¿Puede la reflexión volverse incandescente?
Es lo que logra Patricia Bence Castilla en este libro nocturno, bello, austero, abismal, donde el lenguaje es un lugar, un punto de encuentro, una presencia muy cerca de la música, fuera de toda promesa salvo la coexistencia del futuro, el presente y el pasado, que siempre propone la poesía (John Berger dixit).
Como una Alicia sin la constelación posible del espejo, Bence Castilla espía detrás del tiempo, lo interroga, le busca un color y le ofrece compasión y sabiduría a las heridas sin cerrar, que ese ser demoledor, fantasmal e inextricable va dejando a su paso.
Esas heridas se transforman en páginas en blanco y la escritura el único exilio posible: despedida y sueño de coordenadas olvidadas; intento de comprensión y conciencia de la imposibilidad de un regreso al origen, a la sed del universo.
Patricia Bence Castilla ilumina nuestro insomnio en el mundo, nos descoloca y repara la mudez existencial detrás de las ventanas: "ese mural de vértigo y vigilia".
Paulina Vinderman
Una mujer invierno muere
Frío calvario la noche
Celebra a otro dios
Y para siempre
Duele y no
Cubre la arena el tiempo
Fatal la uña
La piel fatal
Qué fibra aún vibra en su costado
Oscura boca amanecida calla
Algún profeta invocará su cuello
Desvestirá su vientre en otro altar
En otra hoguera y otra noche
Y para siempre
Una mujer infierno muere
Golpea como tiempo
Y calla sometida
Tensa la cuerda ya no vibra
Muerde la boca obscena
Los dedos que rozaron su cintura