En la otra puerta

La trasgresión: I. Las buenas formas

La trasgresión: I. Las buenas formas

Si el arte nos puede ofrecer algún indicio de qué cambios podrán producirse en nuestro mundo, sólo tenemos que ver cómo el arte oriental se codea con el occidental y conquista nuestros mercados.

1. Literatura

La redacción de textos ha sufrido la trasformación que aventuraban los escritores del siglo XIX que ya exigían que la forma predominara sobre el contenido. Pero aquellos, Flaubert, por ejemplo, no descuidaban, a pesar de su requerimiento, el fondo de su novela y este citado figura entre los grandes psicólogos de la literatura.

No era su petición tan tajante como expresaba con sus palabras pero los novelistas posteriores las tomaron al pie de la letra. Cada idea es una puerta a un mundo sobre el que, una vez abierta, ya no se tiene ningún derecho, y este fue el caso de la literatura pues la corrección del lenguaje, que era el acabado perfecto del trabajo a que se obligaba el pensador, tuvo una descomposición en sus dos partes y la apariencia adquirió independencia frente a una existencia que antes solo tenía justificada en cuanto exquisita dama de compañía de una figura principal, el contenido.

La independencia de la forma y su reconocimiento social la obligaron a adoptar maneras artificiales, en parte, debido a la mala influencia que produce todo lo social -la hinchazón que se requiere para estar a la altura de los demás- y, en parte, debido a la falta de un armazón que la sustente y la obliga, así mismo, a engordarse para adquirir un cuerpo que la permita permanecer erguida. El servicio sin servicio a un fin carece de sentido y no se puede encontrar forma de establecerle, ni tan siquiera mediante la fantasía.

Sin embargo, aquella propuesta tuvo éxito y no fue debido a su calidad sino, dicho sea con todos los respetos, a la falta de ella que se permitía, pues la creación de un estilo personal de escritura que exige el engrandecimiento de las expresiones hace que olvidemos que escribir consiste en trasmitir ideas, y siempre se trasmiten, pero siempre las mismas. A los escritores se les facilita su trabajo y al lector su labor.

El hecho es precisamente interesante. Debemos entender que el mundo está invertido y que, acostumbrados a verle en una posición en la que los vicios le han dejado, nos sea más difícil, y casi siempre imposible, comprender la verdad y concebirle sobre sus pies. Pues ha sido la exigencia del público, realizada no por éste sino por otros en su nombre e interés, la que propuso reducir el contenido de las obras. El prestigio social del autor o del tema es suficiente para dotarlas de un reconocimiento público.

2. El arte

De la misma forma que en la literatura, el arte había procedido a dar valor y preponderancia a la apariencia, que resultaba ser lo más concreto de la obra, y se había abandonado el interés clásico por el contenido.

Podemos decir que lo material de la obra se convirtió en lo esencial en el arte y tanto es así que llegó, finalmente, a deshacerse de la figura y a presentarse sin el armazón que la justificaba. La expresión: El arte por el arte, indica la independencia que adquieren las partes de la obra clásica y el derecho que se las reconoce a la existencia individual. Más aún, refleja la pretensión de extender tal derecho a los demás ámbitos de la vida social, y tengamos en cuenta que el arte desde el siglo XX va a la vanguardia de los cambios sociales y que, por medio de él, podremos anticipar otros cambios que tendrán lugar en la sociedad.

¿Cómo, entonces, se ha podido considerar la trasgresión del arte del siglo XX como forma respetable en la sociedad, cuando además, pretende tener un significado? Por el interés. La incoherencia con los principios no es obstáculo para su aprobación, nadie se ha percatado de ella.

3. La sociedad

Considerada la sociedad como un cuerpo tendría la misma estructura que una obra de arte, es decir, una parte real y una parte aparente. Sometido este cuerpo a los mismos principios que al arte, el aspecto externo se habría impuesto, negándose valor y existencia a la parte real, la que invisible carece de concreción y no se la echaría en falta; muy al contrario, también en la sociedad su eliminación produjo gran satisfacción, pues ya resultaba molesta.

Las formas son también en sociedad ahora lo esencial. Se impone lo políticamente correcto. Una sociedad compactada elimina las diferencias. La igualdad, exige la misma apariencia.

Pero una grave contradicción social es la reclamación de sus derechos por parte de los mismos que han exigido guardar las formas. Y nótese esta doble contradicción, la de la fuerza utilizada frente la corrección política que exigen; y la reserva del derecho en una sociedad a la que ellos mismos exigen igualdad de derechos.

Las formas frente a la esencia se pueden mantener en mundos fantásticos y en los artificiales: allí donde los efectos no son visibles, en sociedades cerradas. Lo políticamente correcto es aceptado en una sociedad que había eliminado de todos los aspectos de su cultura la parte real y ahora se muestra únicamente la parte aparente como efecto de la perfecta coherencia social.

Por ello, los gestos simbólicos, solo se entienden en mundos idílicos y mientras no se vean enfrentados al mundo real. Todos esos gestos los desarrolla el manierista quien nunca se ha ocupado de la esencia de sus actos.

Si el arte nos puede ofrecer, como hemos presentido, algún indicio de qué cambios podrán producirse en nuestro mundo, sólo tenemos que ver cómo el arte oriental se codea con el occidental y conquista nuestros mercados, posiblemente como otro signo de que la cultura occidental corre peligro. Si no corrige el prejuicio de suponer que solo la apariencia es lo esencial del arte tendremos que presenciar cómo las formas son imitadas y superadas por artistas de otras culturas, y como éstas superan a la nuestra; pero lejos tenemos la esperanza de una oportuna reacción.

Europa perdió su hegemonía artística frente a Norte América después de la II Guerra Mundial y creía haberse reservado la ideológica. Pero las obras de sus autores no eran más que la justificación de una corriente política de la que pretendían su continuación indefinida, algo forzado, otro acto aparente, que ya no tenía sentido en vista de los cambios sociales que se habían producido. Únicamente USA mantuvo algunos principios culturales tradicionales, y no tanto su esencia, como había hecho Europa, como sus formas, pero, al menos de esa manera consiguió permanecer entre nosotros. Las presiones europeas y su ejemplo, han acabado por influir en una sociedad que hasta ahora se había mantenido indiferente a las opiniones externas y han eliminado los restos de la tradición. La tradición de una cultura que no ha tenido parangón en toda la "historia universal", salvo por los efímeros resplandores de la estrella fugaz que fue la cultura ática de la que nos hablan con admiración algunos astrónomos y cuyo rastro en el firmamento les sirve para localizar otras estrellas que, más cercanas pero menos luminosas, todavía nos alumbran.

Nota: 1.- Donald Kuspit, El fin del arte, Akal, Madrid, 2006.

 

Por Mario Rodríguez Guerras

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El poema de hoy

Caminata

Olorosa como un mate curado
la noche acerca agrestes lejanías
y despeja las calles
que acompañan mi soledad,
hechas de vago miedo y de largas líneas.

La brisa trae corazonadas de campo,
dulzura de las quintas, memorias de los álamos,
que harán temblar bajo rigideces de asfalto
la detenida tierra viva
que oprime el peso de las casas.

En vano la furtiva noche felina
inquieta los balcones cerrados
que en la tarde mostraron
la notoria esperanza de las niñas.

También está el silencio en los zaguanes.
En la cóncava sombra
vierten un tiempo vasto y generoso
los relojes de la medianoche magnífica,
un tiempo caudaloso
donde todo soñar halla cabida,
tiempo de anchura de alma, distinto
de los avaros términos que miden
las tareas del día.

Yo soy el único espectador de esta calle;
si dejara de verla se moriría.
(Advierto un largo paredón erizado
de una agresión de aristas
y un farol amarillo que aventura
su indecisión de luz.
También advierto estrellas vacilantes).

Grandiosa y viva
como el plumaje oscuro de un Ángel
cuyas alas tapan el día,
la noche pierde las mediocres calles.

Jorge Luis Borges

Fervor de Buenos Aires (1923)
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