Nadie oye la levedad del instante
El fruto que cae maduro antes del golpe súbito
El surco de la palabra en la lengua inmóvil
La lágrima que evade al llanto
La piel que a la mano anhela
Nadie oye el crujir del cuerpo quieto
El latido espeso del no
La garra informe del miedo
Nadie oye el oprimir del hueco en la memoria
Ni el absurdo devenir del sueño
Apenas la piedra en el ojo
Un aleteo de pestañas
Que por toda falacia vibran