Jorge Luis Borges ha recreado la realidad porteña construyendo un universo literario que se cuenta entre los mejores logros del vanguardismo de América Latina.
Aunque resulta imposible reseñar en unas pocas líneas la complejidad de las respectivas literaturas nacionales latinoamericanas, cabe destacar los dos puntos centrales del vanguardismo americano: su punto de conexión con las literaturas europeas, especialmente con la española, y la aportación de un elemento autóctono, la revalorización de lo indígena, que teñirá de muy variados matices el indigenismo vanguardista de todo el continente.
Aparte de la influencia de Huidobro, el gran engarce con el ultraísmo es la obra de Jorge Luis Borges, tan ligado a Guillermo de Torre (quien se casará con su hermana Norah), y al que se debe una proclama antirruberiana (mayo de 1022) y la creación de un primer grupo ultraísta argentino, formado por Piñeiro, Roberto A. Ortelli y Norah Lange. Revistas de la vanguardia argentina fueron Proa (1924) y Martín Fierro (1924), y entre los escritores cabe señalar a Oliverio Girando y Francisco Luis Bernárdez.
El vanguardismo chileno se tiñe muy rápidamente de un compromiso político del que debe responsabilizarse la máxima figura de las letras chilenas: Pablo Neruda, director de las revistas de vanguardia Vórtice y Caballo de Bastos. Igualmente, merecen destacarse las revistas uruguayas La Cruz del Sur y, desde 1929, Alfar. Pero donde el vanguardismo dará, en unión al cultivo de las formas poéticas y musicales indígenas, sus más famosos frutos será en el Caribe, especialmente en Cuba y Puerto Rico. Retengamos a título de muestra los nombres de Alejo Carpentier, José Lezama y Nicolás C. Guillén quien, por raza y cultura, es portavoz espontáneo de aquel elemento negro que los cubistas reivindicaban a distancia. Por el contrario, no parece que México fuera muy receptivo a los movimientos de vanguardia, si hacemos excepción de Diego Rivera, cofirmante (aunque no coautor) del manifiesto del arte independiente redactado por Trotski y Bretón en el año 1938, y de la figura de Octavio Paz.
En torno al compromiso
¿Hasta qué punto pueden considerarse las literaturas "comprometidas" auténticos movimientos de vanguardia? y ¿qué significa el término "compromiso"? Conviene deshacer aquí algunos equívocos previos. Debe recordarse que la reivindicación de la literatura en tanto que engagement o compromiso encuentra sus raíces en el pensamiento personalista de corte cristiano, previo al existencialismo y al realismo crítico de la segunda posguerra. El compromiso es una postura ética consecuencia de un planteamiento filosófico conforme al cual el hombre se define frente al mundo, la acción, los hombres, el amor y la muerte. Con su obra, el escritor compromete su dignidad y su conciencia. Entre la especulación filosófica del personalismo y la didáctica propaganda seudoliteraria del realismo socialista se abre un amplio espectro de obras y autores "comprometidos". La literatura, para ellos, es expresión y producto de este compromiso: no es un lenguaje autónomo, obra autosuficiente, "ensimismada". En esto se diferencian del compromiso político de futuristas rusos o italianos y del de los surrealistas franceses.
Pero ¿son vanguardia? La respuesta es ambigua. Cuando el compromiso conduce hacia atrás, hacia un cultivo de los postulados naturalistas, no lo es objetivamente, aunque sea expresión de una sensibilidad vanguardista que tuvo que definirse frente a la presión histórica de los años treinta y siguientes. Cuando el compromiso carga el acento de la meditación sobre la crisis de la literatura, se están planteando los mismos problemas que las vanguardias "clásicas", aunque desde un punto de partida y llegada diferentes. Su meditación es vanguardista. En realidad, como es evidente en el existencialismo, sus conexiones con las vanguardias anteriores y posteriores son muy profundas.
Movimientos literarios de vanguardia (Salvat Editores, 1974)