Autores tan disímiles como el filósofo pragmatista inglés Richard Rorty y el novelista checo Milan Kundera confluyen, sin embargo, en una hipótesis de carácter cognoscitivo: ni los arduos ensayos de sociología, ni los libros de Historia, ni las fatigosas estadísticas comparativas: el vehículo de conocimiento por excelencia ha terminado por ser la ficción en general y la novela en particular. La Logia de los Anillos de Amatista, de Jorge Colombo, confirma en toda la línea semejante hipótesis. Es, en efecto, un privilegiado vehículo de conocimiento sin que por ello renuncie en ningún momento a la fluencia narrativa, al impulso del relato de aventuras y al suspenso que dinama del encadenamiento de peripecias. Sus personajes, merced a los "portales" abiertos en pozos de descartes, emergen a una Buenos Aires colonial y se despliegan por el mundo pretérito: releen la Historia, la cuentan y, en ese mismo acto, la descifran y la reescriben. Como en "La carta robada" o "El halcón maltés" - por nombrar sólo dos ejemplos de una fecunda tradición -, aquí también la prosecución del objeto forma parte sustancial de la trama. Como plantean Rorty y Kundera, La Logia de los Anillos de Amatista narra una historiay, a un tiempo, reformula la Historia.
Osvaldo Gallone (de Le Monde Diplomatique)
Mueve el hocico sobre el perro muerto
De pena mueve el hocico
Parece hablarle bajo la oreja
Una palabra de amor La fatiga del adiós
Apoya su hocico frente al otro inmóvil
Espera en el suelo el aliento tibio
La lengua agradecida
Ya no se encuentra en esos ojos
Le pesa el abandono en un gemido
El mundo le camina por encima
Como a toda pena ajena
Ahora vaga entre la gente
Mendiga amor
Muestra los dientes
Con la cola entre las patas