Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía.» No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.
El extranjero (fragmento), Albert Camus
Todo es música
Vibra liviano el aire en el oído
Huele a jazmines
Es cereza el primer beso
Es almendra la piel que roza
Todo es cuerda
De esa música nacerá un hijo
Vuelven las manos pequeñas
El desvelo de los primeros pasos
La risa libre
Todo es viento
De esa cuerda nacerá una voz
Florecerán senderos tendenciosos
Lo tentará el de la locura
Olvidará lo que dejó
Todo es ciclo
De ese viento nacerá un canto
Liviano
Vibrará el aire en el oído
Nuevamente