Sociedad & literatura: El cine, la escultura, la literatura, las artes en general y la gente son fieles reflejos de una sociedad.

Hasta ahora se discute sobre la suprema autoridad que ejerció el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia en el Paraguay. En torno a su figura se levantan los cuestionamientos y las aprobaciones. Enconos y plácemes.

“Corrían peligro la autonomía y la soberanía de la patria, pues el país, agobiado por los conflictos territoriales, estaba muy cerca de convertirse en una provincia de la Argentina”, dicen, palabras más, palabras menos, los defensores de la política implacable, del mando radical del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia.

Los límites territoriales no se hallaban bien definidos después de la destitución del gobernador español Velasco. Las sombras conspiradoras no cesaban; antes bien, se agigantaban a partir de aquel 1811. Conformado el Triunvirato se desataban luchas intestinas que derivaban en sangre, persecución y cárcel.

Ningún otro poder que él mismo, que su ojo —siempre— vigilante era suficiente garantía para el supremo dictador del Paraguay.

José Gaspar Rodríguez de Francia ejerció el poder absoluto sobre un pueblo confinado a la ignorancia y al miedo.

Esto, grosso modo, es el ambiente, el reflejo de una sociedad que recupera para las letras el escritor Augusto Roa Bastos en su novela Yo el Supremo.

A través de un lenguaje barroco, denso, calculado frase por frase, el perfil del dictador se asoma en el libro del autor, constituyéndose en el principal referente de la literatura del Paraguay.

Según mi modo de ver las cosas, el destino de las letras paraguayas hubiera sido avasallado por el polvo de la indiferencia sino fuera por la obra maestra de Roa Bastos, quien tan bien delinea, marca y remarca los hábitos, la historia, las vicisitudes, las peculiaridades, los conflictos, las caídas y las resurrecciones de un pueblo.

La pena de los esclavos

En los Estados Unidos, norteños y sureños se enfrentaron en una guerra civil (1861- 1865).

Los norteños eran abolicionistas. Los sureños estaban a favor de la esclavitud.

La esclavitud generaba ganancias cuantiosas; la mano de obra proveída por los negros (se tomaba, a veces, la irracional idea de que los tales eran seres sin alma para justificar su explotación) era gratuita y estaba a la venta.

Religiosos, pastores, hombres públicos respetables, políticos de prestigio, pregoneros del amor, de la caridad y del respeto al prójimo, hipócritas en general, contaban en sus propiedades, en sus plantaciones de algodón, con cientos de hombres de color que trabajaban apremiados por el látigo. Expuestos a sanciones severas si flaqueaban, condenados a trabajar de sol a sol, muchos de ellos perdían su vida miserablemente.

Harriet Beecher Stowe nació en Connecticut (Estados Unidos) en 1811. Su padre era un pastor de almas. La novelista contrajo matrimonio con un religioso. Esta la mínima reseña de una escritora que reflejó valientemente el amargo sabor de la vida asfixiada por la esclavitud.

La ley de 1850 que obligaba a las personas a denunciar a los esclavos prófugos empezó a alentar la rebelión en el espíritu de la novelista.

Harriet Beecher Stowe, abolicionista, mujer de profunda formación cristiana, escribe una novela inspirada en el sufrimiento y en la desdicha de los esclavos.

Concibe la escritura del libro (que va apareciendo por entregas periódicas en el periódico The National Era) como un punto de partida para la reflexión de la sociedad y la reversión de la perversión humana.

Nace así La cabaña del tío Tom; nace una historia, la de la familia Shelby, que posee numerosas plantaciones en Kentucky. Los Shelby, frente a la pérdida de cuantiosas sumas de dinero, se ven en la obligación de vender a una esclava y su niño (ellos escapan sorteando la persecución y encuentran, finalmente, la libertad) y a Tom, el más querido de los esclavos de la familia, quien muere entre penalidades y suplicios.

La obra, que tiene sus excelentes momentos literarios, su sostenido vuelo místico (así como sus informes fieles sobre casos de autoeliminación de negros sometidos a vejámenes) es un llamado ferviente a la piedad y a la conmiseración y es, también, un elemento determinante en el desencadenamiento de la Guerra de Secesión.

Dijo Abraham Lincoln que Harriet Beecher Stowe fue la mujer que ganó la guerra.

El beso de la mujer araña

Existe un libro que ha sido un verdadero “escándalo” en la fecha de su publicación. Me refiero a El beso de la mujer araña, del escritor argentino Manuel Puig.

Cuenta el autor la existencia dura dentro de una celda de un homosexual y un activista político. La obra se ubica en la época del régimen militar argentino de la década de los setenta, ligado a cautiverios, secuestros y desapariciones de personas.

La sociedad porteña se vio interpretada en estos dos protagonistas extremos, si bien esa misma sociedad es la que los suprime con salvajismo.

Cierto es que la venta del libro se prohibió en la época de su aparición (1976). Pero también es cierto que la obra dejó al descubierto el rostro demasiado maquillado de una sociedad que marginaba a quienes se atrevían a tomar rumbos distintos del denominador común.

La novela sobrevivió a todos los confinamientos en el plano literario. Manuel Puig se convirtió en un escritor consagrado.

El beso de la mujer araña es un clásico de la literatura hispanoamericana.

Fue llevada al cine en los Estados Unidos.

Los nidos
(Un poema de Víctor Hugo)

Cuando el soplo de abril abre las flores,
buscan las golondrinas
de la vieja torre las agrestes ruinas;
los pardos ruiseñores
buscando van, bien mío,
el bosque más sombrío,
para esconder a todos su morada
en los frondosos ramos.

Y nosotros también, en el tumulto
de la inmensa ciudad, hogar oculto
anhelantes buscamos,
donde jamás oblicua una mirada
llegue como un insulto;
y preferimos las desiertas calles
donde la turba inquieta
en tropel no se agrupa; y en los valles
las sendas del pastor y del poeta;
y en la selva el rincón desconocido
donde no llegan del mundo los rumores.

Como esconden los pájaros su nido,
vamos allí a ocultar nuestros amores.

Traducción de Salvador Díaz Mirón

Publicado en el peródico ABC Digital por

Por Delfina Acosta

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Gacela del amor imprevisto

Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.

Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.

Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,

siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.

Federico García Lorca

Diván del Tamarit (1936)
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