Por primera vez acaban de ser publicadas, en español, las cartas y escritos de Juan Gris (Correspondencia y escritos, Acantilado), el extraordinario artista que hizo cambiar las estructuras de aquellos otros tildados de universales al más alto nivel. Sus facetas personales y la íntima relación del París artístico de la época con sus personajes y el ambiente que propiciaba la creación, también sus propias influencias, están en sus textos y confesiones ¿Podría decirse que Picasso llegó a imitar a Juan Gris? Sin duda alguna y para mayor maravilla tal cosa no le resta pizca de grandeza al genial maestro, sino que hace aumentar nuestra percepción de su inteligencia en el saber mirar y ver.
Una exposición de Picasso en París, por los años cuarenta del siglo XX, fue visitada por Francis Picabia; no se llevaban especialmente bien los dos artistas y, por entonces, el francés de origen cubano se mostraba muy celoso de la gloria, inmerecida, según él, del español. "Miren -dijo Picabia al público que con él asistía a la muestra entre el que se encontraban, también, periodistas y críticos-: Eso es de Braque; eso de Juan Gris; eso de Matisse... Y eso de Picabia". Demostrando que en cada uno de sus cuadros Picasso 'tomaba prestados' un color, una idea compositiva o el tema a uno de sus contemporáneos.
Podríamos llamarle injusto recordando la frase de Renoir después de visitar el estudio de un pintor joven, treinta años más joven que él: "Me ha enseñado usted mucho, amigo mío". Puede que Picasso tomara de sus colegas aquello que le interesaba, pero también es cierto que esas notables influencias y mimetismos gloriosos fueron pan nuestro de cada día entre los impresionistas y los héroes del Renacimiento. Luego, más tarde, viendo la obra de Juan Gris, aún incompleta, podemos retomar las afirmaciones razonables de Picabia y hacerlas ciertas y verdaderas. Sobre todo en las obras de 1926 y 1927, aquellas que se expusieron en la galería Louise Leiris, de París en los años 50; obras, algunas, maestras del arte contemporáneo del siglo XX. Qué simplicidad, qué gracia, qué elegancia. Qué alegría de vivir, típicamente ibérica, teñida siempre de cierta gravedad. Picasso resulta excesivo junto a la sobriedad de su compatriota, a quien además imitó vulgarmente en muchas ocasiones.
Esta interferencia entre los dos inconmensurables, entre gigantes, explica también la realidad, la importancia de París, de la Escuela de París, donde los pintores y escultores procedentes de las cuatro puntas del mundo se espiaron, se temieron, se imitaron, contribuyendo cada uno, sin embargo, a la evolución del otro, exactamente igual a como pasaba antaño en los célebres talleres de Florencia o de Brujas, donde cada artista llegaba, más tarde o más temprano, a la madurez cercana al genio, tomando de sus vecinos aquellos dones que él no poseía. Para empaparse, uno ha de ser digno de ser empapado, diríamos resumiendo y simplificando.
Por Juan Bautista Sanz
Me queda la sombra que mendiga
La boca dormida
Cada uno de tus tallos
Me quedan todas las espinas
El olor nauseabundo del silencio
La distancia sin memoria
La piel vacía
No quiero el marfil ni la costilla
No quiero el barro que te dio vida
Todo es fugaz
Un amor, un poema
No me des la espalda cuando salgas
Sé más de tus alas que de tus hogueras
Es hora de que empuñes la piedra
Con el beso en la frente