Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente,
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente,
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría,
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores,
posiblemente de otro modo aún menos melancólico,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio,
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía,
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.
Arte poética, Pablo Neruda
Vibra la madera en la guitarra
Vibra el metal junto al músico que sopla
Vibra la gota hostigada por el viento
No sabe la madera del misterio de la música
Nada sabe el bronce de los dedos de Coltrane
Todo pentagrama guarda un lamento en cada nota
Llora la madera junto al llanto de las cuerdas
El metal desgarra un canto
Es el viento lo que amansa
Nada significan sin un cuerpo que los frote
Como este papel quebrado
Como esta escritura rota