Las obras fetiche de artistas que Picasso admiraba llegan a Barcelona
Amontonados en sus desordenados estudios, en el suelo y junto a la cabecera de su cama, Pablo Picasso convivía con una serie de cuadros-fetiche que le acompañaron hasta su muerte en 1973.
Cesto con naranjas, de Henri Matisse, estuvo mucho tiempo apoyado en un diván del vestíbulo de su casa de Mougins. Cada vez que Picasso entraba en la casa exclamaba mirando el cuadro: "¡Es magnífico!". Esta pintura forma parte, junto con otras 152 obras, de la exposición Picasso y su colección que se abre hoy al público en el Museu Picasso y podrá visitarse hasta el 30 de marzo del 2008.
La colección fue donada por el artista a Francia con la condición de que se expusiera en el Louvre, de donde pasó al Musée Picasso, creado con posterioridad con la dación de su familia. Sus herederos han concedido el preceptivo permiso para que viaje a Barcelona, reveló ayer Pepe Serra, director del Museu Picasso de Barcelona. Tras una estancia en Múnich en 1998, esta es la segunda vez que se exponen los cuadros más queridos del artista.
El comisario de la exposición es Philippe Saunier, que calificó la colección de "privada, singular; no es la colección de un esteta sino de alguien apasionado por las obras, de un creador liberado de las presiones de los encargos, que rechaza la imitación servil pero también la tabula rasa". Las grandes telas de la colección se presentan en Barcelona pero sólo hay una pequeña representación de arte africano y de exvotos iberos, por los que Picasso sentía, desde que se instaló en su primer estudio del Bateau Lavoir, auténtica pasión y cuyas huellas primitivas se advierten en obras fundamenta- les suyas como Las señoritas de Avignon.
Ordenada por escuelas y artistas, sin el estimulante caos impuesto por Picasso a su alrededor que retrataron fotógrafos como Duncan Douglas o Edward Quinn, la colección pierde algo de su mágica influencia. Aun así, se advierten las influencias que aceptó Picasso y sus querencias. No hay arte abstracto ni pintura española clásica, que no pudo obtener.
Las obras más antiguas, del siglo XVII, son de Louis le Nain y Jean-Baptiste Chardin. Hay espacios dedicados a los maestros modernos que coleccionó, con pinturas de Degas, Gauguin, Corot y Seurat. Aunque de joven, en plena efervescencia cubista que compartió con Georges Braque, detestaba a los impresionistas, conservó seis pinturas de Renoir y cuatro de Cézanne, a los que consideraba sus referentes.
Hay un retrato muy significativo. Compró en 1907 en un trapero por cuatro perras Retrato de mujer del Aduanero Rousseau, a quien apreciaba de veras. "Nosotros somos los dos grandes pintores de la época; tú en el género egipcio y yo en el género moderno", pregonó Rousseau. Picasso nunca se separó de este retrato. La rivalidad de Picasso y Matisse es legendaria. Se admiraban pero se vigilaban con el rabillo del ojo. Matisse lloró cuando supo que Picasso había comprado una de sus telas. Cesto con naranjas es producto de un intercambio. "En el fondo, solo está Matisse", dijo Picasso al enterarse de la muerte de su viejo compinche.
Una parte de la colección procede de intercambios con otros artistas. Compró poco y casi nunca en subastas, sino a marchantes de confianza como Paul Rosenberg. En una ocasión intercambió una de sus pinturas con El mar en L'Estaque, de Cézanne, que pertenecía a su banquero Max Pellequer.
Además de su colección, Picasso tenía un museo secreto en un armario cerrado con llave. Guardaba objetos raros como un esqueleto de murciélago, manuscritos, cartas... Picasso nunca tiraba nada. Cada objeto tenía una historia que contar.
19-12-2007
Fuente:
El Periódico
Otras noticias