Sobre esa mesa en la que se mezcla el hierro, la madera y el mármol hubo alguna vez una antigua máquina de coser. Ahora sostiene un monitor y una computadora. Desde los parlantes se escuchan los violines de una de las canciones más emocionantes del uruguayo Alfredo Zitarrosa (El violín de Becho).
Los hermanos Jardín, María, Gerardo y Haidar, nos reciben con luz cálida y tenue en su hogar del barrio Universitario. Un mueble de esos que hoy cotizan en bolsa pero que hace 10 años dormían en los galpones del fondo de las casas, luce inmaculado, lustrado, al lado de la mesa. Más allá, una guitarra sobre su pie y un bombo legüero con ganas de contar algo.
¿Qué dicen los muebles de nosotros? ¿Es arbitraria su ubicación en la casa o posan allí de casualidad, como si nadie les prestara atención? De algo estamos seguros: quienes sentimos hondo en el pecho las tradiciones dejamos al alcance de la mano las cosas que más recuerdos nos traen.
Los hermanos Jardín viven el folklore como algo natural. La sinceridad con la que armaron el trío hoy emociona tanto a melómanos anónimos como a Juan Quintero o Liliana Herrero, con quien ya han compartido escenarios, entre otros.
Guitarra, dímelo tú
Mientras la leña se iba quemando y se acercaba el mediodía de aquellos domingos de la infancia, los hermanos Jardín comenzaban a registrar sus más hermosos recuerdos: las guitarreadas en familia. Con el Valle de Río Negro como escenografía, el papá Gerardo proponía y todos cantaban y tocaban folklore tradicional. Sonaban canciones de Los Olimareños hasta de Jorge Cafrune, con quien comparten una similitud que más adelante veremos. También jugaban al truco.
En la semana iban al colegio, donde además del resto de las materias participaban del taller folklórico que encabezaba su padre. Allí aprendieron a bailar chacarera, zamba y demás ritmos tradicionales incluyendo algunos que ya casi están olvidados como "palito" y "pala pala".
El papá tocaba en el grupo Senda Gaucha y aprendió a bailar en la peña Purún Poyen en Bahía Blanca. Cuando se mudó a Villa Regina comenzó a enseñar folklore tradicional.
"Éramos un montón. Íbamos los tres a aprender, tenemos muchos recuerdos. Jugábamos mientras aprendíamos a zapatear o competíamos para ver quién mantenía más tiempo los brazos arriba como cuando bailás la zamba. También aprendimos a bailar danzas que hoy casi no baila nadie como palito o pala-pala", cuenta Gerardo (voz y guitarra).
Tienen el folklore en la sangre. Y así lo demuestran cuando se suben al escenario. Son sinceros y hacen lo que sienten.
Un parecido en árabe
El bisabuelo de los hermanos Jardín se llamaba Abdala Jair el Din, quien llegó a nuestro país proveniente de El Líbano. No pudo ponerle el mismo apellido a su hijo (el abuelo del trío) porque no se lo permitieron... El niño Abdala pasó a tener el apellido Jardín (porque así se pronuncia Jair el Din. Al menos parecido...). Con el nombre del papá del trío pasó algo similar. Quisieron ponerle Haidar pero tampoco se lo permitieron y se lo castellanizaron: Gerardo Jardín. Finalmente fue él quien pudo llamar a uno de sus hijos Haidar. Es quien hoy toca el legüero.
¿Cómo no les va a gustar las canciones del "Turco" Jorge Cafrune?
"Mi abuelo Abdala trabajaba en el campo, de ahí viene todo. Escuchaba mucho tango y folklore. Te decía de memoria el Martín Fierro y escribía. Era muy llegador", comenta Gerardo.
"Con Jorge Cafrune fueron a pescar. Siempre se acordaba de eso", dice María.
"Y traigo mil canciones como leñita seca, recuerdos de fogones que invitan a matear", cantaba también el Turco.
Los hermanos Jardín lo escuchan seguido.
Porque el folklore para ellos es una juntada, compartir un mate, un truco... Una guitarreada que recién comienza.
No vuelve el profeta a caminar sobre sus pasos
No vuelve el poeta
Toda inspiración es divina y es profana
Como ceremonia en Occidente
Como metáfora que corrompe
Algún dios traicionará su prudencia
Dirá no conocer al vagabundo estéril
Negará lo que anunció con sus milagros
Le mostrará la mano hueca
Escribirá el poeta del profeta
Otro dios leerá el papel profano
La indiferencia de la fe que juzga
Leerá la retórica del verso sometido
La metáfora blanda que doblega
La difamación de toda hipérbole
Y con la mano en la espalda del poeta
Escribirá un cuento milenario
Hablará del racimo salvaje de los miedos
De la fe de otro profeta peregrino
Nacerá su voz desde la herida
Derribará montaña y voluntad
Contará un cuento que se ampare
En la mansa forma del oído