La estampida se oyó como un rayo. Una leona con la urgencia del hambre llegó a la costa del río donde una manada de elefantes bebía pacientemente. Fue allí donde empezó la cacería, entre las corridas de los animales y las pocas fuerzas de la leona. Abatida por no poder alcanzarlos volvía sobre sus pasos cuando vio correr a una cría que, con el rumbo perdido, huía de ella. La persecución duró poco a pesar de la distancia. Cruzaron el pastizal seco y llegaron exhaustos a un descampado a la orilla de un río donde dos hombres desayunaban. El pequeño elefante cerró los ojos y con el poco aire que le quedaba alcanzó el canasto del globo. Espantados como la manada, los ocho hombres soltaron las ocho sogas y ya no recuerdan lo que sucedió.
No es el tiempo la distancia
el hueco invisible
el labio en la sal
el error en los ojos
No es la falta en recorrerla
la voz tras puñal
el despertar solitario
la mañana a las seis
No es espejo la mentira
el coral de los ojos
la ruta de las manos
la madera diurna
No es el aire ni las hojas
ni el sol, nudo del cuello
ni la arena ni la historia
ni la cuerda ni el silencio
No es lo lento de una tarde
que jamás llegará a tiempo
ni desnudará la daga
la memoria de un reloj urgente
cuando las tablas vuelquen noches
y una historia se descuelgue
con la marca de una soga
con el único color
de los amores muertos