Durante la selección que incluiría en La noche por la que muere el día, me persiguió la imagen incierta de las sombras, la oscuridad que nos vigila cuando no podemos ver. Aquellos pocos textos que sortearon las barreras de la represión le quitaron espacio a otros tantos que por no tener forma de poemas ocuparían el lugar inevitable del olvido. Hoy quiero rescatarlos para que sean recuerdo. En el falso abismo de estos relatos permanece oculta la noche y su poderosa lentitud. Estos cuentos forman parte de los sueños y no de la vigilia, evocan lo que no es. Habrá que leerlos, quizás, desde afuera de nosotros y así evitar caer en el vacío de la fe. Creer en ellos será una de las formas del sueño, una manera de mentirnos, de mirarnos a un espejo. Algunas de estas historias pretenderán desafiar leyes. Otras únicamente formarán parte de un mandato divino. Lo cierto es que si por error nos viéramos reflejados en alguna de sus tramas habremos vuelto a la noche indócil, a la traición del sueño, a cruzar el espejo, a una ceguera necesaria.
Ricardo Cardone
De todos los tormentos crecen hojas
Gajos que arrasan como nieve
Gajos que cubren otros gajos
Hoja sobre hoja
Este desierto nunca deja de gotear
No alcanzará toda la arena para evitar su éxodo
Late su pulso de sílice
Un aluvión de polvo se derrama en el vacío
De todos los tormentos la arena se alimenta
Del vano porvenir
Del pasado mustio
Ningún reloj confía en sus agujas
Nada gira
Nada vuelve