En la otra puerta

Una invitación a un viaje

Cielo de invierno es como recibir una invitación a un viaje. Un viaje con peligros y resabios.

Una invitación a un viaje

“Todo es pasado que vuelve para morder las heridas. La memoria calla lo que alma ampara. Ningún cuerpo resiste aquel asalto, la pérdida que hostiga, el sueño sofocado. Cada acto del hombre alimenta un pasado amenazante”. Ricardo Cardone.

Leer la novela Cielo de invierno es como recibir una invitación a un viaje. El viaje que emprende Román hacia Neuquén, hacia donde lleva una mudanza. Un viaje que atraviesa la pampa, el desierto y las montañas patagónicas. Un viaje con peligros y resabios, con promesas y pequeñas recompensas.

Todo aparenta ser casi rutinario para Román quien, por su oficio de camionero, está acostumbrado a las rutas y a sus desconciertos. Pero lo que parece un viaje más se va convirtiendo en un camino que parece no ir hacia adelante, un camino que puede medirse más allá de las distancias y los recorridos, un camino como un misterio con personajes dispares y leyendas que se corporizan, un camino como el ladrido feroz de un perro asesino o como el juego cariñoso de un perro blanco, un camino como la voz de Atahualpa Yupanqui (“Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto”).

Si el hombre es un adiós, es porque siempre se va despidiendo de todo y de sí mismo, un adiós que va recorriendo caminos en el que los tiempos se superponen, establecen paralelismos, se distorsionan, se transfiguran y se reencuentran en mojones donde la nieve se conjuga con la lluvia, con la muerte y con el viento

Y entonces ni el tiempo ni las distancias son tan lineales como pensábamos. Por eso, los planteos fantásticos de Stevenson (uno de los escritores preferidos de Borges), de Bioy Casares y del propio Borges se conjugan en este viaje que -como Susana Gil dice en el prólogo de su novela- “es tiempo, es luz, es sombra, es sueño, es duda.” Es esa duda, esa extrañeza, lo que hace trastabillar nuestro sentido más ortodoxo de un tiempo lineal, para hacernos desconfiar frente a la posibilidad de un tiempo con múltiples facetas, en el que son posibles los imposibles encuentros y las más disímiles concordancias.

En cada página de ese viaje, Ricardo Cardone demuestra que es un gran narrador, que puede relatar de una manera casi cinematográfica, a través de un narrador casi omnisciente que es como el ojo de una cámara que muestra lo que hay que mostrar y oculta lo que hay que esconder para mantener la tensión narrativa y el interés del lector. Por eso uno sale de la novela lleno de imágenes, de ambientaciones, de lugares, de personajes, de música… Uno sale con ganas de escuchar jazz o detenerse en las creaciones de Atahualpa Yupanqui. Uno sale interpelado, cuestionado, como se sale de una trampa o de un interrogante que no nos deja ilesos.

Cielo de invierno (Ediciones Ruinas Circulares, 2021) es una invitación a recorrer los subterfugios del tiempo y a poner en juego nuestras convicciones.

Por Daniel Ruiz Rubini

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Las calles

Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso
y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas singulares las pueblan,
únicas ante Dios y en el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el Oeste, el Norte y el Sur
se han desplegado -y son también la patria- las calles;
ojalá en los versos que trazo
estén esas banderas.

Jorge Luis Borges

Fervor de Buenos Aires (1923)
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