El oficial volvió a mirar las viejas paredes resquebrajadas por la humedad, el piso de baldosas rotas con restos de hojas secas y trozos de ramas caídas que el viento arrastraba hasta allí como si las barriera del antiguo patio con una gran escoba y las depositara en ese rincón de basura que no era nada más que el cuarto donde un hombre sobrevivía, un pobre hombre que no hacía otra cosa que no fuera creer, con más porfía que lógica, en él y en todo lo que él podía llegar a dar. Luego levantó la vista y se encontró con Francisco sentado en su catre mirando al suelo, como si ese suelo sucio no por la tierra sino por las manchas imborrables del olvido fuera para él un hueco profundo que lo protegía de todos los seres salvajes que habitaban en aquella tierra, como si quisiera preguntarle a ese suelo abandonado por qué Dios lo había olvidado, por qué Dios lo había condenado a ese infierno rodeado de gente tan diferente a él, por qué Dios, que siempre es tan bueno y tan misericordioso, no estaba ahí, a su lado, en ese momento difícil en el que un oficial de policía venía a hacerle preguntas sobre un hecho que él juraba jamás haber cometido