Alberto Arias Acastello: Una pasión por la naturaleza
El pintor santafesino realiza su obra plasmando "en un lienzo las sensaciones que siento al ver un paisaje o un conjunto de flores o tratando de armonizar elementos inanimados".
Alberto Arias Acastello es un pintor santafesino que se inició en el oficio apenas comenzaba la década del 90. Tomó clases de dibujo y pintura con César López Claro y con Jorge Melo, Enrique Crosatto y otros. Realizó en nuestra ciudad, muestras individuales y colectivas, y expuso en Córdoba, Paraná, Rosario, Santo Tomé y Don Torcuato.
En Buenos Aires mostró su obra el Congreso de la Nación, en el Palacio San Miguel (en la Primera Feria de Arte Clásica), en la Antigua Casa de la Moneda y en Antiquaria Buenos Aires 2004 y 2005. Asimismo, participó en salones en las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires, donde obtuvo premios. Invitado, expuso en la IV bienal de Arte Contemporánea de Florencia, Italia, y como invitado de honor, en el 53° Salón Nacional de Pintura, Dibujo, Grabado y Escultura, realizado en Ceres.
Para Arias Acastello, en la vida todo tiene una razón de ser. "Todas nuestras acciones -sostiene- son resultado de ecuaciones cuyas variables responden a infinitas circunstancias. Y en lo más recóndito de nuestro espíritu existen, o pueden existir, apetencias latentes que quizás nunca lleguen a realizarse".
Ante la pregunta del por qué la profesión de pintor, destaca que "años atrás, nada en mi vida me decía que había un futuro de tinte pictórico. Porque mis ocupaciones tenían otra tonalidad, una tonalidad con matices: siempre existieron en mí aquellas apetencias que antes mencionaba y que conformaban un remoto deseo de poder tocar un instrumento musical, o tallar una madera. O pintar. Y si esos ocultos deseos en algún momento sonaban como utópicos, las circunstancias de la vida -no buscadas ni deseadas- hicieron que fuera realidad".
Pinta, entonces, porque le gusta la naturaleza y todo lo que ella le permite crear: la gama de colores, las variadas formas, el juego incesante de las luces y el juego de las sombras. "Disfruto tratando de plasmar en un lienzo las sensaciones que siento al ver un paisaje o un conjunto de flores o tratando de armonizar elementos inanimados. Dar vida, crear... es arte".
Un escenario ultrarreal
Distintos especialistas críticos han opinado sobre la obra pictórica de Arias Acastello. Rosa Faccaro puntualiza que los modelos de bodegones y naturalezas muertas que la historia del arte argentino ha incorporado como paradigmas estéticos, son una prueba de con qué asiduidad se ha cultivado este género. Estas obras, verdaderas piezas de museo y de coleccionistas, siguen siendo admiradas en el contexto del arte latinoamericano. Este fervor se repite en los últimos tiempos, donde vemos surgir obras de artistas contemporáneos de mérito, que podemos llamar clásicas dentro de su género.
Acordémonos de un Marcos Tiglio, de un Miguel Carlos Victorica, de un Fortunato Lacámera. También, en nuestro imaginario, las resonancias del ordenamiento compositivo obsesivo de un Cesánne, las particularidades vitales de un Van Gogh, la respiración aérea de un Diomede con la sutileza atomizada del color iluminado, del cual el maestro componía sus sinfonías eternas.
Alberto Arias Acastello se relaciona poéticamente con el modelo a pintar. Ese acercamiento responde a un modo de ver la realidad. Por su visión podemos ubicarlo dentro de un realismo romántico, lo señalamos debido al clima que envuelven sus figuras que dan cuenta de una calidad atmosférica fantástica, siendo sus fondos refinadamente elaborados. Ese espacio es tratado con el mismo fervor que las figuras protagónicas de sus naturalezas muertas. Vemos al artista, el modelo escogido en pleno paisaje natural donde la vegetación va envolviendo el motivo de una manera misteriosa, es decir estas figuras aparecen como personajes vivos y no muertos. Ellas aparecen descansando sobre un follaje exhuberante que los acoge y protege en una clima de magia.
Podemos hablar de una surrealidad. Existe en sus resoluciones pictóricas un oficio exigente de buena factura. Arias Acastello conoce las reglas más difíciles del género y esto es un halago para quien puede realizar y contemplar una obra bien realizada. Son pocos los artistas que saben resolver con soltura y solidez su trabajo.
Se habla -siempre según Faccaro- de una formación pictórica para encarar problemas plásticos de construcción plástica. Por lo tanto constatamos en las obras de Alberto Arias Acastello a un pintor virtuoso al poseer un conocimiento profundo de "metier"... Estamos frente a un calificado pintor que puede muy bien distinguirse en el contexto de la plástica argentina con sus clásicos trabajos de bodegones, naturalezas muertas, su saber pictórico puede extenderse más allá de este género específico.
Sensibilidad y realidad
Para Sarah Guerra, Arias Acastello es en esencia, un pintor sensible, que ama la realidad. Un contemplativo que se conmueve ante la naturaleza y que sabe transmitir ese sentimiento utilizando con solvencia los medios pictóricos. Su concepto de la pintura responde a la tradición paisajística iniciada por los holandeses y culminada por los franceses, en particular por Corot en el siglo XVIII. En las naturalezas muertas, Arias Acastello enriquece su visión con elementos de la pintura moderna. Logra así una simbiosis entre la tradición apoyada en la sensibilidad y los aportes al color y las texturas de la pintura contemporánea. Despliega los valores lumínicos. El color, tratado siempre, con la mesura propia de su dominio del oficio, presenta una calidad personal muy notable que se trasunta en el tratamiento de los fondos. También son logros, señalables de su expresión, las finas transparencias en las series de las flores.
Es tal vez en los paisajes, donde Arias Acastello obtiene la mayor riqueza de su pintura. En estas obras muertas su carácter contemplativo y un amor gozoso por la naturaleza volcado a través de su poética donde prevalece el dibujo ágil y el color sentido profundamente que se derrama de los cielos, los árboles y el agua.
Celebración de lo real
Finalmente, es el crítico Salvador Linares quien pone especial énfasis en señalar que éste es un pintor de cuño clásico y reflexión humanista, convencido de que "la ineluctable modalidad de lo visible" aún puede percibirse sin ecuaciones estéticas condicionantes y ser descrita y traspasada al lienzo sin menoscabo del hecho plástico y su valor artístico.
En una de sus temáticas preferidas, los bodegones, demuestra que las cosas tal cual son puede ser trocadas, por medio de óleos y pinceles, en figuraciones perennes inmovilizadas en el tiempo. Por eso lo difícil de pintar los bodegones, es precisamente la atmósfera que rodea a esa liebre que recién cazada, aún sangra, a esas uvas acabadas de cortar que yacen en el bols, o a ese pan que han triscado unos dedos y del que hasta llegamos a percibir su vivificante aroma.
De allí que el bodegón, pareciéndolo, no sea una naturaleza muerta. El bodegón es una celebración, representa el preámbulo de un ritual que ha de consagrar a la amistad alrededor de una mesa, constituye un agradecido homenaje a los inefables dones de la tierra.
La pintura de Arias Acastello dentro de un contexto de construcción sólida, con esa materia sabiamente amasada que determina la calidad profunda de su pincelada, nos sumerge en el nostalgioso mundo de los placeres perdidos, en los tiempos dilatados en que los hombres podían aún ejercer la contemplación como una de las formas de las bellas artes.
La misma sensación nos invade frente a sus paisajes. Ante las adustas casonas mirando al mar, las barcas que descansan en la arena, el barquero signado por su atávico e inmemorial oficio, nos vemos asaltados nuevamente por la "saudade" de lo primigenio elemental. Este artista, para disfrute del espectador, no se propone otra cosa que rescatar una franja de la realidad, afortunadamente aún existente, que nos ayude a sobreponernos de tantas acechanzas y malos augurios mediáticos.
02-11-2007
Fuente:
El Litoral
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