Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
La mañana verde (fragmento), Ray Bradbury
A ese escaso reloj que gotea
Sombra que te sombra
De un lado la espalda, el cielo
El otro abismal, de frente
A esa historia sin piel ahora recuerdo
Sangra que te sangra
La boca ciega, los ojos
Los labios rojos
Los labios rotos
Los ojos rojos
A esa carne sin uña que comida
Suda que te suda
El agua bendita, mentira
Las manos mentira
Las piernas benditas
A ese pecho desnudo que gotea
Siembra que te siembra
Rapaces las alas
se inmolan
Se mueren en celo
de celo
A ese invierno silencio que golpea
Luna que te luna
Cada día de los días
Por las horas de las horas
Solo que te solo
Tejiéndote.