Un espacio cultural es naturalmente un espacio de vida. De vida compartida, entrelazada, en movimiento.
Un espacio cultural es un lugar para que una comunidad reavive su capacidad identitaria. Para que una comunidad se repiense desde su quehacer, desde su querer, desde su soñar, haciendo que interactúen pasado, presente y futuro en una constante búsqueda creativa.
La herramienta excluyente para que este acontecimiento, casi tribal, se concrete, es el lenguaje universal de la belleza con que el hombre ha sabido enaltecer su espíritu. La belleza en las formas y en lo profundo del contenido. La belleza capaz de resplandecer, aun en el horror, como una necesidad humana irrenunciable de decir de sí más allá de lo visible, de lo tangible, de lo posible.
La creación, sin duda alguna, es un acto de amor y como tal reúne a la comunidad en un intento superador y liberador como ningún otro estímulo.
Un espacio cultural le da amparo y marco a este estímulo. Le da sentido y referencia.
Este Espacio Cultural, en especial, abre sus puertas a la luz de la lucha, del amor, del compromiso con la vida que sólo pueden tener las Madres de la Plaza de Mayo.
Por eso se llama Nuestros Hijos, e irrumpe en la historia con el peso incuestionable de su propia historia y levanta la cabeza y se instala ante nuestros ojos y nuestra esperanza como una lámpara encendida que jamás apagará su llama.
Y nos convoca a construir un sitio intransferible para que donde hubo odio haya amor, para que donde hubo muerte haya vida.
Las puertas están abiertas y en su interior ya hay gente trabajando con alegría.
Bienvenidos.
Empuña su lanza Don Quijote
Los ojos surcan las parcelas del desierto
Salta Rocinante las cercas que las unen
Todo es arena tendida entre horizontes
Por delante, el portador de todos los destinos
Por detrás, aquél que lo despoja de la historia
Embiste Rocinante la arena con sus cascos
Fiel a la orden del noble caballero
No sabe Dulcinea del valor de tal hazaña
No sabe del valor de su nombre en el hidalgo
Son tres los gigantes invasores
Brotaron de la arena misteriosa
No amedrenta al caballero el devenir incierto
Giran las aspas como tiempo y giran
El viento arrastra las agujas del gigante
Consumen las horas escasas y fugaces
Cava el aire la lanza del Quijote
Clava el ojo de la inmortal saeta
Yace el gigante tendido en el desierto
Junto a él yace el tiempo detenido
Unge Sancho al valeroso caballero