Librero, un oficio en extinción:

Como librero ya sé que las palabras definen una sociedad: las que se usan conversando, las que emite el televisor, las que se comen (las que se leen), anotó el recientemente desaparecido Héctor Yánover, librero y poeta, en su libro Memorias de un librero escritas por él mismo. Luego de mi experiencia como estudiante de librero durante diez años (nunca recibido), entendí que la librería es una especie de barómetro que sirve para medir la presión del aire cuando arrastra las ideas, los interrogantes, las pulsaciones de las personas que forman una sociedad. En una librería puede obtenerse una clara sospecha sobre qué es lo que ocurre en la cabeza de un amplio mosaico ciudadano. La librería no es cualquier otro negocio; en las librerías de Buenos Aires las lenguas se sueltan y hablan, y pronuncian una palabra de más, dos palabras de más; esas palabras que quedan a la sombra cuando de comprar una remera se trata. Ahora bien, ¿por qué sucede lo que sucede?, porque el porteño entra a la librería a comprar libros, o sea cultura, y a no joder, que el porteño bien sabe que la cultura es una cuestión seria. Así, ante su verdad, el porteño se pone serio y encara, y habla, y pronuncia la primera palabra de más buscando la cubierta apropiada, la cáscara culta que le permita ser la persona indicada en el lugar indicado. Cuando esto sucede, cuando la sociedad se muestra gratis, ahí, al frente del espectáculo es necesario alguien con capacidad para mirar, para escuchar, alguien que sepa de libros, que entienda exactamente la diferencia entre lectura o desierto; ¿para qué hace falta la figura del librero?, es muy simple, para que funcione el barómetro, ese reducto donde todo puede suceder (bienvenidos los nuevos lectores) y donde todo puede ser medido por la sospecha; digamos que en una librería todo puede suceder como todo sucede alrededor de una mesa de café. Eso sí, la librería y el café deben estar en Buenos Aires. Pero es aquí donde comienzan los problemas con estos días extraños, donde tanta falta hace encontrar aunque más no sea la primera hilacha del hilo que revele el secreto de la madeja; sí, gatitos míos, parece que se están acabando los libreros. Las canas en el pelo y la globalización al trote flexibilizador casi se han llevado los últimos ejemplares de una raza de pensadores, de escrutadores de la vida y del sano consejo de lectura. Chau, qué lástima, es el saludo para aquellos hombres libreros que conocían el territorio por donde caminaban; esos tipos que se delataban en el mismo momento de tomar el libro entre las manos. Lectores amigos que sabían de literatura, de historia, de psicología; que sabían sobre sus propios temas, sus preferencias, pero que además conocían otros contenidos y entonces informaban, charlaban, se apasionaban entrando en sintonía con aquellos que buscaban libros. Hombres aquellos que sabían puntualmente dónde paraba el bondi buscado. Hombres que no erraban el estante, que no erraban en el stock que sólo mostraba la pantalla de su memoria. Jamás una computadora, así era antes; pero después sí, un poco, un poquito, y estaba bien porque era necesario. Los últimos veinte años, nada más que por poner una marca temporal aproximada, la cantidad de títulos editados, la cantidad de libros que empezaron a entrar a los locales, hizo imposible que el librero conociera todo. Así la sociedad empujaba una marea, muchas veces, o casi todas, de papel picado sobre sorprendidos estantes que ya no supieron de siestas, reposos, y buenas cosechas. Yánover, en el libro citado, escribió, Un librero es un hombre que cuando descansa lee. Y aquí otro invitado a la fiesta, cuándo, en estos tiempos de locura y explotación laboral, y ya no un librero, sino una persona que le interesan los libros, un simple estudiante como fui yo, y no uno más de esos empleados, baratos de contratar, y a los que les da lo mismo vender libros o papas, digo, cuándo es que descansa el aspirante. Cuándo estará en condiciones de detectar las anécdotas, las frases que delatarán nuestra altura como seres pensantes, como seres que en sus manos tienen la posibilidad de un futuro sustancioso, si el aspirante no puede formarse. Alguna vez me pidieron, ¿Tenés Quién mató al Pato Donald o al Pato Lucas?, o a alguno de los dos... No es para chicos, el pedido estaba referido al libro de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, Para leer al pato Donald, sociología y política. Otra vez sucedió que una señora dijo, Tenés el libro sobre el holocausto judío escrito por Ana Karenina... es una chica que vivía en un sótano; sin palabras. Anécdotas que divierten y no tanto, depende desde dónde se las mire, y por eso hace falta que alguien las mire, alguien las anote, ahí el librero que hoy está desapareciendo. Hoy en las librerías se puede encontrar un empleado que no sabe cómo es un libro de editorial Losada, o alguien que pregunta cómo se escribe Rilke mientras sus deditos ansiosos sobrevuelan el teclado de la computadora. Pero hay más, doy fe que en algunas librerías de Buenos Aires el aspirante a librero se ve obligado a ciertas cuestiones que poco tienen que ver con una concepción mínima del buen librero. La librería posmo está dividida en corralitos, y aquel que vende novelas pues no podrá vender un libro infantil; el cliente podrá pedir Peter Handke, pero una vez que cumplió con el pedido, el aspirante debe indefectiblemente ofrecer el libro que el local tiene en promoción (entiéndase el título de la editorial con la que arreglaron mejores condiciones, así la disputa en el mundillo editor), y que en ese momento puede ser un libro de Bucay; la negativa a ofrecer el libro adicional trae aparejado un problema para todo aspirante que todavía tenga alguna reserva de lógica y ética, entiéndase, al final del día se da un ranking sobre quiénes en el local hicieron bien los deberes y quiénes no; el aspirante está obligado a vender un cupo de ejemplares diarios del libro marcado y está obligado a sonreír; el aspirante deberá rotar entre los distintos locales de la firma, así nadie logra reeditar el contacto humano, la visita, el saludo, que es uno de los premios que gana el librero. En estos días la flecha del tiempo apunta a aparentar; aparenta y serás. Podés estar parado en el salón de ventas de una librería e intentar, pero va a estar difícil porque tenés las manos llenas de planillas para afiliar clientes a la tarjeta del club de la librería (no te olvides, 15 por día, de lo contrario a cucha), y porque al parecer Buenos Aires pretende arreglárselas sin barómetros. Ahora que escribo pienso que quizá sea lo correcto, porque hay tan poca idea, tan poca charla, qué triste, tan poco aire.

Enero 2004

Publicado en el periódico "Desde Boedo"

Por Edgardo Lois

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