Tengo entre mis manos el único libro –ya mencionado- que puede hallarse de Miguel Ángel Bustos. Es, gracias al cuidado editorial, un minucioso recorrido por la obra del poeta que recoge desde poemas inéditos del período que abarca los años 1959-1962 más extractos, a mi parecer representativos, de los cinco libros editados.
Desde la aparente llaneza de los poemas inéditos, de verso corto, a veces sólo una palabra, y temática por lo general cotidiana, con referencialidad a sus viajes, al paisaje, a lo vivido desde lo –reitero- aparentemente cotidiano y llano, comienza a abrirse paso un fulgor que irá in crescendo desde Cuatro Murales, hasta El Himalaya.... Un fulgor cuya búsqueda se manifiesta en su primer libro editado en prosa poética, profética, con el surrealismo de los alucinados y un misticismo propio del poeta, no necesariamente religioso: “El padre lo llamó ‘encarnación en una esmeralda’. Eleazar aceptó este nombre y se echó sobre la tierra oscura a meditar sobres sí mismo” (...) Y aquí Eleazar recitó ante sus incrédulos parientes su profecía:
“Sólo el instante de una vocal es eterno. Pues lleva el poder divino. Cuando una profecía se hunde en una montaña, ésta conoce curvas ignoradas por su estructura. Sólo el temblor sobrevive a los años. El temblor del hombre es una profecía.”
Resulta difícil no encontrar en esta voz el creacionismo de Huidobro, particularmente Altazor, no sólo por el tono, sino por la resonancia del nombre elegido para el personaje y por la “religiosidad pagana”, ese hondo sentido de la trascendencia que emana de la palabra poética. Tal vez una de las cosas excepcionales en Bustos es que ese alto sentido de lo trascendental estaba unido con un profundo compromiso con el aquí y ahora.
En los fragmentos de Corazón de piel afuera recogidos en la presente antología, vemos un retorno al verso breve, una palabra, dos, diminutivos casi como signo de la época (1959), un eco Gelman pero la voz propia predominando. La desgarradura y el amor como presencia y como pedido. A veces el poema inocente en contenido y forma, que impacta por esa misma inocencia:
CANCIÓN DEL NIÑO Y EL CARACOL
Sol
por aquí
baja,
caracol
caracol de mi corazón.
Vuelve
sube
manito
por el aire,
dedito
suave
a mi frente,
caracol
caracol de mi corazón.
Tan sólo comparando hasta el momento los ejemplos citados, podemos ver una ansiedad de búsqueda, un deseo de no permanecer en ningún lugar cómodo de la creación que se mantendrá hasta el obligado fin de su obra. Quizá una de las mayores virtudes del artista: buscar hasta que la palabra muestre su confín inalcanzable.
Y en Fragmentos fantásticos, publicado después del año de internación en el Borda, vuelve la prosa poética, donde –según mi parecer- Bustos encuentra su mayor amplitud creativa, la combinatoria casi precisa y siempre mágica de lo cotidiano-maravilloso (“Los patios del tigre”) con un lenguaje de sutileza precisa y fugaz, la desgarradura y los fragmentos en sí, que traen toda la potencia de Rene Char, toda su condensación poética. Esos casi aforismos que conforman por contigüidad un único poema (“17. Reza, reza, hasta que se te gaste el Dios.”). Libro que avanza hasta un casi delirio, la exaltación, el borde rozado en el Borda, la desesperación vuelta poema. La invocación a un Dios que escapa a cualquier cárcel religiosa.
Algo de esta propuesta estética perdura en Visión de los hijos del mal, en cuanto a esas aseveraciones fuertes, esas imágenes que restallan con la brevedad de un golpe (“1. Afuera oigo la lluvia, adentro siento la lluvia. Mi cuerpo de barro se deshace”.). Estos “golpes” combinados con fragmentos de prosa poética, que ya no abandonará, en los que –como se configuraba desde fundamentalmente el libro anterior- la mística se convierte en herramienta poética que llegará a su máxima expresión en su última obra: El Himalaya o la moral de los pájaros.
Tengo la terrible convicción de que Bustos estaba alcanzando en este momento un equilibrio entre la imagen poética alucinada (¿surrealista?), que recuerda a veces a la última Pizarnik, y una construcción poética superadora en la que la palabra misma es puesta en cuestionamiento (“Soy Antiverbal”, repite una y otra vez Bustos) y finaliza –al menos en esta edición- con esta aseveración terrible: “entré en la Noche del Verbo”.
Y el silencio durante seis años, hasta que los especialistas fracasados del silencio intentaron sin lograrlo sumarlo a la lista de los ausentes que jamás lo estarán.