Nira Etchenique, pagana y dichosa:
Nira Etchenique dijo, ¡Qué linda remera!
Estábamos en el café Margot, era la primera vez que veía a Nira en persona, su nombre poeta se hacía cuerpo sobre la pared del café que da al pasaje San Ignacio. Sobre esa pared, Nira dejó su primera huella en mi presencia, como si entrara y saliera del mismísimo sueño.
Hasta ese momento yo no sabía que llevaba sobre mi persona, a la izquierda de mi pecho, en la remera, la imagen de cuatro anfibios urodelos, que quiere decir que tienen cola y generalmente cuatro patas. Este tipo de urodelo mide unos veinte centímetros de largo, y la mitad aproximadamente se los lleva la cola; es de piel lisa, de color negro y con manchas amarillas.
Mis cuatro urodelos, según los cabalistas, son seres fantásticos, y éstos portan y prometen el espíritu elemental del fuego. Llevaba cuatro salamandras sobre mi remera cuando Nira dijo lo que dijo y nos conocimos; corría el 2003.
Nira Etchenique tenía en sus manos su último libro, Judith querida; ella hablaba con el poeta Rubén Derlis de ediciones, luchas, imposibilidades y editores, éstos últimos, unos seres especiales, aunque para nada fantásticos. Nira trabajaba en ese momento de autora y editora que se preocupa por la difusión de la novela autobiográfica que acababa de dar a conocer; por las dudas, se aclara que ella no era la dueña de la editorial Corregidor. Los editores duermen a la sombra mientras algunos escritores son los que salen al sol en el corazón mismo del fuego, [...] Yo no sabía que el arte no entra por el alma sino que lo primero que toca es el cuerpo y lo avasalla, lo despierta, lo somete. Yo no sabía que el arte nos hace paganos y dichosos. Y está bien que no lo supiera, porque estos descubrimientos deben ocurrir en secreto, como en penitencia.
Recuerdo que cuando adolescente y algo más leí un libro, Grandes enigmas del cielo y de la tierra de Alejandro Vignati y Andreas Faber Kaiser. Fue en esa lectura que tuve la primera noticia sobre las salamandras humanas. En mi sed de misterios de aquellos años el tema hizo su marca, y se fue gubia adentro en la memoria. Estas salamandras humanas se recibían como tales en el momento único de su muerte. Personas que de repente se prendían fuego y cuyos cuerpos se consumían hasta las cenizas.
Cenizas era lo que se encontraba, y el fuego nunca afectaba el paisaje testigo de la combustión. Explicaciones químicas y no tanto, nunca alcanzaron; el hecho era que una persona se había hecho fuego y ceniza en la tranquilidad de su casa. Estas combustiones llevan nombre y apellido, y están registradas con signo interrogante en muchos barrios del más allá de Boedo.
Después de leer la inolvidable Judith querida, luego de recuperar la capacidad de la lectura, encontré en una mesa de oferta, un libro por un peso, Persona, la novela de Nira sobre la que sólo había oído hablar. Editada en 1979 por editorial Sudamericana, la historia es un desgarrador recorrido por la relación padre / hija; ella entrando y saliendo del infierno; ella con movimientos de alma y escuchando las voces de los muertos, mientras su padre agonizaba. Transcurre en el año 1975, un año de Triple A y otras yerbas, un año de ejército montonero y guevaristas en el monte tucumano; de la novela guardo un fragmento del miedo, [...] Todo conduce a él en un sufrimiento inútil. Aparece como una enajenación, es un descubrimiento doloroso que nos revela las débiles consistencias de nuestra naturaleza enfrentada al horror sin la posibilidad de reflexionar. Es un asalto brutal que nos empobrece rápidamente y hace vulnerable el instinto. La realidad nos impide tomar distancia para observar el contenido de la conciencia. El rostro del miedo se multiplica en noches infinitas sacudidas por el contraste sin referencias de viejas raíces podridas que alimentábamos en secreto, y temblores que impiden encajar las viejas experiencias en un modo desgarrante de padecer y de vivir.
¿Este es nuestro país, nuestra tierra? El miedo nos empapa y rezuma. La calle levanta atmósferas amenazantes que transportamos en la intimidad, es un eclipse de la razón que lame nuestros pasos. Taparse los ojos, algodonarse los oídos. No hay amuleto contra el miedo. Veremos, oiremos por las células, por los poros, crujiendo y vomitando como los médium de un sacrílego rito.
Sólo en los amaneceres encontramos algo de paz. Entumecidos por el cansancio aceptamos dormir. Hasta allí llegarán los coletazos del miedo y los sueños serán pequeños roedores que desgastan el corazón creando con los restos de nuestra energía las pesadillas que acabarán por consumirnos. Al despertar preguntaremos azorados qué parte de nosotros mismos hemos perdido, cuántas deberán aún seguir cayendo en esta extenuante batalla contra el miedo. Agotados, enfermos, entraremos día a día en pequeños instantes de vitalidad –miserable tregua de la que extraeremos, como pordioseros, la voluntad estratégica de sobrevivir.
Todos envejecemos hasta comprender que es preferible sufrir el espantoso estremecimiento de un hecho antes de soportar su espera. Es entonces cuando se produce la colisión. El miedo desaparece. Su lugar será ocupado por la persona.
Tambaleamos al borde de un abismo intemporal. Preguntamos quién es nuestro enemigo. Preguntamos, preguntamos, preguntamos. ¿Me matarán por pensar, me matarán por escribir, me matarán por no creer en dios, me matarán por querer ser una persona? ¿Me matarán por saber, por oír, por ver?
Las palabras revientan sofocadas por aullidos, estallan en vómitos de coágulos contra las paredes de baldíos barriales en los que por las mañanas manos piadosas queman pelotas de trapos ensangrentados.
Las nubes asesinas no interrogan. Son la justicia de la barbarie.
En otra mesa de oferta, al parecer el lugar por excelencia para ciertas escrituras, encontré Diez y punto, a tres pesos una de las mejores poetas argentinas, Pregunto por la muerte; / este naufragio no nos salva siquiera de la vida / y camino sonámbula y golpeada / pregunto por la muerte. / Y la aventura, ¿por dónde te comió, / por dónde pudo entrarte la soledad un día / y sacarme de ti como un abrojo?. En este libro poema, Nira recorre su historia de amor con el poeta Mario Jorge de Lellis, su fiesta y su pena, Eras mío sin fin, / predestinado. / Fatal, oscuro y triste, melancólico. / En un día, no sé, de marzo antiguo / alguien se dio a nacerte para mí. Diez poemas en relato y un punto, No concedo perdón, quiero venganza. / Este libro es verdugo de mí misma. / Diez poemas de amor y de castigo / y un suicidio común que aquí nos mata. A la muerte del poeta, Nira, en Último oficio, escribirá, Sin dulzura ha de ser la despedida. / Necesaria nos es esta aspereza.
Nira incolora de tanta escritura tierra adentro, cuentan que es por ahí donde la tinta puede hacerse sangre, y en su caso, esa era su única manera de escribir, y de vivir. Al menos así la imagino.
Nos vimos tres veces en el Margot, hablamos otras tantas por teléfono. Tuvo las ganas y el tiempo necesario para leer el libro de quien está intentando formarse. Nira Etchenique tenía tiempo para la escritura nueva.
Cuando Nira murió el 6 de agosto de 2005, descubrí un recuadrito ínfimo, no más de cinco líneas de información, en el diario Clarín. En su último año de vida, ella sólo estuvo para los más amigos, se fue guardando en silencio mientras llegaba la última llama, luego la ceniza.
Fue en los días del después, en una de las pocas veces en que me animo a concurrir a una lectura, esto sólo ocurre cuando leen escritores y no los confundidos y eternos adoradores del micrófono, que escuché el poema Salamandras, parte de un libro todavía inédito, del poeta Leopoldo “Teuco” Castilla, Casi incoloras / reptan por los muros / con rápidos / movimientos de alma / mientras viajan por el azar / cuyo círculo / es una encrucijada. // Huellas de arena, vienen a tatuar la casa, / del infierno vienen / a jugar / a la luz. // Son carne de la luz. // En las paredes comen moscas y voces de los muertos. / Nadie las vio nacer, / caminan del otro lado del cristal / de lo real, / pueden entrar y salir de tu sueño / perversas, puras, descalzas. // Sólo ellas nos ven deshojarnos. / Primero nos juntan, / luego sostienen todo lo invisible / para que no estalle / cuando tú pasas.
De la mano amiga del Teuco llegué a este entramado de recuerdos y lecturas, de remeras y salamandras, de fuegos y cenizas. ¡Qué linda remera!, dijo Nira; ella, la que fue puro fuego de escritura humana, de argumentos desesperados que sólo encontraba en su cuerpo; ella, la que se hizo cenizas entre los amigos; ella en la tranquilidad del fuego y la memoria.
Cuando fui adolescente y algo más, en esos días en los que siempre creí descubrirme como un muchacho exclusivamente atrapado por los enigmas del cielo y de la tierra, se ve que además ya me preocupaba por la vida secreta de ciertos poetas. Acabo de darme cuenta.
Noviembre 2006
Publicado originalmente en el periódico "Desde Boedo"
Por Edgardo Lois
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