La estampida se oyó como un rayo. Una leona con la urgencia del hambre llegó a la costa del río donde una manada de elefantes bebía pacientemente. Fue allí donde empezó la cacería, entre las corridas de los animales y las pocas fuerzas de la leona. Abatida por no poder alcanzarlos volvía sobre sus pasos cuando vio correr a una cría que, con el rumbo perdido, huía de ella. La persecución duró poco a pesar de la distancia. Cruzaron el pastizal seco y llegaron exhaustos a un descampado a la orilla de un río donde dos hombres desayunaban. El pequeño elefante cerró los ojos y con el poco aire que le quedaba alcanzó el canasto del globo. Espantados como la manada, los ocho hombres soltaron las ocho sogas y ya no recuerdan lo que sucedió.
Ciego, vuela un avión harto de gula
Ronda el cielo como juez hipócrita
Nube como bosque es el vacío
Todo es niebla allí abajo
Carga en su abdomen la conciencia que lo hostiga
La obediencia libra al hombre de sus actos
Razón por razón, diente por diente
Sangre como bálsamo de sangre
Como hiena merodea en la sabana
Qué hueco surcará el agua en la llanura
Qué grieta habrá que calar en este cielo
Una nube abre su boca de silencio
Desnuda e inocente se entrega una ciudad
Lanza el hombre sin reparos su conciencia