Hace un tiempo estuve leyendo una serie de artículos en la revista digital de cultura cubana La Jiribilla (número 317 del 2 al 8 de junio de 2007) que tratan el tema de la literatura y el mercado en Iberoamérica, artículos cuyos autores son los cubanos Senel Paz, Laidi Fernández de Juan, Jorge Fornet, Daniel García e Iroel Sánchez; y además la española Lucía Etxebarria). Con el decursar del tiempo y las experiencias vividas en este terreno, releí los artículos y comencé a inquietarme, preguntándome una y otra vez: ¿Acaso a todos los escritores no nos atañe en una u otra medida este tema? ¿Acaso no estamos obligados a pensarnos a nosotros mismos en cualquier lugar que vivamos?
Y como los articulistas cubanos brindaban sus experiencias desde la capital de nuestro país, yo acabé por decirme que se estaba dando una experiencia muy válida y necesaria como información, que todos debíamos saber. Pero también me dije que faltaba preguntarnos qué les sucede a los escritores que no viven la realidad de las grandes editoriales ni las capitales de un país (sean cuales sean las razones) y sobre todo, cómo se manifiestan los factores no literarios en la literatura de ficción (en lo adelante para abreviar, "literatura") de manera específica.
De ahí que mi inquietud acabó por convertirse en este artículo que hoy comparto con ustedes.
Sobre la literatura que se hace en la actualidad, influyen además de los factores puramente literarios (el talento de cada autor en particular y el conocimiento técnico que puede adquirir por medio de estudios, entre otros), los que se han dado en llamar últimamente factores extraliterarios.
Sin pretender enumerar de manera exhaustiva estos últimos, me ha parecido conveniente evaluar algunos porque quien se dedique a la literatura de manera directa (como autor) o indirecta (como promotor) no deberá desconocerlos. No para cambiarlos, porque están establecidos ya por los diferentes grupos de poder culturales que han ido surgiendo y gobernando a lo largo de la historia del arte y la literatura, sino porque al conocerlos podrá trabajar con ellos y acercarlos a sus intereses.
Podríamos decir que los factores extraliterarios comienzan desde el mismo momento en que la obra sale de las manos del autor. Mientras éste mantiene su texto absolutamente inédito (nadie más lo conoce ni siquiera en manuscrito) no existe para mí literatura por cuanto no hay comunicación con los lectores. En mi criterio, los factores extraliterarios comienzan a influir sobre el texto cuando el mismo es leído al menos por un lector. Esa comunicación, esa existencia de una emisión y una recepción es lo que comienza a darle a lo escrito categoría de literatura que se está convirtiendo en mercancía.
Que luego llegue a ser literatura válida en el tiempo indudablemente dependerá en parte de la calidad literaria de lo escrito, del texto en sí mismo. La otra parte la completarán los factores extraliterarios que yo deseo evaluar aunque sea muy brevemente. Considero que los más importantes son:
Los propósitos del autor. Hay quien dice que escribe para sí mismo y yo no voy a discutir ese derecho, pero sí voy a decir que nadie escribe para no ser leído. Aún aquellos que llevan un diario íntimo, lo hacen con el afán de que un día, quizás cuando mueran o cuando ya sean tan viejos que nada los dañe, los demás puedan enterarse de qué pensaba en realidad, cuáles eran los intereses que lo movían. Se puede escribir además por considerar que la literatura aporta algo al mundo que nos rodea, ganancia en el sentido económico, político o social, y eso es una ilusión porque la literatura lo único que adiciona al mundo que nos rodea es ficción literaria, porque no derrumba un gobierno ni sana heridas emocionales, no conquista corazones ni transforma al pecador.
Lo real es que quienes tienen talento para hacerlo, escriben por unas pocas razones aun cuando no lo quieran admitir. Por deseos de acumular fama o dinero, por el secreto deseo de demostrarles a los demás ese talento o por vanidad personal. Para mí, no cuentan el desahogo personal, el amor a la mujer amada o como dicen algunos la necesidad espiritual.
Desde luego, al final de la vida los escritores comprenden que todos esos propósitos no son más que vanidad de vanidades porque desaparecido el individuo de la tierra, poco a poco comienza a ser olvidado.
El editor y el falso editor. En esta cadena extraliteraria, después que el autor decide desprenderse de su obra narrativa para hacerla circular, deberá enfrentarse a una entidad natural o jurídica relacionada con la edición del texto. Si se trata de una editorial, quienes la dirigen serán un valladar para el autor, porque son ellos los deciden en última instancia lo que se publica y lo que no se publica, bien sea por intereses económicos, políticos o sociales pues con todo derecho adquirido ejercen un efecto de censura. No encarar desde este punto de vista el papel del editor sería aplicar la perogrullesca política del avestruz. Pero me parece evidente que cualquier editor está obligado a velar por sus intereses, los que son en mayor extraliterarios, por no exagerar y decir que lo son en su totalidad.
El falso editor sería entonces aquel individuo con determinado poder en el mundo de la literatura (y digo poder que no conocimientos literarios) el que luego de leer un texto literario, o de escuchar criterios ajenos sin llegar a leerlo, comienza a promover de manera oral a su autor: también es este un factor no poco considerable en aquellos lugares donde prevalecen talleres, grupos u organizaciones literarias.
La característica de la edición. Una vez impreso el libro, lo primero que enfrenta el texto es al público lector. Y los lectores se guían para decidir su lectura, por varios criterios de medida, entre ellos:
-Si conocen otro libro o no del autor. Si lo conocen y les gustó, suelen arriesgarse con mayor facilidad a la lectura de una segunda obra del mismo.
-La portada y la contraportada del libro: generalmente, libros vistosos en su exterior son más tentadores que algunos cuyo diseño o fachada deja mucho que desear.
-El título del libro, que constituye una especie de pórtico del mismo.
-El precio, porque algunos resultan de manera objetiva inaccesibles para un lector en particular por mucho interés que tenga en la obra.
-La nota de contracubierta; casi ningún lector arriesga su escaso tiempo si no tiene al menos cierta seguridad de que va a leer un libro que vale la pena en relación con sus gustos e intereses.
-La crítica especializada. Realmente existen autoridades en la materia que resultan atendibles, aunque desde luego, advierto que un crítico en particular puede equivocarse. Soy enemigo del principio de autoridad.
-La recomendación de otro lector, porque en toda lectura influyen los gustos de la época y cuando otro lector comienza a revelarnos el tejido interno de una obra, podemos decidir si nos va a gustar o no. Eso de decir que solo se lee la literatura de calidad es un error que se puede comprobar con toda evidencia evaluando las cifras reales de los libros más vendidos, que son casi siempre los más populistas aunque carezcan de calidad alguna o sea muy inferior a la de otros libros en venta.
-La promoción de los grupos de poder, que ejercen una influencia extraordinaria sobre los lectores en potencia por el mecanismo de sugestión, más que por el de la razón.
La crítica literaria. No voy a cometer el error de afirmar que la crítica literaria carece de valor, pero sí voy a decir que diferencio una crítica especializada de otra que llamo crítica parcializada.
Para mí la crítica especializada es la honesta, aquella que si se enfrenta a una o varias obras las evalúa con seriedad, sin guiarse más que por factores de calidad y por tanto puramente literarios. Pero cuando alguien entra a considerar factores extraliterarios durante el análisis de una obra determinada, ya sean de carácter económico, político o social (y perdonen que lo puntualice) ya se convierte para mí en un crítico parcializado.
Entre los críticos parcializados incluyo a aquellos que sin jugar el papel profesional de críticos literarios determinan reconocimientos o estímulos de cualquier tipo para los autores, es decir, personas con suficiente poder como para determinar quién sí merece ser llamado escritor y quien no lo merece. Estos críticos generalmente juzgan de oídas, por lo que les informan otros que saben algo de literatura pero que en ocasiones se dejan arrastrar por pasiones (odios, envidias, rencillas, todos factores muy humanos) y por lo tanto pierden por completo la perspectiva. De ahí que no siempre los autores más promovidos son los de verdadera calidad literaria.
El mercado. Los escritores no deben obviar la relación entre literatura y mercado. ¿No se escribe acaso por oficio? ¿En algún lugar del mundo se vive sin dinero? Creo que el único que acaba por aceptar que el escritor no tiene que ver nada con las cuestiones de la economía, es el escritor que se deja aplastar por los criterios de aquellos que manejan la economía y lo convierten a él en su asalariado.
Sin embargo, el mercado es real. Existe a nivel mundial toda una cadena de agentes literarios, editores, imprentas, promotores literarios y otros oficios que suelen aprovecharse de aquellos autores que logran la fama (ya hablamos de su inutilidad, aunque no dijimos que de todas maneras la fama es algo bien tentador porque eleva la autoestima del individuo y además, no deja de abrirle algunas puertas), y lo que buscan los integrantes de la cadena es un solo objetivo: ganar dinero o acumular poder, en dependencia de las relaciones que se establezcan en una sociedad en concreto.
Existen otros factores extraliterarios que muchas veces sin ser muy evidentes sí determinan qué autor se considera un buen escritor y cual es catalogado como un simple emborronador de cuartillas. Dentro de un conglomerado de esos factores que inciden de manera directa en la aceptación de un libro, conjunto de ellos o de un autor específico, existen algunos quizás no muy estudiados pero que merecerían un ojo crítico sobre ellos, por cuanto la experiencia refleja que ejercen influencia en ciertas decisiones y selecciones que atañen a la vida material y espiritual de los autores.
Quizás otros escritores no coincidan con estos criterios que les he expuesto. Ojalá que sea así, pues la uniformidad literaria sería lo más parecido a la (aborrecible) República Panglosiana.
Andrés Casanova
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