Aunque ya queden lejos los tiempos del magisterio de Borges o de Cortázar, la literatura argentina actual sigue demostrando una indestructible vitalidad y una creciente atención de los lectores. Hace más o menos una década que la edición española se está poniendo al día, recuperando y normalizando a los autores más consolidados, al mismo tiempo que abre la puerta a los jóvenes. De ahí que fundamentales narradores como Ricardo Piglia, César Aira o los ya fallecidos Fogwill y Juan José Saer publicados aquí, en general, con un notable retraso (a los que hay que añadir a los escritores de la generación intermedia como Rodrigo Fresán, Alan Pauls o Sergio Chejfec), hayan llegado a las librerías al mismo tiempo que los nuevos nombres, autores de 20 y sobre todo 30 años que son muchos y muy variados en cuanto a estilo e intereses.
Los síntomas de esta efervescencia podrían ser las cuatro antologías de cuentos publicadas en Argentina en los últimos años que descubren hasta una treintena de jóvenes narradores y acuñan el marchamo de Nueva Narrativa Argentina, y el hecho de que en el posible ránking que se infiere de la selección de 22 autores en castellano menores de 35 años seleccionados por la revista Granta los jóvenes escritores argentinos se sitúen en lo alto del podio con ocho autores frente a los seis españoles.
EDITORIALES PEQUEÑAS
Este recambio no se trata, como se podría sospechar, de una estrategia de márketing. "Si lo fuera, sería una pésima gestión de los responsables de ventas de las editoriales --dice la periodista y editora argentina Glenda Vieites-- puesto que la narrativa local tiene un grupo muy reducido de lectores". Se trata más bien de una apuesta por la calidad auspiciada por el nacimiento desde el 2006 (en un proceso no muy distinto al español) de numerosas editoriales pequeñas, algunas autogestionarias, como Interzona, Entropía, Libros del Tamarisco y Funesiana, que están luchando por derribar las prevenciones de los lectores argentinos remisos a leer su literatura. A estos pequeños sellos también hay que añadir los blogs y las revistas virtuales.
Para la novelista y ensayista Elsa Drucaroff, la fecha clave de la transformación hay que establecerla en el 2001. "Fue entonces cuando finalizó la hegemonía de la trivialidad, la impunidad y la voluntad de no pensar el pasado y el presente que había imperado en los 90. Cuando un país no quiere pensarse a sí mismo, no lee su literatura". Y como sucede en España algunas nuevas voces argentinas adquieren visibilidad en los grandes grupos editoriales.
"En Argentina hay una literatura consolidada. Y eso quiere decir que hay mucha, que hay un gran suelo de obras malas, una media de obras más o menos buenas o mediocres y por lo tanto una pirámide poderosa con muy buena literatura", afirma Drucaroff, novelista que pertenece a la generación intermedia, a quien El Aleph publicó el año pasado su novela El infierno prometido, sobre el tráfico de mujeres.
TEMAS Y ESTILO
Es muy difícil establecer cuáles son las líneas temáticas que interesan a la Nueva Narrativa Argentina marcada, en general, por una mirada irónica y a veces un subrayado sentido del absurdo. Hay novelas y cuentos encuadrados en la fantasía pero también en el realismo puro y en el realismo social. "El traumático 1976 (año del golpe de Estado) ha sido un fantasma, de ahí que muchos jóvenes escriban atormentados por los muertos que no conocieron y por la complicidad no asumida con los vivos", asegura.
En esa significativa tendencia la escritora sitúa a Félix Bruzzone (hijo de desaparecidos), cuya novela Los topos publicó Mondadori hace dos años. El panorama actual es muy variado en intereses y edades. La autora añade los nombres de las muy jóvenes Laura Meradi y Mariana Enríquez y junto a escritores nacidos en los años 60 como Carlos Gamerro, Eduardo Muslip, Patricia Suárez, Marcelo Figueras (autor de Kamchatka) además del cronista Martín Kohan. Junto a ellos sitúa a un gran autor, un tanto excéntrico respecto al canon, el veterano Marcelo Cohen, que tras vivir 20 años en Barcelona y regresó a Buenos Aires en 1996.
Por Elena Hevia