El vallado perimetral que separa la sección de plateas se vio desbordado cuando bajaron desde el escenario las primera palabras de Abel Pintos. Una cantidad inusual de adolescentes y no tanto se desprendieron de sus lugares y se acercaron, mientras pudieron sortear los controles de seguridad, hasta el escenario a sacar fotos, cantar y saltar con los acordes de la guitarra acústica de Abel.
El show resultó ajustadísimo en el sonido, dos guitarras (una de ellas la de su hermano), bajo y batería que se fusionaron para hacer un sólido soporte a la voz cada vez más cuidada de Abel Pintos. Desde sus primeros años en que se lo vio dando sus primeros pasos hasta ahora la brecha del profesionalismo se acentuó, junto a la maduración como artista. Ahora se lo ve más firme en el escenario, dando y mostrando libertad de creación, sosteniendo al público con cada gesto, cada canción que el mismo público coreaba de memoria, como si rezaran una plegaria a un cielo que estaba mucho más cerca, con una guitarra colgada y su cabellera rapada.
El mismo León Gieco se sentía contento y orgulloso de que Abel, aquél a quien él había descubierto, esté ahora en este escenario ya consolidado como un gran artista. Abel Pintos ya es un artista maduro y el público está decidido a demostrárselo en cada presentación.
Ricardo Cardone
Enviado especial
El revés de las manos sobre el agua
Entre las palmas una luna enorme
Todo es noche y todo es día
Día en los pies, sobre la arena
Noche en la oscura sombra de este nombre
Hay un hombre que horada en otro hombre
Otro hombre vacío de sed
Vacío de justicia
Un hombre aguarda la sentencia
Ajeno a los días
A las noches sin vino
A una mujer que espera
Será su nombre en aquel hombre
El que detenga la mano incorregible
El que derrame el agua que no absuelve
El que convierta en sangre lo que toca
—Toda falsedad mueve montañas —dijo Pilato
Y con fe hundió sus manos en el agua
Con esa fe que otro dios gobierna