Es conocida la estrecha unión existente entre Braque y Picasso durante los primeros años del siglo XX, gracias a la cual vio la luz en buena parte el más relevante de los movimientos artísticos del siglo XX, el Cubismo. Las semejanzas que presentan las respectivas obras de estos dos autores van más allá de la emblemática corriente iniciada con “Les demoiselles d’Avignon”, y las frecuentes coincidencias estéticas de ambos se ponen de manifiesto a lo largo de sus respectivas y extensas trayectorias.
Durante toda la etapa álgida del cubismo, entre 1908 y 1911 aproximadamente, Braque y Picasso comparten preocupaciones y soluciones pictóricas, pero hay un motivo que comparten quizá más que cualquier otro: los instrumentos musicales y, en especial, el tema de la mujer con mandolina, motivo muy frecuente en las composiciones de ambos, que ya habían incluido instrumentos de música en sus más tempranos trabajos cubistas. Aunque en su vida de madurez, la vida de Picasso y Braque toma derroteros diferentes, incluso distantes, después de la Segunda Guerra Mundial, los dos autores llevan a cabo de nuevo sendos grupos de obras cuyo sujeto principal es el estudio del pintor. Braque dedica a su atelier un ciclo de pinturas que consta de ocho lienzos, que supone para él la consumación y el compendio de la totalidad de su obra. Paloma Esteban Leal estudia esta producción del periodo final de su vida, en relación con la obra de su compañero de aventuras pictóricas, Picasso.
Un hombre grita en medio de la calle
Una mujer grita junto a él
Un niño grita porque sus padres gritan
Un perro ladra junto a su dueño
Un ángel cruza la avenida
Invisible y en silencio
Otra vez la voz que seca la garganta
La que el oído no ve
La que los ojos no escuchan