Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente,
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente,
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría,
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores,
posiblemente de otro modo aún menos melancólico,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio,
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía,
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.
Arte poética, Pablo Neruda
Hace días que no duermo
Ciego
Con el vacío de los párpados
Livianos
Inútiles
Hace días
Meses
Veo voces
Mudas súplicas
El dolor de una herida que no sangra
No hace mucho
Cayó una hoja
Lejos de su tallo
En silencio
Oculta
Entre ajenos amarillos
Y murió
No como muere el día
Junto a la fe del próximo
Murió como muere un hombre
Con la verdad irreversible del tormento
Hace noches
Otras noches
Llegaban voces
Como niño con caricias
Con pequeñas manos cóncavas
a los oídos abiertos
y al cuerpo escuchando
Hace noches que no duermo
Gira el vientre y gira
El abismo
—Cielorraso—
Como gota imperturbable se desploma
Otra fe sin esperanzas
Y el silencio que oprime
Como un abrazo vacío.