Unas 70.000 personas gozaron de una noche con entrada gratis
Marta Minujin cautivó en una charla.
Mucha gente aguantó estoicamente el frío desde antes de las 20, en las afueras de La Rural, para ingresar a las 21, con entrada libre. Así, cuando la Noche de la Ciudad echó a andar, en la 34a Feria del Libro hubo algarabía y entusiasmo. Más de mil regalos fueron distribuidos entre quienes participaban de las actividades recreativas. Unas 70.000 personas, según cifras oficiales, dividieron sus gustos entre los libros, los espectáculos y las espontáneas presentaciones poéticas que tuvieron lugar hasta las dos de la madrugada.
Hasta bien entrada la una de la madrugada del 1º de mayo, según comprobó LA NACION, la segunda edición de la "noche de la Feria" asomaba ya como incorporada al hábito cultural de la gente. Cuatro amigas de La Plata -Silvina Fernández Cortés, Ana Gerbelli, Elena Lozano Baldón y Silvia Doyhenard- llegaron a las nueve de la noche en remise y se quedaron hasta la una. "La Feria está preciosa y ofrece opciones muy variadas", coincidieron al tiempo que cargaban libros recién comprados. Luego asistieron al espectáculo en el stand de LA NACION.
En tanto, en la Sala Jorge Luis Borges, en un encuentro organizado por LA NACION, la artista Marta Minujin dialogó con Alicia de Arteaga sobre "La vida como obra de arte".
Minujin llegó con uno de sus atuendos legendarios y sus infaltables lentes negros. Antes de la charla, el público que colmó la sala disfrutó de un video sobre su vida, en el que aparecía junto al Partenón de libros y el obelisco de pan dulce, entre otras creaciones propias.
¿Cuánto te adelantaste a tu tiempo?, quiso saber Arteaga. Y Minujin, con una espontaneidad seductora que la lleva a responder lo que le da gana, dijo: "A los 10 años sentí que era una artista. Y pensaba que era un genio. Fui a tres escuelas y nunca terminé ninguna. Hay gente que desde chica sabe lo que tiene que hacer".
En un divertido monólogo avanzó luego en pormenores. Que pensaba que era Van Gogh, que no le importaba vender lo que creaba, que estaba empecinada en hacer vanguardia... Y habló sobre el proceso de creación de cada obra, cada performance, cada instalación producida.
Frente a una pregunta sobre el trabajo y la inspiración, Minujin arremetió: "El verdadero artista siempre tiene que trabajar. Podés divertirte, pero no sos feliz nunca", dijo. Personalísima hasta en sus contradicciones, subrayó luego que a un artista "nadie le quita la felicidad de ver su obra terminada". Le interesa, dijo, "el arte de participación masiva, el que le da al público la posibilidad de abrir la cabeza". Y admitió: "Yo soy una Dalí sudamericana y tengo un gran ego".
Minujin ejerce una actitud de trabajadora del arte, dijo. Cada día se calza su mameluco y acude a trabajar a su taller en el barrio de San Cristóbal. "El lugar fue la fábrica de ropa de trabajo que tenía mi abuelo". Y sentenció: "Lo más importante del arte no es vender más o menos, sino adelantarte a tu tiempo".
Defendió la anticipación que la familia Di Tella tuvo al crear el instituto emblemático de los años 60: "Aquello fue la vanguardia total. Lo que hacías en Buenos Aires se publicaba en The New York Times ", dijo.
Y transmitió un anhelo: que su próxima obra sea "Minujinlandia", una suerte "de Disneylandia" al estilo Minujin; un revival de La Menesunda de los 60 y los 80.
Por Susana Reinoso
02-05-2008
Fuente:
La Nación
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