En la otra puerta

Universidad Nacional de Mar del Plata

Universidad Nacional de Mar del Plata
Funes 3350
Mar del Plata
Buenos Aires
Argentina

Sus orígenes se remontan a las Escuelas Universitarias de Verano, donde se realizaban cursos, charlas y conferencias en dependencias de escuelas secundarias locales.

Todas estas actividades tenían como objetivo principal demostrar que era posible la creación de una Universidad, ya que la necesidad era manifestada permanentemente por los jóvenes que egresaban del secundario y debían emigrar hacia donde pudieran para continuar con sus estudios superiores.

Finalmente, el 19 de Octubre de 1961 por Decreto Nº 11.723 se dio creación a la Universidad Provincial de Mar del Plata, la que se convirtió en Universidad Nacional el 30 de septiembre de 1975 por la Ley Nº 21.139 sobre la base de la ya existente y la incorporación de la Universidad Católica de Mar del Plata.

En 1964 asume como encargado de la Biblioteca el Sr. Ricardo E. DRAULT, quien comienza a organizarla, aunque no disponía de personal especializado.

En 1967 el Sr. Enrique A. BELTRAME es nombrado a cargo del Departamento Bibliotecario. Se organiza la Hemeroteca

Augusto F. VASO es nombrado Director de la Biblioteca en 1969. Durante su gestión se crearon bibliotecas paralelas en otras facultades. Esta descentralización se debió a la falta de espacio y también a causas políticas.

En 1970, la Biblioteca Central se traslada al edificio de Maipú 5225, junto con las Facultades de Humanidades y la de Ciencias Económicas y Sociales.

De 1977 a 1991 el Profesor. Horacio ZABALA fue director y durante su gestión se centralizó, el material de todas las bibliotecas paralelas.

En abril de 1987 se inaugura el predio donde funciona hoy la biblioteca.

 

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    Por Daniel Ruiz Rubini

    El poema de hoy

    Muertes de Buenos Aires

    I

    La Chacarita

    Porque la entraña del cementerio del sur
    fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;
    porque los conventillos hondos del sur
    mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires
    y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte,
    a paladas te abrieron
    en la punta perdida del oeste,
    detrás de las tormentas de tierra
    y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores.

    Allí no había mas que el mundo
    y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras,
    y el tren salía de un galón en Bermejo
    con los olvidos de la muerte:
    muertos de barba derrumbada y ojos en vela,
    muertas de carne desalmada y sin magia.

    Trapacerías de la muerte -sucia como el nacimiento del hombre-
    siguen multiplicando tu subsuelo y asi reclutas
    tu conventillo de ánimas, tu montonera clandestina de huesos
    que caen al fondo de tu noche enterrada
    lo mismo que a la hondura del mar.

    Una dura vegetación de sobras en pena
    hace fuerza contra tus paredones interminables
    cuyo sentido es la perdición,
    y convencidas de mortalidad las orillas
    apuran su caliente vida a tus pies
    en calles traspasadas por una llamarada baja de barro
    o se aturden con desgano de bandoneones
    o con balidos de cornetas sonsas de carnaval.

    (El fallo de destino más para siempre,
    que dura en mí lo escuche esa noche en tu noche
    cuando la guitarra bajo la mano del orillero
    dijo lo mismo que las palabras, y ellas decían:
    La muerte es vida vivida
    la vida es muerte que viene;
    la vida no es otra cosa
    que muerte que anda luciendo.)

    Mono del cementerio, la Quema
    gesticula advenediza muerte a tus pies.
    Gastamos y enfermamos la realidad: 210 carros
    infaman las mañanas, llevando
    a esa necrópolis de humo
    las cotidianas cosas que hemos contagiado de muerte.

    Cúpulas estrafalarias de madera y cruces en alto
    se mueven -piezas negras de un ajedrez final- por tus calles
    y su achacosa majestad va encubriendo
    las vergüenzas de nuestras muertes.

    En tu disciplinado recinto
    la muerte es incolora, hueca, numérica;
    se disminuye a fechas y a nombres,
    muertes de la palabra.

    Chacarita:
    desaguadero de esa patria de Buenos Aires, cuesta final,
    barrio que sobrevives a los otros, que sobremueres,
    lazareto que estas en esta muerte no en la otra vida,
    he oído tu palabra de caducidad y no creo en ella,
    porque tu misma convicción de angustia es acto de vida
    y porque la plenitud de una sola rosa es más que
    tus mármoles.

    II

    La Recoleta

    Aquí es pundonorosa la muerte
    aquí es la recatada muerte porteña,
    la consanguínea de la duradera luz venturosa
    del atrio del Socorro
    y de la ceniza minuciosa de los braseros
    y del fino dulce de leche de los cumpleaños
    y de las hondas dinastías de los patios.
    Se acuerdan bien con ella
    esas viejas dulzuras y también los viejos rigores.

    Tu frente es el pórtico valeroso
    y la generosidad de ciego del árbol
    y la dicción de pájaros que aluden, sin saberla, a la muerte
    y el redoble, endiosador de pechos, de los tambores
    en los entierros militares;
    tu espalda, los tácitos convetillos del norte
    y el paredón de las ejecuciones de Rosas.

    Crece en disolución bajo los sufragios de mármol
    la nación irrepresentable de los muertos
    que se deshumanizaron en tu tiniebla
    desde que María de los Dolores Maciel, niña del Uruguay
    -simiente de tu jardín para el cielo-
    se durmió, tan poca cosa, en tu descampado.

    Pero yo quiero demorarme en el pensamiento
    de las livianas flores que son tu comentario piadoso
    -suelo amarillo bajo las acacias de tu costado,
    flores izadas a conmemoración en tus mausoleos-
    y el porqué de su vivir gracioso y dormido
    junto a las terribles reliquias de los que amamos.

    Dije el enigma y diré también su palabra:
    siempre las flores vigilaron la muerte,
    porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos
    que su existir dormido y gracioso
    es el que mejor puede acompañar a los que murieron
    sin ofenderlos con soberbia de vida,
    sin ser mas vida que ellos.

    Jorge Luis Borges

    Cuaderno de San Martín (1929)
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