patria
  • 1993 - Cuentos de los años felices
  • 1995 - La hora sin sombra
  • 1997 - Piratas, fantasmas y dinosaurios
  • 2006 - Arqueros, ilusionistas y goleadores
  • Un día como hoy en 1980 muere Jean Paul Sartre

    15 de abril de 1980

    Muere Jean Paul Sartre
    Filósofo y literato francés, representante del existencialismo, el más reconocido defensor de dicha corriente de pensamiento, que alcanzará gran popularidad en la segunda mitad del siglo XX

    ¿A quién pertenece la obra Coplas a la muerte de su padre?

    Entrevista al escritor argentino Hugo Mujica

    Entrevista al escritor argentino Hugo Mujica

    Homenaje al poeta Francisco Squeo Acuña

    Homenaje al poeta Francisco Squeo Acuña

    Por María del Carmen Suárez

    El poema de hoy

    San Martín (1810)

    Anduve, San Martín, tanto y de sitio en sitio
    que descarté tu traje, tus espuelas, sabía
    que alguna vez, andando en los caminos
    hechos para volver, en los finales
    de cordillera, en la pureza
    de la intemperie que de ti heredarnos,
    nos íbamos a ver de un día a otro.

    Cuesta diferenciar entre los nudos
    de ceibo, entre raíces,
    entre senderos señalar tu rostro,
    entre los pájaros distinguir tu mirada,
    encontrar en el aire tu existencia.

    Eres la tierra que nos diste, un ramo
    de cedrón que golpea con su aroma,
    que no sabemos dónde está, de dónde
    llega su olor de patria a las praderas.
    Te galopamos, San Martín, salimos
    amaneciendo a recorrer tu cuerpo,
    respiramos hectáreas de tu sombra,
    hacemos fuego sobre tu estatura.

    Eres extenso entre todos los héroes.

    Otros fueron de mesa en mesa,
    de encrucijada en torbellino,
    tú fuiste construido de confines,
    y empezamos a ver tu geografía,
    tu planicie final, tu territorio.

    Mientras mayor el tiempo disemina
    como agua eterna los terrones
    del rencor, los afilados
    hallazgos de la hoguera,
    más terreno comprendes, más semillas
    de tu tranquilidad pueblan los cerros,
    más extensión das a la primavera.

    El hombre que construye es luego el humo
    de lo que construyó, nadie renace
    de su propio brasero consumido:
    de su disminución hizo existencia,
    cayó cuando no tuvo más que polvo.

    Tu abarcaste en la muerte más espacio.

    Tu muerte fue un silencio de granero.
    Pasó la vida tuya, y otras vidas,
    se abrieron puertas, se elevaron muros
    y la espiga salió a ser derramada.

    San Martín, otros capitanes
    fulguran más que tú, llevan bordados
    sus pámpanos de sal fosforescentes,
    otros hablan aún como cascadas,
    pero no hay uno como tú, vestido
    de tierra y soledad, de nieve y trébol.
    Te encontramos al retornar del río,
    te saludamos en la forma agraria
    de la Tucumania florida,
    y en los caminos, a caballo
    te cruzamos corriendo y levantando
    tu vestidura, padre polvoriento.

    Hoy el sol y la luna, el viento grande
    maduran tu linaje, tu sencilla
    composición: tu verdad era
    verdad de tierra, arenoso amasijo,
    estable como el pan, lámina fresca
    de greda y cereales, pampa pura.

    Y así eres hasta hoy, luna y galope,
    estación de soldados, intemperie,
    por donde vamos otra vez guerreando,
    caminando entre pueblos y llanuras,
    estableciendo tu verdad terrestre,
    esparciendo tu germen espacioso,
    aventando las páginas del trigo.

    Así sea, y que no nos acompañe
    la paz hasta que entremos
    después de los combates, a tu cuerpo
    y duerma la medida que tuvimos
    en tu extensión de paz germinadora.

    Pablo Neruda

    Canto general (1950)
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