Justicia poética: El sueño del señor juez. Carlos Gamerro. Sudamericana, 2000. 160 pág.
La literatura nacional tiene entre sus adalides a escritores que ostentan una obra compacta, consecuente y que, como en el fluir de un mismo río, se continúa libro a libro. Basta recorrer las páginas de las obras de Juan José Saer, Andrés Rivera o Héctor Tizón para reconocer siempre, a cada nuevo paso y con renovada fuerza, la misma respiración y las mismas obsesiones que los hacen inconfundibles e iguales a sí mismos. Este no es el caso de Carlos Gamerro, que tras una novela desmesurada, fuertemente anclada en el presente y de ritmo vertiginoso como Las Islas (Sigmur, 1999), nos sorprende con una historia de igual factura pero que poco y nada tiene que ver con aquel excelente thriller que la editorial Norma planea reeditar en el 2007. Dueño de un estilo propio –y por lo visto, presto a cambiarlo cuando el contexto en el que sitúa la acción así lo demanda– este gran escritor, dúctil como pocos, da vuelta la página a la breve historia de su proyecto narrativo. Con un ritmo moroso e hipnótico nos entrega una novela alucinante situada en la pampa del siglo diecinueve. Allí explora los dislates de la historia nacional a través de las peripecias de un pueblo que sufre las disparatadas arbitrariedades de un juez de paz incapaz de distinguir el sueño de la vigilia.
Como Andrés Rivera y Eduardo Belgrano Rawson, y más cerca de escritores de su generación, como Martín Kohan (El informe,1997 y Los cautivos, 2000), Leopoldo Brizuela, (Inglaterra, una fábula, 1999) y Federico Jeanmarie, (Montevideo, 1997); Gamerro se suma a un grupo de jóvenes autores que retoman la historia nacional del siglo diecinueve desde un lugar, por momentos irreverente, por otros nostálgico, pero siempre nuevo y provocador.
Urbano Pedernera, Juez de paz de Malihuel, ciudad imaginaria a la sazón de la Yoknapatawpha de Faulkner o de la famosa Santa María de Onetti, se levanta de su cama sobresaltado por haber soñado que Rosendo Villalba, uno de los habitantes de esta ciudad en ciernes, orinaba las paredes recién pintadas de su juzgado. Semejante falta de respeto a la autoridad –que poco importa que haya sido en sueños, ya que el juez cree que esto sucedió efectivamente– basta para su arresto. Ante este episodio como reguero de pólvora se extiende el temor a todos los habitantes de este ex–fuerte devenido ciudad. Todos, con sorpresa, se percatan de que la materia de sus sueños puede condenarlos. De aquí en más todos sospecharán de sí mismos y temerán convertirse en las próximas víctimas de crímenes y desacatos que sin saberlo han hecho o harán en los sueños del juez de paz.
La primer parte de esta obra dividida en tres secciones narra los sueños de este atroz y por momentos patético personaje, en los que intervienen, por supuesto, los pobladores que luego serán apresados. También se ocupa de los pesares del gauchaje que, en principio, resiste perplejo ante semejantes disparates, pero que luego comienza la resistencia con artilugios no menos disparatados, como la memorable conflagración onírica que planean todos para vengarse del juez mediante un sueño colectivo. De esta forma el imaginario popular, lleno de creencias mágicas y animistas, de supersticiones, oráculos y gualichos, se pone en acción en el marco de un realismo mágico que recuerda al mejor García Márquez, según el autor confesara, uno de sus autores preferidos. En este marco, todos los habitantes, incluso el juez y el cura, harán conjeturas sobre el significado de los sueños. No aceptarán que “en este revés de la trama del mundo todos los hilos estaban confundidos y en el azar de su desorden formaban figuras que la mente rechazaba con pavor”. Ante el desorden de los sueños visto con los ojos de la vigilia y con los pálidos recuerdos de la memoria, en uno de los pasajes más gratos y divertidos de la novela, todos irán descifrando las escenas nocturnas y armando teorías sobre ellas, una más desopilante que la otra.
Esta trama en la que de principio a fin el sueño se confunde con la realidad, en donde la fábula se cruza con la crítica social –puntualmente la referida a las condiciones del gaucho víctima de las levas y otras arbitrariedades del poder, o a los pesares de una indiada famélica– es la que estructura toda la obra. Gamerro teje historias valiéndose tanto de los relatos orales, de las leyendas y el mito, tan presentes en los pobladores autóctonos de la Argentina naciente, como de la reescritura del género gauchesco, las sagradas escrituras, las referencias al Siglo de oro español –explícitamente a Góngora y su célebre “El sueño, autor de representaciones,/ en su teatro sobre de viento armado,/ sombras suele vestir de bulto bello”–, a Shakespeare y Sarmiento. Como en las Islas, no desdeña la cultura popular, todo lo contrario, es ella el motor formal de El sueño del señor juez, por la mímesis del registro oral y por una prosa que remeda la respiración de los cuentos orales; tanto como el nudo temático, por la importancia dada a lo esotérico y lo telúrico.
Ya en la segunda parte de la novela, tras ver morir a su amigo Musurana a manos de una partida del Juez de paz, tras sufrir la humillación y buscando revancha, Rosendo Villalba abandona el poblado, su mujer y sus hijos. Incursiona en la pampa desértica. Allí se encuentra con personajes fantasmales: con indios hambrientos y con soldados maltrechos y harapientos que siguen cavando la zanja de Alsina. De otra manera, ya no desde el cruce entre sueño y vigilia como lo hizo en la primera parte y lo hará en la última, la realidad se torna difusa. Lo milagroso, las alucinaciones y anunciaciones envuelven a Rosendo y a los otros personajes. La magia cubre lo real, pero sin por ello mermar un ápice la crítica social. Anacronismos sugestivos como la cautiva anarquista, a los que se suman anacronismos léxicos: las arbitrariedades de “los milicos” que “por las dudas fusilaban a todos”; sirven para mostrar una realidad que por fantasmática no deja de ser cruel y amarga. Como en la deslumbrante novela de Leopoldo Brizuela Inglaterra, una fábula, este excelente escritor logra una fusión altamente productiva: consigue hacer inseparables dos ámbitos que parecerían imposibles de unir, la crítica social y el relato mítico y onírico.
En la última sección Gamerro retoma la figura del juez y sus devaneos, esta vez, en la casa de prostitutas. De aquí en adelante no sólo el protagonista de esta historia estará perdido entre el sueño y la vigilia, sino también el lector, y este es otro logro de esta novela, más que un traspié. Gamerro, recurriendo al mundo mítico en el que tampoco hay pena que quede impune, explorando, ya no el tono irónico y mordaz de Las islas, sino la retórica de la fábula y del sueño, y en esta última estancia recuperando al Wilcock de El caos, cuanto menos hará justicia poética.
Gamerro ha dejado atrás el estigma que pesa sobre todo escritor novel: el anhelo de decirlo todo, de demostrar que domina La Biblioteca. Con El sueño del señor juez nos entrega una novela austera, en la que, por medio de una historia mínima logra iluminar toda una zona de nuestra historia nacional, sin prejuicios, binarismos empobrecedores e impostados acentos.
Por Hernán Sassi
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