En la otra puerta

En primera persona del singular

En primera persona del singular

Autor: Horacio Destaillats

Horacio Destaillats

Editorial: Ayesha Literatura Ediciones
ISBN: 978-987-20572-5-1
203 pág.

Quien descubra este libro accederá a una serie de relatos que campean entre la nostalgia por el paraíso perdido y el estupor frente a los sucesos incomprensibles de un mundo que ha abandonado toda lógica racional. Verá postales de una época dorada, en la que las citas amorosas debían resolverse sin teléfonos celulares y las cartas se escribían a mano. Anecdotario impecable de la Buenos Aires que se fue, hilvanado con ternura y sentido del humor, junto a fuerzas ocultas, inaudibles e impensables que ponen en jaque la percepción de la realidad.

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Siplacé
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El devorador y otros cuentos de horror
Claudio García Fanlo
Morir por Perón
Edgardo Lois
Días de viento
Alexandra Botto
Huracán en la garganta
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Rodolfo Leiro
Bajo continuo
Marcos Silber
Pasajeros de un tren veloz
Jorge Daniel Bonanno
El secreto de la tercera puerta
Daniel Alberto Mangieri
Deliciosos cigarrillos mentolados
Valeria Sabbag
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En primera persona del singular
Horacio Destaillats
Hay unos tipos abajo
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Travesías
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Imagen de Julio Cortázar
Ignacio Solares
Poesía argentina contemporánea (Tomo I)
Volver a leer
Mempo Giardinelli
Siempre es difícil volver a casa
Antonio Dal Masetto
Culpa de los muertos
Alejandro Maciel
Salvatierra
Pedro Mairal
Espejos. Una historia casi universal
Eduardo Galeano
El infinito viajar
Claudio Magris
Cuentos de navegantes
Juan Bautista Duizeide
Ejércitos de la oscuridad
Silvina Ocampo
Cuentos escogidos
Horacio Quiroga
Mundar
Juan Gelman
Para leer a Cervantes II
Alicia Parodi
Somos el tiempo que nos queda
José Manuel Caballero Bonald
La hija de Kheops
Alberto Laiseca
La muerte lenta de Luciana B
Guillermo Martínez
Manual del aprendiz de mago
Claudia Franco / Horacio Moreno
El lugar perdido
Norma Huidobro
Nadie vio Matrix
Walter Graziano
Maridos
Ángeles Mastretta
Arena en los zapatos
Juan Sasturain
El año que viví en peligro
Marcelo Figueras
Lagartija sin cola
José Donoso
Sola otra vez
Patricia Suárez
No somos ángeles
Liliana Caruso, Florencia Etcheves y Mauro Szeta
Todas las persianas bajas, menos una
Gabriela Mayer
Asimismo, todo aquello
Rodrigo Illescas
El arte de viajar
Manuel Mujica Lainez / Alejandra Laera
De felicidad también se vive
José Eduardo Abadi
Gracias por volar conmigo
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Adrián Paenza
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Temible y aguardada como la muerte misma
se levanta la casa.
No será necesario que llamemos con todas nuestras lágrimas.
Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.

Porque día tras día
aquellos que vivieron en nosotros un llanto contenido hasta palidecer
han partido,
y su leve ademán ha despertado una edad sepultada,
todo el amor de las antiguas cosas a las que acaso dimos, sin saberlo,
la duración exacta de la vida.

Ellos nos llaman hoy desde su amante sombra,
reclinados en las altas ventanas
como en un despertar que sólo aguarda la señal convenida
para restituir cada mirada a su propio destino;
y a través de las ramas soñolientas el primer huésped de la memoria nos saluda:
el pájaro del amanecer que entreabre con su canto las lentísimas puertas
como a un arco del aire por el que penetramos a un clima diferente.

Ven. Vamos a recobrar ese paciente imperio de la dicha
lo mismo que a un disperso jardín que el viento recupera.

Contemplemos aún los claros aposentos,
las pálidas guirnaldas que mecieron una noche estival,
las aéreas cortinas girando todavía en el halo de la luz como mariposas en la lejanía,
nuestra imagen fugaz
detenida por siempre en los espejos de implacable destierro,
las flores que murieron por sí solas para rememorar el fulgor inmortal de la melancolía,
y también las estatuas que despertó, sin duda a nuestro paso,
ese rumor tan dulce de la hierba;
y perfumes, colores y sonidos en que reconocemos un instante
del mundo;
y allá, tan sólo el viento sedoso y envolvente
de un día sin vivir que abandonamos, dormidos sobre el aire.

Nadie pudo ver nunca la incesante morada
donde todo repite nuestros nombres más allá de la tierra.
Mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,
por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del polvo y
la tristeza,
aquello que quisimos.

Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno
el porvenir se alzó como una nube del último recinto,
el último, el vedado,
con nuestra sombra eterna entre la sombra.

Acaso lo sabían ya nuestros corazones.

Olga Orozco

Desde lejos (1946)
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