Dicen que la crisis desafía al escritor. Y que del dolor y de la incomodidad la inspiración tiene para comer, surgen las molestias más escondidas, lo importante pasa a un primer plano. Un espíritu crítico sale a relucir para cuestionar lo pautado porque se encuentra, precisamente, en crisis. La crisis pone de manifiesto la necesidad de encontrar otras voces, martillar sobre los viejos arquetipos, adoptar significados nuevos que todavía no se conocen. El verdadero escritor va hacia esa búsqueda, detrás de los interrogantes y ofrece un resultado de su tiempo, porque es síntoma de él.
Las crisis personales no están disociadas de la crisis de un país, de un mundo entero si se quiere. Protagonistas de esta época, los escritores -artistas- son también ciudadanos de una nación. Viven y conviven con la realidad que les toca y, si bien la realidad puede ser también materia de sublimación, muchas veces puede matar la distancia -ese espacio- que se necesita para sintonizar con la voz escritora, con lo que quiere decirse para convertirse en materia literaria, no en un texto necesario que funcione como mera descarga individual cuya molestia desaparezca como una roncha de la piel.
En ocasiones, el exceso de información puede obturar el trato profundo de temas de raíz que la misma realidad, en su velocidad por comunicarlo todo, menciona a la ligera. El ser humano como objeto de la literatura pierde su verdadera profundidad, ese protagonismo inagotable. Es un descuido pensar que cuando se habla de política, de inseguridad, se habla sólo de solucionar problemas con urgencia. En primera y última instancia, se está hablando del hombre, de sus principios, de su accionar en la vida.
Hay que subrayar que los libros son también objeto de los lectores y que la escritura se convierte así en una manera de compartir entrañablemente una época, un hombre de una determinada época que se piensa a sí mismo y colectivamente. La literatura se convierte en su aliada, en otro que reflexiona a la par y tiene novedades para ofrecerle, distintos e inusuales puntos de vista que amplíen su mirada y no lo dejen -al lector- encimado a la realidad sin poder pensarla, abordarla.
Podría entenderse que los libros que más se venden demuestran ser prueba fiel de una época, de la actual.
No sin sorpresa, los rankings anuncian el fenómeno que después puede verse expuesto en las librerías. Hay una cantidad numerosa de libros de autoayuda, muchos de ellos provenientes de la filosofía oriental que, si bien ofrecen valiosos consejos, están lejos de ser aplicados en una cultura como la nuestra, en la que, por ejemplo, el zen no es moneda corriente. Las sagas de autores importados también se suman para contar historias que fascinan a una vasta audiencia pero que no dejan de tener un sabor ajeno. La tendencia a armar los identikit de personalidades negativas capaces de dañar nuestra existencia y las lecciones para convertirnos en seres exclusivamente felices -como si el dolor no fuera bueno para crecer- se alternan con otro tipo de libros. Son los libros que repasan la historia argentina con un minucioso trabajo enfocado a revisar los defectos que arrastramos y que nos hacen pagar las consecuencias en la actualidad. Aunque esa búsqueda de memoria sea necesaria, vuelven a reiterarse como fórmula literaria.Y por otro lado, clásicos reeditados como "El Principito" en su vieja o actual versión, que conservan un valor inconmensurable, se reducen a una de las pocas opciones elegidas junto con las obras de Saramago, o los textos inéditos de un por siempre infinito Cortázar (un respiro).
Estas señales muestran que la literatura se acerca a un lector con la intención de ofrecerle soluciones poniendo en evidencia una literatura epidérmica que no hace más que confirmarle lo que ya sabe (un poco más, un poco menos). Una literatura que lo entretiene para sacarlo de la realidad o lo sumerge en un pasado que, con buenas posibilidades, puede ayudarlo a reflexionar sobre su presente.
¿Y ahora?
¿Quién le cuenta historias nuevas? ¿Quién lo despabila? ¿Quién se coloca junto a él para pensar al hombre?
No estarán -o no entrarán- en los rankings de libros más vendidos, pero esos autores están entre las páginas y hay que buscarlos. Son una minoría que se da a conocer en pequeñas tiradas, de maneras artesanales, en círculos de lectura en público donde también se animan a vender sus obras.No son estrictamente jóvenes. Hay una creencia errónea sobre este punto. Son los artistas que tienen algo para decir, a menudo sin una prensa que los acompañe.
Esta contrapartida, literatura de superficie versus literatura que piensa al hombre, también es síntoma de una crisis. No podría haber mejor retrato, tal contraposición.