Conocía el nombre de Ignacio Xurxo a través de sus comentarios sobre literatura. Un nombre, una palabra autorizada. El destino me llevó a compartir dos horas con él en su departamento de Belgrano. Xurxo es el autor de la contratapa para un libro de próxima aparición, Contar la vida de Gabriel Montergous, y yo fui a retirar el escrito. Dos días antes del encuentro, me acerqué a la biblioteca y coloqué mi dedo índice sobre uno de los tantos libros que esperan el turno de la lectura, Tahití, una reedición de un libro de cuentos aparecido en el '71. Una oportunidad que no me gusta desaprovechar, obra y autor a la mano. El libro me pareció de un contenido extraordinario, una y otra vez adentro de las historias, una y otra vez disfrutando de una construcción impecable, Había amanecido como por compromiso, oscura, escasamente. La lluvia se demoraba suspendida, flotando indecisa en el aire de Almagro. Era una niebla fina o un rocío denso, pero lo que quiera que fuese, hacía más grises y tristes los muros, las arcadas y los patios en damero del viejo colegio. Dí a Xurxo mi opinión de lector maravillado, y como respuesta obtuve una afirmación que, palabra más o palabra menos, aclaró que él tuvo la suerte de haber tenido buenos amigos que escribían muy bien. Presenté mi queja con respeto, sus cuentos no se escriben sólo con consejos acertados. Desde mi condición de lector desesperado por más, pregunté por otros libros. Xurxo se sonrió, agradeció y por primera vez nombró a Humberto Costantini, uno de esos consejeros donde abrevaba su sincera modestia. Se declaró habitante de Boedo; dijo al respecto que también fue iniciado por otro amigo, el escritor Isidoro Blaisten, quien puntualmente en un escrito consigna su presencia en la famosa librería San Juan y Boedo que el mismo Blaisten tuvo en el barrio. Xurxo sabe mucho de literatura y de la vida, es una de esas personas a la que se la puede escuchar durante horas; es uno de esos autores que escapan a mi catálogo de escritores devenidos en dioses de cinco minutos, o sea poco o nada se permiten escuchar o leer porque no tienen tiempo. Cinco minutos es poca cuerda; Xurxo, el señor escritor Xurxo dispone de horas y respeto, hierbas que escasean sobre la endiosada superficie de esta tierra. Imagino al escritor un tanto molesto ante tanta palabrería para contarlo. Se me ocurre que quizá prefiera que escriba sobre mi última lectura. Cuestiones con la vida de Humberto Costantini, es otro de esos libros que esperaban el turno en la biblioteca; que el libro espere es otra dualidad que atraganta al lector practicante, la felicidad porque los libros nunca se acaban y el horror porque sabemos que ahí está, que espera, que sigue esperando sin que sepamos hasta cuándo. Xurxo habló del pequeño santuario pagano, pleno de objetos troileanos y de recuerdos pincharratas, que Costantini tenía en su exilio mexicano, y yo ingresé, días después, a otro de sus santuarios de la tierra y la escritura, Cuestiones con la vida, un libro que hoy sólo nos puede entregar el destino en alguna librería de viejo. Leer a Costantini es una experiencia que conviene no dejar para mañana; sí podemos dejar para mañana, por ejemplo, la propaganda de un doctor sorprendiéndose de que en este país cada vez haya más niños desnutridos (pero tranquilos, se soluciona con un yogur a 0.50 en un paisaje donde muchos no tienen ni un peso para todo el día), decía entonces que para mañana puede quedar la puteada al inmoral que escribió el guión y al que puso la cara serenísima de esa propaganda; pero no Costantini, su escritura es aire para la buena vida, Has de saber, el tiempo / es un gran resbalón al infinito, / es una vieja silla en el desván, / es un escalofrío, / es una pesadilla de átomos, / es un lío realmente. / Pero además el tiempo, / todo el tiempo, / todo el podrido tiempo / son estas cinco horas, / estos quinientos siglos, / esta piojosa pila de planillas / que falta para verte. Costantini fue un tipo atrapado por la perra, jodida, fugaz, celosa y gastrinflamatoria poesía; también tuvo problemas de Ego y Tango, Como está ampliamente demostrado, / el tango / se inventó para mí. / (...) Que alguna vez, allá a lo lejos, / se amontonaron al tuntún / barcos, negros esclavos, habaneras, / prostíbulos, guitarras, bozaleos / de tanos inmigrantes, / jazmines, bandoneones, / Bardi, Gardel, Pichuco, Orlando Goñi / y vaya a saber qué otros / chistosos disparates, / nada más / para que yo pudiera a veces / decir dolor, o bronca, o lejanía, / o puta madre, o simplemente llanto, / y no tener vergüenza de decirlo, / esa es la cosa. Quizá sea la escritura de Costantini uno de los caminos para nombrar el exilio y sus desesperaciones, leyéndolo la garganta se anuda, las manos transpiran y se puede iniciar un diálogo provechoso con la primera de las lágrimas, Desesperado, paria, desguarnecido, / huérfano, / sin un podrido tango / donde caerme muerto. / (...) Solo, / piojosamente solo, / de una punta a la otra del poema... / Hasta tirarme a descansar aquí, / desmoronado, / junto al último verso.Las vueltas de los días en esta Buenos Aires me llevaron a mi biblioteca y a un libro que no había leído porque en una próxima mañana hablaría con su autor, el escritor Ignacio Xurxo; luego ocurrió que de la mano de Xurxo llegué hasta otro libro que guardaba sin leer en un estante y entonces Costantini se hizo en mi vida para no abandonarme jamás. Nuevamente descubro la felicidad y el horror que contienen las bibliotecas, casi como la vida, ¿no?, y es desde ahí, desde la ausencia de recetas, que tuve ganas de escribir sobre Xurxo y su libro, sobre Costantini y su libro, sobre los dos en la misma hoja porque ninguno admitiría exclusividad. Digo que Costantini hubiese tenido dos horas para charlar; arriesgo este decir, más allá de todas las muertes posibles, porque leí su libro cocido a años y no a minutos, y porque imagino que es imposible ser amigo de Xurxo sin compartir una misma íntima sensibilidad cuando del tiempo de la vida se trata. Como anoté más arriba, tuve ganas de escribir sobre dos escritores, y entonces prometí no dejarlo para mañana.
Publicado en el Periódico "Desde Boedo"
Edgardo Lois / octubre 2003