El edificio ubicado en Pedro de Mendoza 1835, en pleno corazón del Barrio de La Boca, fue declarado Monumento Histórico Nacional. Es que allí está ubicado el museo Quinquela Martín y dos escuelas que se construyeron por voluntad del artista plástico argentino quien donó el espacio al barrio que lo vio nacer. El trámite requirió de la participación del Ministerio de Educación de la Ciudad, había arrancado en 2008 y el 31de marzo fue declarado finalmente mediante un decreto que ya figura en el Boletín Oficial.
Para Víctor Fernández, curador de la colección, el edifico que aun conserva su estilo art deco estará ahora más protegido al igual que toda la obra que alberga y esa protección incluye la del artista que inmortalizó para siempre las casitas de chapas pintadas y el Riachuelo tan característicos del barrio que lo vio crecer.
El terreno donado por Quinquela fue dado bajo la condición de que allí funcione además del museo, un hospital, dos escuelas y un teatro, que hoy es el teatro de la Ribera.
"Lo más importante para venir al museo es, además de aproximarse a la figura de Quinquela y los artistas argentinos mas importantes de la primer mitad de siglo 20, es encontrarse con la configuración de identidad a través del arte, con la identidad social y la construcción cultural; que atravesaron su vida", dijo el curador del museo. Y agregó que "esa constitución de identidad es lo que hizo que él proyectara su pequeña aldea, su barrio, al resto del mundo".
Quinquela siempre jugó un rol protector sobre La Boca en aquella época de inmigrantes e inundaciones tremendas y demoró 50 años hasta que logró ver terminado el complejo que hoy se reconoce.
"No hay que perderse la sala de los mascarones de proa, que Estados Unidos le quiso comprar al mismo Quinquela y él se negó y los donó a la Ciudad, porque él ve al arte como una parte necesaria de la construcción de ciudadanía y no como algo elitista para unos pocos", recalcó Fernández para finalizar.
Los ojos de mi madre no están vacíos
Se despiertan con el sol de enero
Y escriben los años en la arena
Oyen las palabras de mi padre
Y pestañean mientras se pintan los labios
Un delgado cristal les da refugio
Un espejo que rechaza la luz que daña
La luz soberbia que abruma
La luz ciega que no oye
Un cristal que el párpado abriga
Centinela de un color sagrado
Los ojos de mi madre miran hacia adentro
Y cuentan un cuento en su oído
Lleno de luces y colores
Que sólo ella ve