El escarabajo de oro y otros cuentos

Edgar Allan Poe

1981 - Cuento

Poe, "padre de la novela policíaca", con la creación de Auguste Dupin dio origen al "detective analítico" y con Los crímenes de la Rue Morgue al problema del "recinto cerrado". Un abominable crimen en una habitación cerrada o una importantísima carta robada pondrán en marcha el aparato policial: pero los policías profesionales no descubren nada, porque el bosque les impide ver el árbol. Dupin en cambio, parte del árbol, del detalle revelador, y con su fría lógica logra desentrañar la complicada maraña del crimen.

Obras de Edgar Allan Poe

  • 1827 - Tamerlán y otros poemas
  • 1829 - Al Aaraf
  • 1831 - Poemas
  • 1838 - La narración de Arthur Gordon Pym
  • 1839 - La caída de la casa Usher
  • 1841 - Los crímenes de la calle Morgue
  • 1842 - El pozo y el péndulo
  • 1843 - El misterio de Marie Rogêt
  • 1843 - El corazón delator
  • 1844 - La carta robada
  • 1845 - La verdad sobre el caso del señor Valdemar
  • 1848 - Eureka
  • 1981 - El escarabajo de oro y otros cuentos
  • Un día como hoy en 1980 muere Jean Paul Sartre

    15 de abril de 1980

    Muere Jean Paul Sartre
    Filósofo y literato francés, representante del existencialismo, el más reconocido defensor de dicha corriente de pensamiento, que alcanzará gran popularidad en la segunda mitad del siglo XX

    ¿En cuántas partes se publicó Martín Fierro?

    Rescatando la fantasía. Entrevista a Lorena Falcón

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    Justicia poética

    Justicia poética

    Por Hernán Sassi

    El poema de hoy

    Masa

    Al fin de la batalla,
    y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
    y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

    Se le acercaron dos y repitiéronle:
    "¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

    Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
    clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

    Le rodearon millones de individuos,
    con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
    Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

    Entonces, todos lo hombres de la tierra
    le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
    incorporóse lentamente,
    abrazó al primer hombre; echóse a andar...

    César Vallejo

    España, aparta de mí este cáliz (1937)
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