En la otra puerta

Disonancia del bronce en Makhac-Kala

Disonancia del bronce en Makhac-Kala, de Elisa Dejistani

Elisa Dejistani

1990 - Poesía

Ediciones Casandra

Hay un silencio música en el pentagrama de la escritura.
Inquiere, participa de lo inédito en los blancos del poema. Acaso pueda remitirnos de alguna manera al instante bachelardiano, compuesto por una respiración que sugiere la sustancia de una propedéutica.
Quizá también propicie la idea de una estética imperceptible, sin embargo, imbuída de ingentes significaciones; en tanto nos revela esa "otredad".
Una pausa que puede ser más rica, cuando aspira a objetivarse en la dimensión de quien nos lee.

Obras de Elisa Dejistani

  • 2009 - Dualidad del silencio - (Poesía)
  • 1996 - 20 voces destacadas. Selección y estudio de Ruth Fernández - (Antología)
  • 1995 - Veinte voces de Buenos Aires, de Florencia Durán - (Antología)
  • 1994 - Con el sol en las manos - (Poesía)
  • 1991 - El cantar de las palabras - (Antología)
  • 1990 - Disonancia del bronce en Makhac-Kala - (Poesía)
  • 1989 - Poetas hispanoamericanas contemporáneas, de Oscar Abel Ligaluppi - (Antología)
  • 1986 - Exilio para no morir - (Poesía)
  • 1977 - Misteriosa magia - (Poesía)
  • Un día como hoy en 1955 muere José Ortega y Gasset

    18 de octubre de 1955 - Muere José Ortega y Gasset

    ¿Cuál es el título de la novela de Faulkner en la que se narra la peripecia de los Bundren para sepultar a su madre?

    Antonio Barnés Vázquez.

    Antonio Barnés Vázquez.

    Las dos criaturas

    Las dos criaturas

    Por Daniel Ruiz Rubini

    El poema de hoy

    Barrio sin luz

    ¿Se va la poesía de las cosas
    o no la puede condensar mi vida?
    Ayer —mirando el último crepúsculo—
    yo era un manchón de musgo entre unas ruinas.

    Las ciudades —hollines y venganzas—,
    la cochinada gris de los suburbios,
    la oficina que encorva las espaldas,
    el jefe de ojos turbios.

    Sangre de un arrebol sobre los cerros,
    sangre sobre las calles y las plazas,
    dolor de corazones rotos,
    podre de hastíos y de lágrimas.

    Un río abraza el arrabal
    como una mano helada que tienta en las tinieblas:
    sobre sus aguas se avergüenzan
    de verse las estrellas.

    Y las casas que esconden los deseos
    detrás de las ventanas luminosas,
    mientras afuera el viento
    lleva un poco de barro a cada rosa.

    Lejos... la bruma de las olvidanzas
    —humos espesos, tajamares rotos—,
    y el campo, ¡el campo verde!, en que jadean
    los bueyes y los hombres sudorosos.

    Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas,
    mordiendo solo todas las tristezas,
    como si el llanto fuera una semilla
    y yo el único surco de la tierra.

    Pablo Neruda

    Crepusculario (1923)
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