La de antes: La de antes es un resumen de vida, de existencia llena de alegrías y despertares a la saludable naturaleza del mundo, pero de caídas en abismos y oscuridades después

Puede decirse -además- que es una biografía; no es la clase de biografía que acostumbramos leer, donde el biografiado aparece con todas las galas de su historial literario, científico o artístico.

Olga Bilbao Cuevas es, antes que nada, una mujer de honda sensibilidad, que expone, que deja constancia en las páginas del texto ahora comentado, el hondo sentimentalismo de su naturaleza espontánea.

La autora del libro vivió una niñez privilegiada, en perfecta comunicación con el verde de su pago, de su pueblo natal, donde los más hermosos tiempos de su existencia alumbraron su conciencia. Su relato gira, mayormente, sobre la picardía de la peonada que trabajaba en la hacienda Duarte-cué, que pertenecía a una administración inglesa, y era administrada por su padre, un inglés de pura cepa.

El capítulo I arranca con sus travesuras, con su imaginación encendida de niña curiosa y vital. Y de esa imaginación diamantina, nacen las páginas que ennoblecen la espontaneidad y la sencillez de la gente del campo.

Gran observadora de aquellas situaciones que mueven a la risa o a la sorpresa, Olga nos va contando, con un estilo sencillo y un lenguaje límpido, libre de todo retoricismo, aquellas situaciones y hechos más disparatados protagonizados por los peones, por la gente miedosa de la comarca, y por ella misma.

Se huele un perfume a pueblo hondo y verdoso, a gente simple y laboriosa, no contaminada por la pasteurización de los tiempos actuales.

En el II capítulo: La protagonista cae enferma, víctima de la temible bipolaridad. La meten en el neuropsiquiátrico. Los relatos de su permanencia en ese sitio, que bien podría llamarse un depósito de seres humanos, son espeluznantes. Ella, sin perder -totalmente- el juicio, ni ser desplazada del tiempo y espacio en que vivía, se horroriza ante los vejámenes a los que son sometidos sus compañeros de desdichas. La alimentación en esa casa de enfermos mentales, que debería ser un lugar de rehabilitación, es -básicamente- comida para perros. La falta de higiene la lleva a constantes vómitos, por otra parte.

Cuenta la protagonista, que la mayoría de las veces las asiladas se alimentaban comiendo mangos, y que el ocio, la carencia de una actividad que pudiera servir de motivación, dificultaba grandemente el progreso mental de algunas pacientes. Muchas internas estaban en condiciones de salir del infierno, pero se quedaban en él, pues aquel lugar dantesco no ofrecía ni las más mínimas posibilidades de recuperación. Antes bien, quien entraba allí, debía olvidar toda ilusión de reinsertarse en la sociedad.

Lo que cuenta Olga sobre las sesiones de electroshock nos lleva a ver la realidad patética que les toca en suerte a quienes viven apiñados o deambulando desnudos por el neuropsiquiátrico.

Pero si bien 28 años de permanencia (con permisos esporádicos de salida) en el manicomio puede considerarse un tiempo más que infinito para quebrar cualquier destino, ella se recupera, y escribe este libro valiente.

La de antes es un texto que toca las fibras más íntimas del lector, pues muestra que una persona, viviendo en las condiciones más crueles y absurdas, es capaz de resucitar y de levantarse de entre las cenizas, para saborear la libertad.

Reseña biográfica de la autora

Nació en Bella Vista Norte, Amambay. Cursó parte de sus estudios primarios en el Colegio María Auxiliadora de Concepción. Hizo la secundaria en el Colegio Internacional de Asunción. Estudió dos años la carrera de Química Industrial. En la actualidad, sigue la carrera de la Licenciatura en Lengua y Cultura Guaraní en la Facultad de Filosofía. Ha participado en diversos congresos nacionales e internacionales sobre cultura indígena y bilingüismo paraguayo.

 

Por Delfina Acosta

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El poema de hoy

Muertes de Buenos Aires

I

La Chacarita

Porque la entraña del cementerio del sur
fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;
porque los conventillos hondos del sur
mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires
y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte,
a paladas te abrieron
en la punta perdida del oeste,
detrás de las tormentas de tierra
y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores.

Allí no había mas que el mundo
y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras,
y el tren salía de un galón en Bermejo
con los olvidos de la muerte:
muertos de barba derrumbada y ojos en vela,
muertas de carne desalmada y sin magia.

Trapacerías de la muerte -sucia como el nacimiento del hombre-
siguen multiplicando tu subsuelo y asi reclutas
tu conventillo de ánimas, tu montonera clandestina de huesos
que caen al fondo de tu noche enterrada
lo mismo que a la hondura del mar.

Una dura vegetación de sobras en pena
hace fuerza contra tus paredones interminables
cuyo sentido es la perdición,
y convencidas de mortalidad las orillas
apuran su caliente vida a tus pies
en calles traspasadas por una llamarada baja de barro
o se aturden con desgano de bandoneones
o con balidos de cornetas sonsas de carnaval.

(El fallo de destino más para siempre,
que dura en mí lo escuche esa noche en tu noche
cuando la guitarra bajo la mano del orillero
dijo lo mismo que las palabras, y ellas decían:
La muerte es vida vivida
la vida es muerte que viene;
la vida no es otra cosa
que muerte que anda luciendo.)

Mono del cementerio, la Quema
gesticula advenediza muerte a tus pies.
Gastamos y enfermamos la realidad: 210 carros
infaman las mañanas, llevando
a esa necrópolis de humo
las cotidianas cosas que hemos contagiado de muerte.

Cúpulas estrafalarias de madera y cruces en alto
se mueven -piezas negras de un ajedrez final- por tus calles
y su achacosa majestad va encubriendo
las vergüenzas de nuestras muertes.

En tu disciplinado recinto
la muerte es incolora, hueca, numérica;
se disminuye a fechas y a nombres,
muertes de la palabra.

Chacarita:
desaguadero de esa patria de Buenos Aires, cuesta final,
barrio que sobrevives a los otros, que sobremueres,
lazareto que estas en esta muerte no en la otra vida,
he oído tu palabra de caducidad y no creo en ella,
porque tu misma convicción de angustia es acto de vida
y porque la plenitud de una sola rosa es más que
tus mármoles.

II

La Recoleta

Aquí es pundonorosa la muerte
aquí es la recatada muerte porteña,
la consanguínea de la duradera luz venturosa
del atrio del Socorro
y de la ceniza minuciosa de los braseros
y del fino dulce de leche de los cumpleaños
y de las hondas dinastías de los patios.
Se acuerdan bien con ella
esas viejas dulzuras y también los viejos rigores.

Tu frente es el pórtico valeroso
y la generosidad de ciego del árbol
y la dicción de pájaros que aluden, sin saberla, a la muerte
y el redoble, endiosador de pechos, de los tambores
en los entierros militares;
tu espalda, los tácitos convetillos del norte
y el paredón de las ejecuciones de Rosas.

Crece en disolución bajo los sufragios de mármol
la nación irrepresentable de los muertos
que se deshumanizaron en tu tiniebla
desde que María de los Dolores Maciel, niña del Uruguay
-simiente de tu jardín para el cielo-
se durmió, tan poca cosa, en tu descampado.

Pero yo quiero demorarme en el pensamiento
de las livianas flores que son tu comentario piadoso
-suelo amarillo bajo las acacias de tu costado,
flores izadas a conmemoración en tus mausoleos-
y el porqué de su vivir gracioso y dormido
junto a las terribles reliquias de los que amamos.

Dije el enigma y diré también su palabra:
siempre las flores vigilaron la muerte,
porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos
que su existir dormido y gracioso
es el que mejor puede acompañar a los que murieron
sin ofenderlos con soberbia de vida,
sin ser mas vida que ellos.

Jorge Luis Borges

Cuaderno de San Martín (1929)
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