4 de marzo de 1988
Muere Luisa Mercedes Levinson
El rencor la ahogaba, le subía en bocanadas desde el vientre. Se parecía a aquella primera arcada insólita que le acometió cuando Alcibíades la besó por primera vez. Algo que había estado quieto en sus adentros, como una laguna estancada, se echó a correr, a desbordarse por su cuerpo y por su mente, arrastrando los espejos rotos impregnados con sus imágenes recientes, estúpidas y asombradas. Y al lavarla de lo anterior, la volvía clara, lúcida para intentar una venganza. Se oían las idas y venidas del hombre, en la pieza, cómo contaba las monedas de plata, cómo abría la valija y metía, adentro, la ropa y el poncho de la cama. Eso quería decir que se iba, que la dejaba, para que ella se consumiera hasta el fin, bajo el sol que ya daba vuelta hacia esa galería, entre la nube de moscas verdosas, pastosas, que subían desde la cabeza destrozada del muerto, hasta ella. Lejos, esperaban los caranchos y los cuervos.
El abra (fragmento), Luisa Mercedes Levinson
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