—Ya, hijo, despierta que las llamas necesitan salir a pastar. Ha amanecido, Nazareno, un día muy bello te espera.
Nazareno parpadeó una vez más, se incorporó sobre su catre, pasó la mano por su cara, se frotó con fuerza los ojos, bostezó lentamente abriendo la boca hacia el costado, se rascó la cabeza y por fin tomó conciencia de lo que estaba sucediendo.
—¿Quién eres? —preguntó extrañado—. ¿Aún no ha regresado mi padre?
—Tu padre está bajando del cerro. Ha tenido un viaje extenuante y llegará hasta aquí con las pocas fuerzas que le quedan. Trátalo bien y de aquí en más haz todo lo que él te diga.
Nazareno miró a la mujer que le hablaba como si fuera su madre. Quiso volver a preguntarle quién era, por qué había entrado a su casa y para qué lo había despertado, aunque si no hubiera sido por ella, Nazareno habría seguido durmiendo por un buen tiempo más